Semana Santa Murcia 2026
Elegía jubilosa a Jesús de Nazaret tallada por Francisco Salzillo y digna de una reina
Murcianos, visitantes y la soberana emérita Sofía se inclinan y estallan de alegría en la procesión del Viernes Santo por la mañana, un desfile que brilla y demuestra que, como dijo San Agustín, el amor triunfa en todo

Ana Lucas
“El verdadero amor no se conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece”, enunció el dramaturgo Jacinto Benavente y demostró, unos cuantos siglos antes, el protagonista de la historia que, desde las primeras luces del siglo XVII, se cuenta en nueve pasos, nueve, en la procesión que enciende Murcia el Viernes Santo por la mañana. La procesión morada, el desfile que empieza con La Cena y concluye con La Dolorosa. La elegía (alegre y jubilosa, si la contradicción es admisible) a Jesús de Nazaret que modeló en madera con las manos Francisco Salzillo y Alcaraz. Una oda a la belleza digna de una reina.
Que la cita era especial era algo anunciado, por varias razones: la primera, porque la cofradía estaba de aniversario y la talla de Nuestro Padre Jesús Nazareno (la única que no es de Salzillo) tenía bula para entrar a la Catedral por la Puerta del Perdón, un acontecimiento que hacía más de un siglo que no se daba; la segunda, porque la monarca emérita de España había anunciado su presencia en la ciudad, para disfrutar de tan magno desfile.

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La soberana no llegó a la estación del Carmen sola: lo hizo, en Jueves Santo, acompañada de sus hijas, Elena y Cristina de Borbón y Grecia, ambas infantas de España. Cabe recordar que la mayor de ellas ya se desplazó a Murcia en una ocasión anterior (el año antes de que estallase la pandemia de coronavirus) para ver si veía la procesión de Viernes Santo, pero la lluvia aguó la fiesta, literalmente, y los pasos no pudieron salir de la Iglesia de Jesús.
Este 2026, con el astro rey de parte de los morados, la comitiva real ya disfrutó, horas después de pisar Murcia, de la magnificencia (estática) de los tronos, que estaban siendo engalanados en el interior de la Iglesia de Jesús. La fiesta grande llegaría horas después, de buena mañana, para cumplir las tradiciones y, por qué no, las leyendas, porque el primer rayo de sol iluminó el rostro de la Dolorosa al ser sacada del templo. Un clásico que no deja de conmover.
Con túnicas del color de los hematomas resultantes de los golpes que los torturadores asestaban al Mesías, una estela de penitentes, mayordomos y estantes tomaba la capital del Segura. Había ganas. Con los buches atestados de monas con huevo, piruletas y estampas, caminan alrededor del Evangelio narrado en tallas.

Nazarenos 'moraos' en la procesión del Viernes Santo en Murcia. / Israel Sánchez
“Se ha bajado Martín a las siete y media de la mañana y en la Plaza de las Flores ya estaba todo cogido”, asegura un hombre a otro a las nueve de la mañana a la altura de la calle San Nicolás, donde, aunque la procesión pasará dentro de varias horas, ya hay gente, de buena mañana, aguardando sentada en la silla de plástico.
Cuesta extraer el primer paso, con la mesa donde se instauró la Eucaristía (“dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: ‘Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros’”), pero no tendría gracia si fuera fácil. La Santa Cena, el primero que, horas después, los estantes girarían en Belluga, para que lo presenciasen mejor y de frente los ilustres integrantes del palco de honor. La Santa Cena, donde San Juan apoya la cabeza en el hombro de Jesús para recordar que todo pequeño contacto, si es con el ser amado, se convierte en grande.
"¿De primera ya no te queda 'na'?"
A la altura de Sagasta, horas antes, los estantes lo cargan y descansan en apenas segundos de reloj. El respetable aplaude y graba con el móvil. Lo mismo que harían luego las infantas Elena y Cristina: llevarse un recuerdo en el teléfono. “Es el que más pesa”, comenta una señora para sí misma, sin saber que el que más pesa es el Lavatorio que sacaron el Miércoles Santo los ‘coloraos’.
Los estantes de La Santa Cena completan la proeza y reciben más aplausos. A partir de ahí, explosión de entusiasmo y algazara, porque en Murcia (como se demuestra cada año) se puede conmemorar lo que fue tortura y ajusticiamiento con gozo, ante la premisa de que, al tercer día, resucitó.

