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Fiestas de Primavera

El pasacalles Sardinero: aquí siempre toca, si no un pito, una pelota

Las agrupaciones sardineras, las charangas, el ruido y los cachivaches llenaron la ciudad bajo un cielo que amenazó lluvia, pero no cumplió

J.M. Lax Asís

J.M. Lax Asís

Abalorios, bagatelas, cachibaches y esa clase de cosas que gustan, porque a quién no le gusta un silbato, máxime si el silbato es gratis. Es por ello que las gentes de la Región de Murcia se agolpaban en las calles de Murcia, desde Alfonso X a la plaza del Romea, pasando por Trapería y abarrotando Santo Domingo. Un año más, uno de los días marcados en rojo en el calendario festivo de la ciudad capitalina, el Pasacalles Sardinero se convierte en un pequeño aperitivo de lo que esta noche será el Entierro de la Sardina, regalando accesorios y alguna que otra chuchería entre los congregados al evento.

El día gris, debido a las nubes que se apretaban en el cielo y que hacían levantar la cabeza a más de uno por la amenaza de lluvia, no deslució el esperado minidesfile que llenaba de color, música y ruido las calles peatonales.

Murcia se echa a la calle por el Pasacalles Sardinero

"A 'palmás' llenas hay que coger las cosas, como to la vida, que algunos vienen con paraguas dados la vuelta, que te dan ganas de partírselo en las costillas", decía Manuel, Lolo para sus amigos, y el 'abelo' para su nieto, que no le suelta la mano ni cuando se agacha a por alguna que otra nube de gominola que acaba de caer al suelo lanzada por las agrupaciones.

Y es que el suelo de Alfonso X se convirtió durante un par de horas en un pequeño campo de minas dulce y de plástico: pitos que nadie sabe muy bien cómo acabaron allí abajo, y algún peluche con cara de resignación esperando que alguien lo rescate antes de que pase por encima un carrito de bebé. Los más avispados llevaban bolsa. Los menos previsores llevaban los bolsillos llenos y cara de querer más.

Las agrupaciones sardineras desfilaron entre el griterío del personal con bolsas a cuestas que a estas alturas del recorrido ya pesaban lo que pesa la gloria, es decir, bastante menos que al principio. Los pañuelos de colores ondeaban al son de las charangas y las batukadas, que se emplearon a fondo con un repertorio capaz de hacer mover los pies hasta al más tieso de la fila. Que los había. Siempre hay alguno.

"Yo vengo todos los años y todos los años digo que no me vuelvo a poner en primera fila", reconocía Encarna, vecina de El Palmar, con un pito colgado al cuello y varios colgantes con motivos sardineros, "y aquí estoy otra vez, con el codo hecho polvo de tanto estirar el brazo".

La amenaza de lluvia quedó, afortunadamente, en eso: en amenaza. El cielo se lo pensó mejor, como quien tiene ganas de aguar la fiesta, pero al final no se atreve, y Murcia siguió celebrando con esa mezcla de fervor y desparpajo que solo se ve aquí y que, conviene recordarlo, no tiene que tener complejo de ninguna otra comunidad autónoma.

Silbatos, chucherías y bolsas llenas en el desfile

Y si algo tiene en común el pasacalles sardinero con cualquier otra fiesta son las barras de los bares del centro, donde desde primera hora funcionan a pleno rendimiento. Los establecimientos de Alfonso X, Trapería y alrededores llevaban desde primera hora preparados para el "combate", atrincherados tras las planchas metálicas con las cañas puestas y las cámaras llenas, conscientes de que hoy no era día de guardar nada dentro.

Los camareros, esos héroes sin pañuelo sardinero, se movían de un sitio para otro dentro de sus pequeños baluartes con un ritmo que solo da la práctica. "Llevamos desde las once y no hemos parado", decían tras la barra, "y lo que nos queda; el jefe estará contento, pues entre el bando y esto está haciendo el agosto en abril".

El aperitivo, que en Murcia es casi una institución con estatutos propios, se mezclaba sin pudor con el desfile, de manera que no siempre quedaba claro si la gente había salido a ver el pasacalles o a tomarse unas cañas y el pasacalles había aparecido por allí de casualidad. Probablemente las dos cosas, y probablemente no importaba demasiado.

Sita Abellán irrumpe como Doña Sardina

Fue cuando apareció Doña Sardina, la reconocida DJ, diseñadora y estilista Sita Abellán, con el pelo azul y un vestido de escamas blancas, cuando el personal terminó de perder la compostura, en el buen sentido de la palabra. La comitiva oficial, encabezada por el presidente de la Agrupación Sardinera y la mismísima reina de la fiesta, avanzó por Alfonso X entre una marea de brazos estirados y algún que otro empujón cariñoso que nadie tomó a mal porque hoy todo se perdona. Los juguetes volaban, los pitos sonaban y los más pequeños miraban el desfile con esa expresión de asombro absoluto que los adultos llevamos años intentando recuperar sin demasiado éxito.

Y entonces llegó la tronaera. Los fuegos artificiales que retumbaron desde la plaza Circular pasadas las dos de la tarde pusieron el punto y aparte entre el mañaneo y el tardeo con la sutileza característica de un cañonazo: es decir, ninguna. El estruendo hizo que varios niños se abrazaran a sus padres, que algún que otro perro de los alrededores tomara decisiones vitales precipitadas y que el resto de la ciudad, por si alguien no se había enterado todavía, supiera que la fiesta grande de Murcia estaba al caer.

Murcia se fue a comer con el pito colgado al cuello y cara de haber ganado algo, aunque nadie sepa muy bien el qué. Y por la noche, el Entierro de la Sardina. Pero eso ya es otra noticia.

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