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Ocio

Pasadena, Góspel, El Ahorcado Feliz… los bares que triunfaron en la Murcia que salía sin mirar el móvil

Una ruta por aquellos templos de copas, música y fiesta donde nadie sabía cómo iba a acabar la noche

Imagen realizada por IA a la izquierda, una toma real de los años 80; a la derecha, una interpretación actual de la inteligencia artificial

Imagen realizada por IA a la izquierda, una toma real de los años 80; a la derecha, una interpretación actual de la inteligencia artificial / L. O.

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Juanjo Raja

Juanjo Raja

Existen lugares que no desaparecen del todo cuando bajan la persiana por última vez. Se quedan en algún sitio entre el olfato y la memoria, mezclados con el olor a tabaco de aquellas noches, el eco de una canción que ya no suena en ninguna parte y la sensación de que la juventud, entonces, era infinita. Murcia tuvo los suyos. Los tiene aún, aunque ya no estén. Estos son algunos de los que más duelen.

Góspel, la pinta y el nombre grabado en la madera

En la esquina de Puerta Nueva, colindante con el añorado Zalacaín, había un bar que olía a otra época. Se llamaba Góspel, y lo primero que te recibía eran las figuras grandes de saxofonistas afroamericanos que decoraban sus paredes. Las mesas eran de madera maciza, y en ellas, generación tras generación, los clientes grababan su nombre a modo de firma. Un ritual íntimo, casi sin querer, que convertía cada mesa en un mapa de vidas.

Concierto en Gospel.

Concierto en Góspel. / Joaquín Clares

Góspel tenía dos plantas y servía chupitos de ron miel. También pintas, en un tiempo en que poca gente en Murcia sabía todavía qué era exactamente una pinta. Algunas mesas se llenaban de estudiantes con montañas de fotocopias y apuntes subrayados. Se podía estudiar ahí, y hablar, y reír. En una época en la que internet no existía y la inteligencia artificial habría sonado a cosa de brujas.

El Ahorcado Feliz, el pub que se reía de la muerte

En la calle Cánovas del Castillo, en plena Santa Eulalia, había un local que Tim Burton habría firmado sin dudar. Se llamaba El Ahorcado Feliz, y su decoración era una declaración de intenciones: ataúdes colgando de las paredes, sillones vintage, una atmósfera que se burlaba de la muerte con elegancia y con humor. El tipo de sitio donde tomarse un cubata tranquilamente un lunes, cuando el resto de la ciudad dormía con el cierre echado.

El Ahorcado Feliz.

El Ahorcado Feliz. / Juan Caballero

Con el tiempo, El Ahorcado Feliz fue adaptándose a quienes lo frecuentaban. Organizó jornadas de intercambio de idiomas, especialmente de inglés. Llegó a acoger noches de citas rápidas para quienes buscaban su media naranja entre sus paredes de leyenda. Se eclipsó, como todo lo bueno. Pero su leyenda permanece intacta.

Metropol, el refugio que la ciudad necesitaba

En el número 14 de la calle San Andrés, en una época en que mucha gente se veía obligada a vivir su identidad en silencio, existía un lugar al que llamar refugio no era una metáfora. Era la única palabra posible. El Metropol era un pub de paredes oscuras donde los hombres podían ser quienes eran, sin miedo, sin disimulo. Hubo quien se tapaba el rostro al entrar o al salir, por si alguien conocido le reconocía. Así eran aquellos tiempos.

Concurso Mister Gay España, celebrado en Metropol.

Concurso Mister Gay España, celebrado en Metropol. / L. O.

No fue un sitio conflictivo. Fue, junto al mítico Piscis (que tiene hasta calle propia en Murcia), un oasis para el colectivo LGTBI en unas décadas en las que aún no se hablaba abiertamente de ello. En su escenario se celebraban espectáculos de transformismo y la vida, dentro de sus paredes, era un poco más libre. Tanto le dio a la ciudad que acabó teniendo un hermano mayor: una discoteca que abrió en Puente Tocinos y que continuó su espíritu. El Metropol no fue solo un bar. Fue historia social de Murcia.

Cheché, adolescencia y La Oreja de Van Gogh frente a La Merced

Pequeño, azul y blanco, casi claustrofóbico y absolutamente lleno de vida. Cheché era ese pub que a finales de los noventa esperaba enfrente de La Merced para acoger a jóvenes de 15 y 16 años que se asomaban por primera vez a la noche. A las diez ya estaba en todo su apogeo. Sonaba La Oreja de Van Gogh, el humo lo impregnaba todo (fumar en los bares era perfectamente legal entonces) y el ligoteo entre adolescente era el deporte rey.

arlos Valero, José Molina, José Antonio Prior, José Leal, Antonio Díaz, José Ignacio Martínez Roldán y Juan Matas, propietarios y parroquianos del Che Che House.

arlos Valero, José Molina, José Antonio Prior, José Leal, Antonio Díaz, José Ignacio Martínez Roldán y Juan Matas, propietarios y parroquianos del Che Che House. / L. O.