La talla de San Juan es sacada de su casa para procesionar en Viernes Santo en Murcia este 2026. / Israel Sánchez
En la Plaza de las Flores que citaba el anterior paisano hay, efectivamente , un montón de seres humanos que protagonizan las primeras peleas por las sillas. “Que dicen que no pueden poner más aquí, que este sitio es de otro”, se lamenta una mujer, que busca la empatía de los encargados del cotarro, identificables por ir con chaleco amarillo y acreditación en el cuello. “¿De primera ya no te queda ‘na’?”, cuestiona una septuagenaria a una joven vendedora, que niega con la cabeza. En los suelos hay pegados con celo folios con apellidos compuestos de familias escritos a mano.
Y en Belluga, minutos después, hacía su aparición en el palco la soberana emérita, en compañía de sus hijas. “¡Viva la reina!”, comenzaron a gritarle. “¡Están las infantas al lado!”, descubre un joven, al que su acompañante manda callar porque está grabando un vídeo y “desde aquí se ve perfecto”. “¡Vivan las infantas!”, corea una mujer, con alborozo. “¡Vivan!”, responde la gente.
Doña Sofía y sus hijas se entretuvieron ojeando ‘El Cabildillo’ mientras esperaban que empezase a pasar el desfile. A la izquierda de la abuela de Leonor de Borbón, el obispo de Cartagena, José Manuel Lorca Planes. A la izquierda de este, el alcalde de Murcia, José Ballesta. A la derecha de Cristina de Borbón, la presidenta de la Asamblea, Visitación Martínez. Así se conformaba la primera fila del palco de honor, blindado por un gran despliegue de seguridad.
Nueve y media de la mañana y la primera nube de menudos nazarenos morados entra en Belluga y, cómo no, se va para la reina. Todos quieren dar caramelos a las reales invitadas, para zozobra del equipo de seguridad. “En ese punto, un desastre”, establece un vecino, divertido, tratando de captar la escena trepando por la tribuna de prensa, sin éxito.
Mayordomos estrechan la mano al obispo y aprovechan para estrechársela también a la reina. Diez menos cuarto de la mañana y la soberana ya lleva más caramelos, abanicos, pines y recuerdos que los que caben en un bolso de tamaño medio. Le dieron hasta habas. Conforme los recibe, los deposita abajo, previsiblemente en algún recipiente que ha traído para la ocasión. Le dan pulseras, y una de esas no la guarda: se la pone.
"Mira San Juan, qué guapo, tiene cara de mujer", comenta una señora, haciendo visera con la mano en la frente por el sol
Diez de la mañana y se adivina ya La Santa Cena girando por la calle Arenal, con destino Belluga. Siete minutos después, el sol que ya brilló en la cara de la Dolorosa asoma por el lateral del imafronte colindante con la plaza de los Apóstoles. Cuando el obispo bendice El Prendimiento, a las once menos diez de la mañana, a la emérita y a las infantas ya no les caben las estampas en las manos.
En Viernes Santo se cumplen los deseos. El Cabildo Superior de Cofradías y la Fundación Ambulancia del Deseo se unieron para que dos mujeres, que se encuentran ingresadas en una residencia de Murcia, tuvieran los medios para ver in situ la procesión de los Salzillos. Si había que llevar una cama, se llevaba la cama.

Ana Lucas
Se inunda de incienso la plaza a las doce del mediodía y se abre la Puerta del Perdón del templo catedralicio para que entren primero los penitentes, monaguillos y mayordomos, luego el titular. Momento histórico, aplausos, “esto solo lo vamos a ver una vez en la vida, Marta”, dice un joven con americana y crucificado en la solapa a su acompañante.

Nuestro Padre Jesús Nazareno es introducido en la Catedral de Murcia en el Viernes Santo 2026. / Ayto. Murcia
Tras la procesión, caballitos
Nuestro Padre Jesús entra en el templo al son del himno nacional y alguien grita “viva España”. La realeza y las autoridades se retiran del palco para presenciar la historia en vivo, mientras San Juan, dedo en alto, ya enfila por el lateral del Ayuntamiento. Cuando llega a la altura del palco, la soberana y sus hijas no han vuelto. Tampoco el obispo.
“Mira San Juan, qué guapo, tiene cara de mujer”, afirma una señora, haciendo visera con la mano en la frente, porque el sol ya es demasiado. “Vámonos yendo a la Plaza de las Flores”, decreta el joven que va con ella, “vamos a comernos unos caballitos”.
Alrededor, mientras tanto y todo el rato, el amor. Porque lo que vinieron a presenciar las ilustres espectadoras es básicamente una historia de amor.
“Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor”, dijo la santa y doctora de la Iglesia Teresa de Jesús. Y el Mesías, en el Viernes Santo de Murcia, hace exactamente eso. Presidiendo la mesa de La Cena, ya consciente de que uno de sus amigos fieles no era ni amigo ni fiel, amaba; en Getsemaní, con la angustia que supone la clarividencia y tres de los apóstoles durmiendo a sus pies, amaba. Y más aún: cuando los soldados y los sayones se recreaban en propinarle azotes, amaba; cuando se derrumbó con el madero a cuestas, también amaba. El amor es el leitmotiv de la Pasión, Muerte y Resurrección que se escenifica en madera y pan de oro en el Viernes Santo murciano. El amor triunfa en todo, sentenció San Agustín. Pues eso.
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