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Crítica de 'Love story: John F. Kennedy Jr. & Carolyn Bessette': un antipático drama romántico
Ryan Murphy dramatiza el romance entre el mediático 'playboy' y el icono de la moda en una serie tan bien ambientada como poco emotiva

Sarah Pidgeon (Carolyn Bessette) y Paul Anthony Kelly (John F. Kennedy Jr.) en la primera entrega de 'Love story' / Kurt Iswarienko/FX
Juan Manuel Freire
'Love story: John F. Kennedy Jr. & Carolyn Bessette'
Creador: Connor Hines
Dirección: Max Winkler, Jesse Peretz
Reparto: Sarah Pidgeon, Paul Kelly, Naomi Watts
País: Estados Unidos
Duración: 45 min. (9 episodios)
Año: 2026
Género: Drama romántico
Estreno: 13 de febrero de 2026 (Disney+)
★★
Al título inicial le han arrancado el 'American', quizá porque Estados Unidos no es un país con popularidad al alza y hay que pensar en una audiencia global. Pero 'Love story' pertenece a la misma colección de antologías con la que el productor Ryan Murphy ha explorado terrores imaginarios, crímenes reales o dramas deportivos; el subconsciente y el imaginario colectivo estadounidenses horadados desde una perspectiva incisiva pero, sobre todo, entregada al más puro entretenimiento.
Esto último no es algo que ofrezca en exceso 'Love story: John F. Kennedy & Carolyn Bessette', creación de Connor Hines, con base en un libro de Elizabeth Beller, sobre la relación del segundo hijo (y tercer nacido) de los Kennedy (desconocido Paul Anthony Kelly) con la publicista e icono de la moda Carolyn Bessette (Sarah Pidgeon, una de las revelaciones de 'The wilds'). Los conocemos casi al final de la misma, un fatídico 16 de julio de 1999, cuando John y Carolyn, acompañados por la hermana de esta última, Lauren (Sydney Lemmon), cogen el avión ligero que debería haberles llevado a la boda de Rory Kennedy, prima de John.
Después, salto a siete años atrás para explorar días primero caóticos y luego prometedores. John es por entonces un famoso playboy de dudoso futuro profesional (acaba de suspender otra vez su examen de acceso a la abogacía) y Carolyn brilla como estilista de las estrellas en Calvin Klein (a cuyo fundador encarna Alessandro Nivola; su mujer Kelly es Leila George). Cuando cruzan caminos en un evento benéfico, la conexión es casi instantánea; ella es la que parece tener más decisión, él quien titubea con más énfasis, a pesar de su sangre azul. Pero antes de dar el paso han de atar cabos sueltos; en el caso de John, una relación complicada de varios años con la actriz Daryl Hannah (Dree Hemingway, bisnieta de Ernest), por entonces ya algo lejos de sus días de gloria popular. El futuro fundador de la revista 'George' debe lidiar, además, con el mal estado de salud de su progenitora (Naomi Watts).
Inquietud por una madre aparte, todo son aquí preocupaciones poco comunes. Hablamos de una serie sobre lo que supone cargar con el peso de un apellido mítico, ser abrasado a fotos por los paparazzi (por ejemplo, mientras juegas a touch rugby sin camiseta en pleno Central Park), ver tu vida documentada con enfermiza precisión o, en el caso de Carolyn, salir con un famoso. La heroína de la serie se define a sí misma como una común mortal, pero en vista de su espacio de trabajo y los ambientes por los que se mueve, no sabe muy bien lo que dice, como quizá tampoco el propio Ryan Murphy: cuestión de privilegio inconsciente.
Que puedas empatizar con los personajes no hace buena una serie; lo que la hace buena es que tenga personajes interesantes. Por desgracia, Hines no consigue del todo que John y Carolyn lo sean, a pesar de sus esfuerzos por hacer con los Kennedy lo mismo que Peter Morgan con la familia real británica en 'The Crown': elucubrar sobre las más intensas conversaciones a puerta cerrada de los personajes más públicos. ¿Será mejor el anunciado acercamiento de Netflix a Camelot, con Michael Fassbender como Joseph K. Kennedy?
Lo que hace la serie más llevadera es su ambientación noventera, la embriagadora recreación de la cultura de clubs neoyorquina de aquellos días, la docena de cambios de vestuario de Pidgeon por episodio y, sobre todo, una selección de canciones que nos recuerda que la mejor música se hizo entre mediados de los 80, mediados de los 90: Talk Talk, Peter Gabriel, Kate Bush, Cocteau Twins, Björk, casi nada. Y de la suntuosa música original se encarga ni más ni menos que Bryce Dessner, componente de The National. Mucho lujo sonoro que no acaba de hacernos olvidar el escaso interés de la propuesta, al menos para aquellos sin excesivo interés por las vidas de los ricos y famosos.
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