Aniversario
175 años del Entierro de la Sardina, la fiesta de Resurrección de quienes querían reírse de la solemnidad
Tal día como hoy, pero de 1851, un grupo de estudiantes tomaba el barrio de San Antolín con un ataúd con un pescado dentro: así nació la Fiesta de Interés Turístico Internacional de Murcia

Un Catafalco ardiendo o el Ave Fénix, que es lo mismo, como saben todos los murcianos. / JUAN CABALLERO
«Acontecía el año 1851 cuando un grupo de estudiantes murcianos, tras el desfile de Carnaval, y ataviados con capuchones negros y utensilios de cocina recorrieron las calles de la ciudad de Murcia portando un féretro a hombros con la Sardina dentro para, finalmente, quemarla. Esta fue la primera aproximación al Entierro actual».
Así se lee en la web de la Agrupación Sardinera de Murcia, en su apartado referente a la historia, qué aconteció hace justo 175 años. Cuál fue el germen del festejo más grande de los que tiene la ciudad, el maravilloso cortejo sardinero que, actualmente, no está compuesto por un grupo de muchachos entretenidos, sino que lo integran miles de murcianos y visitantes (más de un millón en la noche grande), dado que «a quemar la Sardina viene la gente», como dice la canción del añorado José María Galiana.

L. O.
1851, siglo XIX. Año convulso que en España arrancó con la dimisión del general Narváez como presidente del Consejo de Ministros. 1851. Año en el que se publicó ‘Moby Dick’ y se fundó el ‘New York Times’. 1851. Año en el que se puso, en el castizo barrio de San Antolín, la semilla del mayor espectáculo del mundo, si se le pregunta a los dioses del Olimpo. Porque son las deidades las que, sobre carrozas, escoltadas por hombres que portan el mismo fuego que codició Prometeo, son veneradas en tamaña procesión pagana, maravilloso cortejo sardinero, como dice la canción.
Los estudiantes que dieron inicio a este show, hoy un festejo catalogado como de Interés Turístico Internacional, «querían reírse de la solemnidad». Así lo recordaba en octubre la voz en off del vídeo que se proyectó en una pantalla del Moneo durante la presentación de los actos que se preparaban para conmemorar los 175 de vida de la festividad. Reírse de la solemnidad, cambiarla por una fiesta. Porque todo lo malo del mundo empezó con un humano tomándose algo demasiado en serio.

Carroza de Momo en un desfile del Entierro de la Sardina. / Israel Sánchez
«La Sardina no muere, se inmola; aunque se llame Entierro, es en realidad una fiesta de Resurrección», apuntaba la citada grabación, el día en el que se anunció que se avecinaba «una propuesta única que aspira a convertirse en un referente cultural en la historia de Murcia». Esa propuesta, ya materializada, hará desfilar, desde San Antolín a Santo Domingo, a cuatro carruajes, tirados por equinos, a imagen y semejanza de los que salían en el cortejo de 1919. Aunque de momento estamos en 1851.
1851, por aquello de la efeméride, del 175 cumpleaños, aunque la Agrupación Sardinera se permite la licencia de avanzar unos años en el tiempo de cara al desfile histórico-festivo que explotará en las calles del municipo el primer sábado de marzo. Murcia volverá, en concreto, a 1919. Vestuarios, escenografía, carrozas y máscaras de la época destilarán un «reflejo fiel de lo que sucedió de 1910 a 1920», avanzó el presidente de la Agrupación Sardinera, Pablo Ruiz Palacios, en la citada presentación. El pasado viernes, en la exhibición a los pies de la Catedral, se perfiló el año elegido: el 19.
Después de la Gran Guerra
¿Por qué no reproducir lo que pasó en 1851 y sí lo que acontecía en la década que fue de 1910 a 1920, en concreto en el 19? Porque se trató de la etapa en la que el Entierro «evolucionó entre la austeridad y el entusiasmo popular», defendieron los impulsores de la iniciativa. Había terminado la Gran Guerra (aunque entonces no se sabía, habría una segunda) y latían razones para celebrar.
«En 1911, el desfile contó con cuatro carrozas; en 1914, con seis; y entre 1915 y 1918, no se celebró a causa de la guerra que asolaba Europa», recordaron desde la Agrupación Sardinera, cuando se presentó la recreación. «Sin embargo, en 1919, por petición popular, la Sardina volvió a desfilar con carrozas, símbolo del renacimiento festivo de Murcia», añadieron al respecto. En el 1919 renovado que se evocará el sábado serán cuatro los carros que saldrán.