Formaba una tríada perfecta con Fauna y Viva Murcia Pub, los tres a escasos metros el uno del otro, los tres cómplices de una generación que no podía mandarse una historia de Instagram porque Instagram, sencillamente, no existía. Testigos que le sobrevivieron reconocen, con la perspectiva del tiempo, que allí se vendía alcohol a menores sin demasiados miramientos. Eran otros tiempos.

Y es que Cheché tenía historia mucho antes de que esa generación lo descubriese. Como escribió Miguel López-Guzmán en este periódico: "En las navidades de aquel año 1976, en Murcia, tres jóvenes empresarios: José Ignacio Martínez Roldán, Juan Matas y José Leal, contagiados de aquella ilusión que llevó a la movida que se intuía, inauguraban, frente a la severa fachada del claustro universitario de La Merced, un bar de música y copas que revolucionaría las sosegadas y austeras horas de la noche murciana, el Che-Che House".

Pasadena, la joya de Doctor Tapia Sanz

Si hubo un pub que resumió una época en Murcia, ese fue Pasadena. Estaba en la calle Doctor Tapia Sanz, enfrente de Clericó (luego bautizado como El Divino), y era exactamente el tipo de sitio al que se iba a vivir, no solo a beber. Sonaban Alejandro Sanz, Gloria Stefan, Chayanne y el Ricky Martin de la canción de la Eurocopa. Epi pinchaba los vinilos. Manolo despachaba cubatas a 500 pesetas. En las paredes colgaban cuadros de indios y vaqueros firmados por Miguel López-Guzmán. La fachada fue blanca hasta 1998, año en que pasó a ser granate, lo que no estuvo exento de cierta polémica entre sus fieles.

La noche en Pasadena.

La noche en Pasadena. / Águeda Pérez

Arriba del todo, un vaquero cabalgando sobre un caballo de neón coronaba el local. Manolo padre vigilaba la puerta. Óscar ejercía de relaciones públicas avant la lettre, antes de que el oficio tuviera nombre oficial. Los lunes de los noventa se organizaban cenas frías que eran, en realidad, una excusa perfecta para estar juntos. Cuenta la leyenda que Pasadena inspiró libros de poemas y novelas que nunca vieron la imprenta. Hoy el local se llama La Orden, pero, como todo fluye, la esencia de lo que fue permanece entre sus paredes.

Código, la última parada del 'Tontódromo'

Al lado de la tienda de Don Algodón, en el conocido como 'Tontódromo', había un pub cuyo nombre lo decía todo: Código. Un código de barras presidía su letrero exterior, y dentro, chupitos de tequila con limón y sal para una clientela que aún no había terminado de crecer del todo. Era la última parada antes de recogerse, porque Código seguía abierto cuando el resto ya había cerrado.

Camareras del Bar Código.

Camareras del Bar Código. / L. O.

En la Nochevieja para recibir el año 2009, la entrada costaba siete euros. Incluía las uvas, una consumición y el cotillón. Sobrevivió hasta 2013, año en que bajó la persiana como Código para renacer con el nombre de El Gran Bazar. Ya no era lo mismo. Nunca lo es.

Refugio, el bar que le dio nombre a una plaza

Hay pocos honores más grandes para un bar que conseguir que la gente deje de llamar a un sitio por su nombre oficial. La plaza de las Balsas, en el corazón del barrio de las tascas, acabó siendo conocida por todos como "la plaza del Refugio". Y es que el Refugio era eso: un lugar en el que recalar, con sus mesas en la calle tomando la plaza, en una atmósfera apenas iluminada que no necesitaba más luz de la que tenía.

Era el sitio perfecto para una primera cerveza antes de meterse en Troya, en Cheché o en Fauna. Un puente entre el mundo de fuera y la noche que estaba por venir.

Plaza de las Balsas, donde estaba Refugio, en 1985.

Plaza de las Balsas, donde estaba Refugio, en 1985. / Pedro Martínez

Maite Moyano, vecina de Murcia, guarda uno de esos recuerdos que no se fabrican: "Mi Toñi, la dueña, nos cuidaba siempre. Me acuerdo de los bazocas y los platos de frutos secos. Al final siempre venía y nos ponía dos 'mundialitos', que era típico del local. Cuando me casé, en 1990, nos prometió que su marido y ella irían a nuestra boda en el juzgado si nosotros íbamos vestidos de novios al Refugio. Y así pasó".

También Silvia Pérez, otra murciana, recuerda con precisión quirúrgica lo que era salir en aquellos años: "Salíamos a la aventura, te encontrabas gente del instituto que lo mismo ni saludabas entre semana, de fiesta éramos todos colegas". Y añade, con una pizca de melancolía y otra de razón, que recorrían los garitos buscando a alguien y que al final siempre se encontraban. "Con tanta ubicación en tiempo real, los jóvenes de ahora nunca sabrán lo que era eso", concluye.

Tenía razón Silvia. Había algo en aquella incertidumbre, en ese salir sin saber exactamente adónde ni con quién te ibas a encontrar, que hacía de cada noche una pequeña aventura. Los bares eran el escenario. La ciudad, cómplice. Y Murcia, como siempre, sabía guardar sus secretos mejor que nadie.

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