Después de la victoria del PSOE, clara aunque no aplastante, se abren cuatro nuevos años con Zapatero como presidente. Como se trata de un jefe de Gobierno que repite mandato, ya conocemos lo que dará de sí en muchos aspectos. Pero también, como resultado de la experiencia que le han proporcionado estos cuatro años al frente de la presidencia, su segunda legislatura corregirá alguna de las bisoñeces con las que nos obsequió en la primera.

Zapatero, por ejemplo, no es un buen estratega de las relaciones exteriores. Sin negarle éxitos, como la mejora de relaciones con nuestros dos vecinos del norte y del sur, Marruecos y Francia, el presidente se ha movido entre la improvisación y la vacuidad. No ha tenido claro el papel de España ni en Europa ni en Iberoamérica. Sus encuentros y desencuentros con Hugo Chávez y Evo Morales son buena muestra. Tampoco su cacareada alianza de civilizaciones ha tenido mucho recorrido. En realidad, es como muchos eslóganes que se han blandido en España -entre los que se podría incluir el "agua para todos"-, un mero banderín de enganche sin contenido real.

En política interior ha tenido también sonoros patinazos. La negociación con ETA, paseada con solemnidad no sólo por el Parlamento español sino también por el europeo, se ha saldado con un fracaso y una coda vergonzante tras el atentado de Barajas. La negociación y aprobación del estatuto catalán ha sido un modelo de trayectoria política zigzagueante.

No todo, sin embargo, son deméritos; si fuera así, habría que recurrir al psicoanálisis o a teorías esotéricas para explicar que los españoles le hayan renovado su confianza. En el terreno social, su favorito, se ha apuntado algunos éxitos, aunque como contrapartida sus iniciativas han cabreado a los ensotanados y al señorito de casino de pueblo con olor a naftalina que habita en el alma de muchos de los notables del PP. Bien mirado, tampoco está nada mal.

Pero Zapatero nunca había administrado un presupuesto de cierta envergadura antes de acceder a la presidencia del Gobierno. Tal vez por eso se le ha notado tan incómodo con las cifras, sin ir más lejos, en los dos debates sostenidos con Rajoy. Y, le guste o no, el principal desafío al que va a tener que hacer frente en la próxima legislatura es el económico. No le bastará tener un buen ministro de Economía, como sin duda lo es Solbes. Esa área necesita del impulso del jefe de filas para hacer frente a la situación de crisis que ya es algo más que un vislumbre. La construcción no puede volver a ser lo que fue y más vale que se vaya entendiendo así. Una vez pinchada la burbuja especulativa, el sector tiene que encontrar sus verdaderas dimensiones. Es inimaginable que se pueda volver a construir tantas casas como en Francia, Alemania e Italia juntas, como en los momentos de más fiebre ladrillera. Es necesario recobrar el impulso porque un aumento del paro se puede tragar en dos días todo el superávit acumulado en la pasada legislatura. Cerrado el ciclo de la construcción y el consumo, para mantener el crecimiento se hace imprescindible elevar la productividad de la economía española y eso exige planificación a largo plazo. Si alguna virtud ha mostrado ZP ha sido la de no vivir inmerso en la ansiedad del corto plazo, virtud que han de reconocerle hasta sus detractores. Nunca ha sido un político de los que gobiernan con las encuestas como cuaderno de bitácora. Sabe asumir riesgos y no lo vence la ansiedad por los resultados inmediatos.

La mejora de la productividad exige cambios educativos en todos los niveles, desde la cuna hasta el posgrado universitario. Las reformas han de ser abordadas con miras mucho más altas que las usadas hasta ahora. Se ha dado un paso muy importante al universalizar hasta los 16 años la educación. Pero ahora hay que dar el salto a la excelencia que sigue todavía pendiente. Hay que cualificar a los jóvenes de un modo realista porque ellos son la base necesaria para que España sea competitiva. Hay que luchar contra el espíritu burocrático que todavía anida en muchos ámbitos de la enseñanza en todos los niveles. La ambición tiene que ir más allá de la tarea de redactar leyes para publicarlas en el BOE y quedarse con la conciencia tranquila.

La grandes tareas que se le presentan a Zapatero son las que tienen más pesadas inercias y por eso no se pueden poner en marcha de un día para otro. Hace falta reflexión inteligente. Los problemas primordiales para la ciudadanía no son si la alianza parlamentaria ha de ser con CiU o PNV con un diseño de geometría variable. Eso lo aborda cualquier estratega más o menos fino, como José Blanquito, o lo piensa cualquier cráneo privilegiado, como Suso de Toro. Afrontar los fallos estructurales de la economía española, que han pasado desapercibidos en tiempos de bonanza, y apostar por la educación para hacer frente a la época de crisis en la que nos adentramos requiere algo más de materia gris.

Por otra parte, es de esperar que la oposición encuentre en la presente legislatura temas más sustanciosos para ejercer el control al Gobierno que la Educación para la Ciudadanía o secundar los quejíos de los purpurados. Otro día hablaremos de infraestructuras, tribunales de justicia, y arquitectura del Estado.

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