Un momento del Entierro de la Sardina pasando por la Gran Vía de Murcia. / MARCIAL GUILLEN
Enunció Benjamin Franklin que «la alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro». Con esta premisa por bandera se elige que sea el festejo de la primera década del XX el que resucite en las calles de una Murcia en la que ya amaga con explotar la primavera.
«El Entierro pertenece a la gente murciana que lo siente, que lo celebra, es un símbolo de alegría y de unión», subrayó Ruiz Palacios en la ya citada primera presentación en dependencias municipales. Y dado que «la alegría más grande es la inesperada» (Sofocles dixit), la perla del Segura no verá en el presente 2026 un Entierro de la Sardina: verá dos.
Para el primero, el inminente, el inesperado, se han hecho carrozas a imagen y semejanza de las que salieron a principios del siglo XX. Carrozas y máscaras: como adelantó este diario, alumnos de la Escuela de Arte de Murcia se esmeraron en crear unas máscaras como las que había entonces. Unas preciosidades que mimaron, pincel en mano, para revivir faunos y sátiros que dormían el sueño de los justos, pero que tenían un alma latente. El buen hacer de los estudiantes que se están formando en el centro ubicado en la plaza Inocencio Medina Vera, frente a la Comandancia de la Guardia Civil, para ser artistas, insufló vida a caretas ‘olvidadas’ desde hace décadas. Los carruajes están listos. Las ganas están hirviendo.

L.O.
La diseñadora Sita Abellán, Doña Sardina 2026, manifestó, en una entrevista con este periódico en enero, cómo explicaría a alguien que no es de Murcia en qué consiste el Entierro de la Sardina, para que se animase a venir a verlo: «Les diría que es una experiencia que no se puede explicar del todo con palabras. El Entierro de la Sardina es alegría compartida, humor, tradición y desmadre sano. Es una fiesta que se entiende viviéndola en la calle, entre la gente», hizo hincapié.
El empresario Javier Pujante, Gran Pez 2026, aludía, por su parte, a «la parte social de la fiesta, la que no se ve, o se ve muy poco» que supone «el poder ayudar a los demás». «Porque los sardineros siempre han estado ayudando: hacen donaciones, apoyan si hay algún tipo de catástrofe, van a los hospitales, apoyan a niños y a gente con problemas. Esa parte silenciosa me gusta, no solo me gusta la fiesta en sí», apuntó.

Desfile del Entierro de la Sardina de Murcia 2025 / Juan Carlos Caval
Con esta amalgama, de pólvora, bondad, generosidad inefable, una falla que se alza en abril Martínez Tornel (en marzo, lo hará en Santo Domingo, por aquello de lo extraordinario) cual tea o Ave Fénix, como saben todos los murcianos, con este delirio en el que los sentidos se agudizan y «un pito y una espada son un tesoro», caen balones al río Segura cuando las carrozas pasan por el Puente de los Peligros y el sonido de los silbatos no irrita, sino que deleita.
Horas antes, cuando el Tontódromo es un hervidero (eso será el mes que viene, ahora toca en el barrio castizo donde se venera al Santísimo Cristo del Perdón, donde en 1851 empezó todo), destaca la farra sana, sin malos rollos, con manos extendidas y brindis por lo que viene. La consagración de la primavera de Stravinski, en busca de la benevolencia de los dioses.
Y si de dioses hablamos, los hay para todos los gustos. Palas Atenea, la diosa de la Sabiduría. Neptuno, el dios del mar. Plutón, el del Inframundo. Júpiter, el padre (o hermano) de todos ellos. Momo, el dios del sarcasmo y la burla, hijo de la Noche. Nix, que se desparrama por encima del desfile, de las sillas, del Catafalco, de la fantasía, de la felicidad, que reina en todo, porque en el Entierro de la Sardina surge todo a la vez en todas partes, como dice la película. «La alegría, cuanto más se gasta más queda», dijo el poeta y pensador Ralph Waldo Emerson. Pues eso.
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