Si yo tuviera memoria, que no la tengo, me acordaría de muchas cosas de las que no me acuerdo. Dicen que la memoria es la inteligencia de los tontos, pero eso lo dicen como consuelo los que, como yo, no alcanzan a recordar la clave de la tarjeta de crédito o el pin del teléfono móvil, de tal suerte que nos vemos obligados a llevarlo anotado en un papelito que, para mayor desesperación, tampoco recordamos dónde lo hemos puesto. Somos compradores compulsivos de agendas y dietarios, pero nos olvidamos de anotar algo en ellos. Consumimos cantidades ingentes de esos papelitos amarillos, aunque ahora los hay de muchos colores, que se pegan en cualquier sitio y que sirven de recordatorios, pero lo primero que hacemos por la mañana frente al espejo del cuarto de baño es quitar todos los posits que nos impiden la visión del mentón sin afeitar y tirarlos al váter. Otro consuelo que tenemos los desmemoriados es que hemos olvidado las razones por las que resulta útil la memoria. Es más, sabemos a ciencia cierta que hay cosas de las que es mejor no acordarse. En cambio, las personas poseedoras de una memoria sólida tienen que hacer un verdadero esfuerzo por olvidar aquello que no quieren recordar. Véase por ejemplo al propio Cervantes, quien al comienzo de la obra dice no querer acordarse del pueblo de la Mancha donde vivía el ingenioso hidalgo, vaya usted a saber por qué, ni del propio apellido de su héroe, Alonso Quesada o Quijano. E incluso, más adelante, finge recurrir al supuesto manuscrito del no menos supuesto Cide Hamete Berengeli para disimular su portentosa e imaginativa memoria, pues no deben olvidar, al menos ustedes no, que Cervantes escribió El Quijote en una cárcel de Argel, sin el auxilio de Internet y con un brazo tuerto.

Pero aunque el olvido sea involuntario no hay que confundirlo con la desmemoria. Del olvido involuntario escribió Borges que es una de las formas de la memoria, su vago sótano, la otra cara de la moneda. Mientras que la desmemoria es simplemente un déficit de rabos de pasas, el olvido es una mutilación del alma. Por eso me complace la concesión del premio Príncipe de Asturias de la Concordia al Yad Vashem, el Instituto para el Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto que fue creado en Israel para liberar del olvido a los seis millones de judíos asesinados por el nacionalsocialismo.

A veces se confunde también la desmemoria con el despiste, pero tampoco es lo mismo. El desmemoriado lo es con todo, mientras que el despistado lo es sólo respecto de aquéllo que considera de importancia menor. Y hablando de despistes, se cuenta una anécdota muy divertida del matemático Norbert Wiener, padre de la cibernética. Cuando en cierta ocasión se iba a mudar de casa, su esposa, resignada sufridora de sus despistes, le escribió una nota con la dirección del nuevo domicilio al que Wiener debería dirigirse al salir de sus clases en la Universidad. El sabio usó el papel para escribir la respuesta a una consulta de un alumno. Al volver a su casa encontró la puerta cerrada y la casa vacía. Entonces recordó que era el día de la mudanza, pero había olvidado la nueva dirección. Con aire pensativo se acercó a una niña que lo miraba desde la acera.

- Niña, ¿podrías decirme dónde se ha trasladado la familia que vivía en esta casa?- preguntó el sabio a la niña.

-No te preocupes, papá -le respondió ella-. Mamá supuso que perderías la nota y me ha enviado a buscarte.

En fin, les contaba todo esto por alguna razón que, como no podía ser de otra manera, confieso haber olvidado, aunque la tenía anotada por alguna parte, tal vez en alguno de esos posits que estaban pegados en la puerta del frigorífico, o en uno de mis libros de notas, no sé...

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