Pudiera parecer que la época de los grandes descubrimientos se terminó con el siglo pasado, que todo está ya a la vista y que sólo nos queda ordenarlo adecuadamente para tener acabado el gran puzzle del mundo. A partir de ahí, ni Dios, ni religión ni doctrina filosófica habrá que sean capaces de quebrar la voluntad del hombre. Hemos descubierto todos los continentes, atravesado los desiertos, descendido a las simas más profundas y rebasado con creces la altura del vuelo de los pájaros. Hemos abierto todas las puertas, las más de las veces sin llamar, y hemos recorrido haciendo footing todas las rutas del planeta. Hemos hecho malabarismos con la economía, de manera que cada vez es más cierto que el rico será más rico y que el pobre aguantará carros y carretas deslumbrado por la posibilidad de ingresar en el club de los pudientes, aunque sea a través de la lotería primitiva. Nada se oculta al ojo del Gran Hermano en la aldea global de la información.

Y sin embargo, la era de los descubrimientos no ha hecho, como aquél que dice, más que empezar. Verán, desde que nuestros remotos antepasados los australopithecos comenzaron a separarse de los monos africanos han pasado más de cinco millones de años, si bien el primer homínido, el homo habilis, no vió la luz hasta la mitad del Plioceno, hace aproximadamente dos millones y medio de años. Pues bien, hubo que esperar a que pasaran otros dos millones de años más antes de que el hombre hiciera en China su primer gran descubrimiento: el fuego. En realidad, el desplante del hombre a Dios muy bien pudo ocurrir en ese preciso instante en que el peludo neanderthal cree haber dominado la magia del fuego. En una carrera desbocada, el ser humano descubrió las leyes que rigen la naturaleza y las puso al servicio del Reto: se conviertió en creador. Al fuego le siguieron las herramientas doscientos cincuenta mil años después; el bronce empezó a ser usado hace seis mil quinientos años; las primeras ciudades se asentaron en Mesopotamia hace seis mil años, allí mismo donde rodó la primera rueda mil años después; para el descubrimiento del hierro hubo que esperar incluso a que se celebraran los primeros juegos olímpicos, en Olimpia naturalmente, hacia el año 776 A.C.

Ya en nuestra era los descubrimientos se han sucedido vertiginosamente. La pólvora china, la Biblia de Guttemberg, el Nuevo Mundo del Gran Almirante de las Mares Oceánicas, los descubrimientos científicos de Copérnico, Galileo, Kepler y Newton, la calculadora de Leibniz, la máquina de vapor de Thomas Savery, la vacuna contra la viruela de Jenner, el telégrafo de Morse, el automóvil de Karl Benz, la teoría de la relatividad de Einstein, la penicilina de Fleming, la fisión nuclear de Has y Strassmann, el ordenador personal, la llegada a la Luna, el descubrimiento del genoma humano e, incluo, el gazpacho Alvalle, han marcado el avance y el retroceso de la humanidad. Cada día se descubre algo nuevo que cambia la realidad conocida, desde la existencia de agua en Marte hasta la certeza de que Napoleón murió como consecuencia de una lavativa. El mito del unificador de Europa, del pequeño corso que llegó a ser Emperador, no será el mismo después de conocida la causa de su muerte.

Pero si hubiera que escoger un descubrimiento o un invento que realmente haya cambiado al hombre, ése debería ser la televisión. ¿Saben ustedes que cada español dedica más de tres horas diarias, los trescientos sesenta y cinco días del año, a ver la televisión? ¿Somos conscientes de que, por mandato de la caja tonta, los españoles hemos cambiado en cuarenta años los usos relacionados con el ocio que estuvieron vigentes en los dos mil años anteriores? Hemos sustituido las tertulias de sobremesa por el monólogo sordo de esa especie de lavativa mental que nos aplicamos concienzudamente cada día. Así se explica uno el éxito universal de personajes tan edificantes como el tal Matamoros y todo esa suerte de pendones que pueblan los reality shows de la tele-basura. Gracias a la televisión, que es el descubridor de descubrimientos, sabemos de la vida desgraciada de Carmina Ordóñez, pesadilla de consuegras. Y nos enteramos de lo que el gobierno de turno quiere que nos enteremos, o de aquello que lava más blanco, o de las costumbres societarias del lemur de cola anillada de Madagascar, sin cuyo conocimiento no sabemos cómo nos hemos podido pasar tantos años.

Panem et circem.

Pues bien, el verano, junto con el calor que nos devora, nos trae cada año un descubrimento que no por viejo deja de ser novedoso. Me refiero al hecho de apagar la televisión. Cuando eso ocurre descubrimos un libro, la siesta, la partida de dominó, la tertulia, una noche de pesca, un paseo por la playa, un rato de música, una pizza, un helado, un baño refrescante, un millón de estrellas, el agua del botijo, un artículo del periódico, un ligue, un viaje, una caracola enterrada en la arena, una sonrisa...

Háganme caso y descubran el mundo que existe detrás de una televisión desconectada.

Y no se lo pierdan durante estas vacaciones.

juanmegias@eresmas.com