El estado de Recife, en Brasil, es el lugar adecuado para comprar un riñón y algunos otros órganos a un paciente vivo. Para comprar órganos de muertos recién muertos, es decir, asesinados, los procedimientos son un poco más complicados, pero no mucho más y sólo hay que ser un poco más sutil en los sistemas de búsqueda.

Para los habitantes del mundo civilizado que estén a la espera de un trasplante y carezcan de escrúpulos, la situación es esperanzadora, porque el mercado, en Brasil y en otros países de Latinoamérica, está a la baja por la coyuntura económica que dispara la necesidad.

El precio medio del riñón ronda los 6.000 dólares, unos 7.200 euros, pero hurgando en la desesperación y la necesidad se puede obtener uno, de segunda mano y en buen uso, por 4.000 dólares, unos 4.800 euros.

Cuando registramos los parámetros de avance de la democracia en Latinoamérica se utilizan instrumentos de medición europeos: la celebración regular de elecciones para escoger a los representantes de la soberanía popular, el grado de garantías teóricas que establecen las constituciones y el conjunto de cuerpos legislativos.

Unos parámetros formales que nada indican de la realidad política y social porque son susceptibles de ser trufados como maquillaje puro de una injusticia encubierta. Cuando a Luis Ignacio Lula da Silva se le piden resultados económicos nadie piensa en los medios de que dispone para alimentar a la población sin que para ello tenga que perder un riñón. A la hora de enjuiciar el acierto de la labor económica de un gobierno y la confianza que ofrece a los índices internacionales, los embudos más codiciados son el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que tamizan el rigor presupuestario y la capacidad y entereza para aplicar políticas de ajuste.

Los Gobiernos duros son los preferidos y los que ofrecen seguridad. No hay ningún organismo internacional que vigile y controle la inflación en el precio de los órganos humanos ni en la compraventa de bebés recién nacidos para ser adoptados por deficitarios emocionales del mundo occidental. Quizá en los mercados de derivados de Frankfurt y Londres habría que revisar los índices de confianza, de precios y de futuros, y lo mismo que se cotiza el níquel, el petróleo o el café, habría que empezar a pensar en los riñones. Una medida de este tipo tranquilizaría mucho en nuestro mundo civilizado y daría estabilidad al mercado de la desesperación.