Hay una convicción, que no expresamos públicamente, de que cuando muere alguien debemos deshacernos en elogios de esa persona, aunque los reconocimientos no se correspondan con la trayectoria de su vida. No es el caso de Pedro Caparrós, maestro y sindicalista, por ese orden, que nos ha dejado prematuramente. Quiero destacar su condición de maestro porque era así como le conocía la mayor parte de la gente, como sus amigos del club de petanca, juego al que era gran aficionado, lo que muestra hasta qué punto su vocación se había hecho una con su persona. 

En los tiempos que corren es difícil hablar de bondad, como diría D. Antonio Machado, en el buen sentido de la palabra bueno. Eso es lo que era, ante todo, mi amigo y compañero Pedro Caparrós, una persona buena. Aunque la palabra pueda sonar hoy vacía (hablamos incluso de «buenismo» en sentido peyorativo), pienso que sigue siendo lo mejor que se puede decir de alguien como Pedro. Él hizo carne en su persona el elogio del maestro que hiciera el poeta sevillano en la muerte de D. Francisco Giner de los Rios: «Sed buenos y no más, sed lo que he sido / entre vosotros: alma». 

Todos los que hemos tenido la suerte de conocerlo, sabemos que esa bondad se manifestaba en su generosidad para con todos y en su humildad (rehuía de todo reconocimiento público). A él le gustaba hacer las cosas en silencio, sin esperar nada a cambio. 

Fuimos compañeros en las tareas sindicales de la Federación de Enseñanza de las Comisiones Obreras; él como responsable de primaria y yo de secundaria. Más tarde, cuando se jubiló y asumí el área de primaria en la Comarca del Guadalentín, todos aquellos con los que me encontré me decían lo mismo de Pedro: atendía a todos los docentes (independientemente de su ideología) con la misma amabilidad y entrega, intentando resolver los problemas que le manifestaban. 

Nunca nadie me dijo que lo hubiese dejado en la estacada o se hubiese desentendido del problema que le planteaba. Pedro lo hacía suyo (a veces en exceso, pues esa empatía hacia los demás hacía que él sufriera tanto como el interesado).

La otra virtud, cuando todo el mundo hoy se deshace por conseguir un «me gusta» en las redes sociales, es que Pedro prefería hacer lo que fuera necesario alejado de los focos. Lo he dicho anteriormente y me reafirmo en ello: rehuía de todo protagonismo y de todo reconocimiento. Lo que hacía, lo hacía por convicción, una convicción de clase. Se consideraba un trabajador de la enseñanza y su horizonte no era otro que dignificar la educación pública y el trabajo de los que nos hemos dedicado a ella. 

Basten estas palabras para reconocer su callada y generosa entrega al servicio de la educación en la Comarca del Guadalentín. Quisiera también agradecer la labor de Guedi, su mujer, también maestra, que siempre lo apoyó, y la de sus hijos, José Pedro y Guedi. Descanse en paz.