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In Memoriam

¿Pepe, un chispín?

José Martínez, librero de los soportales de la Catedral de Murcia

José Martínez, librero de los soportales de la Catedral de Murcia / Juan Carlos Caval

Dioni García

Dioni García

Cuando era un niño iba los sábados al mercado con mis tías o mi madre y siempre me paraba en un puesto donde vendían cuentos. Y era raro el día que no cayera uno e incluso dos. No quería juguetes ni chucherías, siempre quería volver a casa con un cuento debajo del brazo. Me pasaba horas leyendo. Con el paso del tiempo, por supuesto, cambiaron mis aficiones lectoras. Pasé a los cómics y me compraba un periódico deportivo con parte de la asignación semanal, escueta pero suficiente, que recibía. Siempre buscaba el que llevaba más noticias breves porque así me duraba más. Llegaron los libros, aunque confieso que esos de tropecientas páginas siempre me han tirado para atrás. Eso sí, pasar un rato en una librería ojeando lo que había, siempre me ha gustado.

Hace unos años, gracias a mis amigos Rosa y José Clemente, conocí a José Martínez Rodríguez, Pepe para los amigos. Desde el primer momento me pareció una persona entrañable, con una excelente conservación. Vamos, el compañero ideal para tomarse un ‘chispín’, como a él le gustaba decir. Las historias que nos contaba eran desternillantes. Daba igual que ya las hubiera escuchado anteriormente porque siempre me reía a carcajada limpia. Recuerdo también algún aperitivo o comida, interminables, por cierto, en su casa de Santiago de la Ribera, a la que cuando sus hijos eran pequeños, iba los fines de semana en verano en autobús. Porque Pepe no tenía carné de conducir ni pretendió tenerlo nunca y demostró que no hace falta tenerlo para vivir.

Pepe era único y por eso siempre iba rodeado de gente. Era uno de los mejores clientes de Los Toneles, donde María José le tenía siempre reservado un sitio en la esquina de la barra junto a la cocina, y de Los Navarros. ¿Cuántas veces comió o cenó en esos dos restaurantes del barrio de Santa Eulalia durante su vida? Infinitas. Por allí se paseaba como si fuera uno más. Después, para completar el ritual, se tomaba su ‘chispín’ en la barra de Por Herencia, donde también lo he visto pasar muchos Bandos de la Huerta, o en el Cadillac. Y siempre, aunque ese día hubiera salido solo, tenía alguien con quien conversar, sobre todo más joven que él, porque él, en realidad, aunque nos ha dejado con 87 años, nunca fue una persona mayor. Siempre se le acercaba alguien para charlar un rato con él. Ya fuera de libros o de la vida. Daba igual. Porque Pepe tenía mundo, conocía a casi todo quisque en Murcia. Antes de ir a cenar por las noches, tenía un ritual: encenderse un puro en la puerta de la librería donde entró con 14 años y trabajó toda su vida. Porque Pepe, que heredó de Ramón Jiménez el negocio cuando en los años ochenta se retiró su primer propietario, nunca se jubiló, siempre estuvo al pie del cañón con la colaboración desde hace tiempo de su hija Maite.

Hace unos años, cuando el Ayuntamiento le rindió un homenaje por ser la librería más antigua de Murcia y, quizá, de la Región, Pepe mostraba sus inquietudes por la crisis del sector. Las familias ya no compraban libros de texto en los comercios de siempre, esos que dan vida a las ciudades. Se van a los centros comerciales. Y esa era hasta hace unos años la mayor fuente de ingresos de estos negocios mantenidos a pulmón que, pese a las dificultades, siguen dando un servicio muy personal a sus clientes.

En algunas de las incursiones que he hecho fuera del periodismo deportivo, en el verano de 2022, le hice un reportaje. Por entonces ya le conocía un tiempo y pensé que merecía la pena. En las dos páginas tuve que resumir mucho porque me habría dado para escribir un periódico entero. Quizás, hasta un libro. «Parece que el día que desaparezca de la librería no viviré», me dijo. Y tenía razón, porque hasta el pasado mes de septiembre estuvo al pie del cañón. Incluso alguna vez acudió en silla de ruedas. A Maite y José les pedía que le llevaran, pero su salud estaba ya tan mermada en las últimas semanas, que era imposible.

La última vez que me tomé un ‘chispín’ con Pepe fue en mayo, en el cumpleaños de su hijo en el Rincón de Fontes. Él era feliz compartiendo esos momentos con gente más joven, como también atendiendo a sus clientes de toda la vida, que eran legión, fieles a sus consejos. Y es que una de las cosas que siempre me han llamado la atención de los libreros de raza como él, es que pese a que tenían cinco mil títulos diferentes en su librería, se los conocían todos. Ya me gustaría tener a mí la sabiduría de un señor que con 13 años tuvo que dejar el colegio para trabajar porque en su casa pasaban hambre. Y no había otra solución en la España franquista.

La pena que me ha quedado es que no me he podido tomar ese último ‘chispín’ con Pepe para escucharle otra vez contar sus historias y echarnos unas risas. En cualquier caso, este martes 16, tras la misa en su memoria que se celebrará en la Catedral, le haremos ese alboroque que él quería que no faltara la gente a la que nos demostró afecto con sus incontables muestras de cariño. DEP, amigo.

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