21 de octubre de 2020
21.10.2020
La Opinión de Murcia
Análisis

El dedo de Abascal, por Jorge Fauró

Vox ha acabado metiendo al PP en un barrizal del que Casado está obligado a sacar a su partido por el bien de la democracia

21.10.2020 | 13:27
El dedo de Abascal, por Jorge Fauró

Abascal no es idiota, Abascal es peligroso. Por eso, y por muchos chascarrillos de los que sea protagonista en las redes sociales, personajes como Santiago Abascal deben encender las alarmas en países democráticos como España. Cuando el hombre apunta a la Luna, el tonto mira al dedo. Por tanto, no perdamos más de unos segundos en regodearnos en memes y montajes con más o menos gracia vistos en internet y estemos más pendientes del protagonismo que está cobrando la ultraderecha en España y de aquellos y aquellas que se lo permiten. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con el Gobierno, con el principal partido de la oposición o con el resto del arco parlamentario, pero no olvidemos que la concatenación de sandeces y majaderías que vomitan a diario los representantes de Vox representa a una parte notable de la población española. Nada indica que sus apoyos estén mermando y, a la vista de las encuestas, el respaldo crece entre los electores en un ambiente general de crispación política que se extiende en la sociedad en el contexto de una pandemia y entre un mejunje de terminología propia de Boletín Oficial del Estado, donde de repente irrumpen conceptos como "toque de queda" y "estado de alarma". Miremos a la Luna, no al dedo de Abascal.

No parece casualidad -en política este concepto rara vez cobra vida de forma espontánea- que doce horas antes del debate de la moción de censura en el Congreso, el secretario general de Vox, el mismo que llamó criminales a las 'Trece rosas', se permitiera reiterar en la televisión pública que en los últimos 80 años ha habido gobiernos con más calidad democrática que el de los "socialcomunistas", y que durante la dictadura de Franco también se celebraban elecciones, aunque las ganaba el régimen, como si hubiera posibilidad de que las ganara algún otro. La despedida del discurso del primer interviniente de Vox en el Congreso, Ignacio Garriga, con ese alegato joseantoniano troquelado en Trump ("Que Dios les bendiga y que Dios bendiga a nuestra patria") y algunos tramos de la perorata de Abascal, cuestionando al estilo de la vieja CEDA el papel parasitario de patronales y sindicatos, nutren el discurso del nuevo nacionalcatolicismo al que el Partido Popular parece desesperado por agarrarse para blanquear sus pactos con Vox en Andalucía, Murcia y muchos ayuntamientos de España.

El discurso de Vox es un pastiche barato de alusiones a la patria, los himnos y las banderas aderezado con toques de guerracivilismo, odio y violencia verbal que deberían bastar para que cualquier partido de Estado, y el PP lo es, marcara líneas rojas con un trazo bien grueso. La moción de censura (ya se ha dicho muchas veces), sin futuro, sin sentido, pone a Vox en la cabecera del debate, mete en un brete al PP y le da alas a Sánchez y al conjunto del Gobierno. A Casado le pone en un aprieto porque hay cargos públicos de su partido, comenzando por él mismo, que aún no lo tienen claro y continúan enrocados en el relato y no en lo que advertiría cualquier estudiante de primero de Política: que blanquear a la ultraderecha ennegrece a los populares. Parece que estuvieran en la Luna, ni siquiera la miran. Sus ojos apuntan al dedo. Si no, no se explica la sonrojante intervención de Andrea Levy en el Ayuntamiento de Madrid, con alusiones personales a una concejala de la oposición ("Me gusta su collar, deseo que no le haga un daño cervical por lo grande que es") o la vergonzosa alocución de la senadora del PP Adela Pedrosa sobre el compañero de cama de la ministra Irene Montero. Los partidos deberían revisar esa costumbre diabólica de tirar los desperdicios al "ahítepudras" en que han convertido el Senado. Uno y otro discurso podría haberlos firmado Rocío Monasterio o el propio Ortega-Smith, pero la extravagancia salió de entre las filas de un partido con vocación de Gobierno y de talante democrático.

La situación española no necesita aprendices de Millán Astray como los que alimentan la cúpula de Vox, pero sí una derecha que tenga claro hacia dónde se dirige y, sobre todo, hacia dónde quiere posicionar a sus partidarios; que eleve propuestas constructivas a las instituciones y no las bloquee; que muestre lealtad en Europa hacia el Gobierno que ha decidido una mayoría de la población y no ponga en peligro la estabilidad de un país denostando al Ejecutivo en los órganos continentales; que emplee la intolerancia y no el blanqueo para quienes en su ideario son de por sí intolerantes, como ha hecho la derecha en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Cambiar a Cayetana por Cuca no es un paso adelante, es echarse a un lado; interpretar a su favor sentencias por corrupción como la del caso Gürtel no es estrategia, es equiparar a la ciudadanía con un jardín de infancia; mantener hasta el último momento la intriga sobre el sentido de la votación en el pleno de la moción de censura no es un golpe de efecto, es inseguridad y falta de determinación. Un error de manual. Con la ultraderecha no se juega. En todos los sentidos. Ni se juega ni se les jalea ni se les aplaude. Si son aficionados al cine, recordarán esa frase de una de las películas de la saga de George Lucas, cuando el malvado senador se hace con todo el poder y sus señorías lo celebran con tremenda algarabía. Lamenta la protagonista: "Así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso". Dejen de aplaudirles, dejen de mirar al dedo.

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