En Inglaterra se siguen teniendo niños y siguen llegando a mayores con sus padres pese a que éstos han de ser igual de cuidadosos al castigar que al acariciar para no caer del lado saturnal ni del pederasta. Los británicos tienen una ley de 1860 que permite azotar a los hijos sin miedo a ser juzgados y han querido suavizarla. Cuesta ponerse en pellejo victoriano para saber si los niños británicos eran salvajes que más que educación necesitaban doma o si los padres británicos eran bestias que primero descubrieron las nalgas de sus hijos y luego se cubrieron las espaldas con una ley.

La Cámara de los Lores ha modificado la ley e indica cómo pegar a un niño: se puede abofetear ligeramente sin producir cardenal ni corte ni daño psicológico. Es razonable no encarcelar a un padre por una bofetada aunque siempre habrá algún desaprensivo que aprenda de médicos, policías y torturadores a evitar cortes y cardenales. El daño psicológico es más difícil porque la bofetada de baja intensidad lo busca, pequeño y no indeleble, pero como el crío ponga el asunto en manos de un buen abogado... Lo mejor es que los lores han prohibido la vara victoriana como inductor a la disciplina. Provengo de un entretiempo en el que cualquiera -peatón, tío, profesor, guardia- podía volverte la cara de un guantazo aunque con límites que se usaban... a veces. Eso crea una sensibilidad perversa por la que ningún crío merece una paliza pero a veces pide una bofetada dada con el cuidado y en la excepcionalidad de las emergencias. La bofetada merecida que no da el padre la acaba dando alguien que quiere menos al niño y, de no ser así, es fácil que el niño no corregido abuse de los demás.