Gerardo Cruz pertenece a la última generación de ingenieros de Caminos que obtuvieron su título (y el doctorado) por medio del ingreso en la Escuela Especial tutelada por el Ministerio de Obras Públicas, antes de que, en 1957, pasase a depender del ministerio de Educación. Nacido en 1940, necesitó tan solo dos años para ingresar. La brillantez, esfuerzo y talento de Gerardo merecieron su justa recompensa en 1965, a los 25 años. Vino a Murcia en 1978 como director provincial del Ministerio de Obras Públicas, siendo ministro Joaquín Garrigues Walker, con el compartió todo el amplio espectro liberal de la recién nacida democracia en España. Lo que pudo ser un paso fugaz por la capital (el nombramiento, además de llevar un alto contenido técnico, era político) se convirtió en una larga estancia en nuestra ciudad, prolongada hasta su muerte. De Gerardo siempre nos impresionó su esbelta figura con la que presentaba unas credenciales enjaretadas en un amplio sentido del humor, tan imaginativo como inteligente y una ironía digna de mención de honor. Como un verdadero as de la vida hizo de la enfermedad virtud.

Padeció durante mucho tiempo una dolencia muy singular en el sistema digestivo, de manera que la acumulación de masa estaba muy limitada y como consecuencia de ello no tenía posibilidad de engordar. Así es que la figura de esbeltez geométrica tan notable fue su sello de identidad. Con la desaparición de Gerardo tomamos nota de lo efímera que es la vida, ‘apenas el breve intervalo que va desde que dejas de ser joven hasta que te conviertes en abuelo amable y pertinaz’. Un suspiro. Qué pena los dos últimos años de Gerardo, herido, pero no abatido por la enfermedad, nada que ver con el derroche de energía, el exceso de vitalidad con la que él se producía, yendo y viniendo de casa a la Confederación, saludando en el trayecto a cuantos vecinos (muchos) encontraba al paso por la Trapería.

Claro que esa vitalidad en gran parte se la debe a Mini, su mujer, su cuidadora, su hada madrina, compañera excepcional, en el régimen de comidas, en la vestimenta. Mirad, señores, cuando en las escasas ocasiones en que a Gerardo no pudo verse atildado, guapo y elegante, hubo una razón: Mini, o estaba fuera o algo distraída.

A Gerardo, pese a todo, no se le puede encasillar dentro de la cuadratura que afecta mayormente a los ingenieros, aunque cuando habría de tomar en consideración su fuerte formación adquirida en sus tiempos de estudiante, aplicaba la norma con toda la exigencia necesaria y, en tal caso, disfrutaba con el rigor que asignaba a los asuntos sin miramientos. Así tuvo la oportunidad de llevarlo a cabo durante el tiempo en que ejerció como secretario general de la CHS. Más que obras, en ese tiempo, lo que trajinó Gerardo fueron papeles y más papeles con mucho acierto.

En el plano jovial, desenfadado, ajeno a los asuntos de tono mayor que unos y otros tenemos la obligación de considerar de manera prioritaria, fuera de eso, Gerardo era genial, divertido, atrevido y animador en cualquier debate. Qué pena, querido Gerardo, qué pena que el viejo ‘más joven’ que conozco haya desaparecido. Pero no importa, nos consolaremos hablando de él encantados, con tus hijos, Berta, Gerardo y Cristina, sobre todo con Gerardo, magnífico ingeniero como su padre pero que él, en medio de la admiración más profunda, me dice que, como su padre, nadie. Descanse en paz este malagueño que tornó, sin acritud, tal condición por la del murciano total. 43 años, no solo para él, sino para cualquiera, son suficientes para forjar tal empeño. DEP.