No son más altos, ni más guapos, ni más jóvenes, ni tan siquiera un golpe de fortuna les ha situado entre el selecto club de los millonarios. Tampoco en cuatro años -que apenas son nada- han conseguido la fórmula, el secreto, el mágico elixir de la vida eterna pero lo parece. Las urnas les dieron hace tres meses su bendición y con ella el poder, esa bendita palabra por la que los políticos de toda clase y condición son capaces de todo. El sitio donde los socialistas celebran su cónclave es el mismo, la parafernalia del evento parecida, pero nada es igual. Hay, eso sí, muchos más coches oficiales y un incremento notabílisimo de escoltas en los alrededores del madrileño Palacio de Congresos. Pero lo más palpable, en lo que más se nota el cambio, es en el nivel de autoestima de los delegados. Si el 35 Congreso se celebró -como el mismo Zapatero reconoce- bajo el síndrome del pesimismo y la derrota, éste que se inició ayer es la prueba palpable del optimismo que da el triunfo.

De repente lo que antaño fue un liderazgo débil, cuestionado y conseguido por la mínima, se ha transformado en uno fuerte e incuestionado, donde el principal actor ha tenido que pedir un cambio estatutario para ser elegido por votación y no por aclamación, algo que huele demasiado a rancio, a naftalina como para ser tildado de progresista. Dice el líder de los socialistas que su partido durante los ocho años que estuvo en la oposición, no solo perdió las elecciones y con ellas el aprecio de los españoles, sino sobre todo la confianza en ellos mismos. Es cierto. La condición humana es demasiado vulnerable, demasiado endeble para alimentarse sólo de ideología, ética o dignidad. Necesita del reconocimiento, del aplauso y del éxito y eso, inevitablemente, va unido al poder.

Hoy me siento generosa y quiero pensar en ese tipo de poder que pretende sobre todo cambiar el destino, el suceder de las cosas en términos de justicia e igualdad. El problema es que la historia se sigue empeñando en demostrarnos invariablemente que somos capaces de tropezar una y cien veces con la misma piedra y eso unido al destello de los focos y el deslumbrón que produce tener una amplia corte de aduladores suele llevar a los partidos políticos a morir de éxito y ese tipo de muerte, pegada al ombligo propio, suele ser olorosísima. Y si no que se lo pregunten a todos los inquilinos que han pasado por la Moncloa... Morir de éxito es también morir y ademas sin anestesia previa.