Universidad de Murcia | Cristina Bernabé Graduada en Educación Social por la UMU
Cristina Bernabé: "Necesitamos contranarrativas feministas que muestren otras formas de ser mujer y otras masculinidades posibles"
Fue reconocida recientemente con el Premio a la Excelencia en materia de Igualdad y/o Violencia de género en la modalidad de TFM

Cristina Bernabé, graduada en Educación Social por la UMU / La Opinión
¿Qué le llevó a cursar los estudios de Educación Social en la Universidad de Murcia?
Entré en la Universidad a los 27 años, tras mucho tiempo en trabajos precarios del ocio nocturno murciano. Siempre tuve la 'espinita' de estudiar, no solo por lo laboral, sino por pura curiosidad y por la necesidad de cambiar, literalmente, 'el abridor por el bolígrafo'. La elección de Educación Social fue algo totalmente vocacional; siempre me he sentido muy cercana a los colectivos minoritarios, sobre todo a aquellos que sufren estigma social. Aunque ya llevaba una lucha en redes sociales quería lidiar esa batalla por la justicia social desde el ámbito académico, que pudiera trascender de debates informales de calle y calar en la educación.
Una vez dentro, fui adquiriendo competencias y se fueron potenciando mis habilidades. Jamás habría imaginado terminar el Grado y el Máster con 40 Matrículas de Honor.
¿Y por qué especializarse en Investigación, evaluación y calidad en la educación?
Elegí el Máster en Investigación, Evaluación y Calidad porque ya tenía claro que quería el doctorado. Tras hablar con su coordinador, José David Cuesta, entendí que era el puente perfecto. Si entrar en Educación Social fue mi mayor acierto, este máster no se quedó atrás: me permitió dominar herramientas que antes me parecían inalcanzables, desde la estadística pura hasta el análisis cualitativo. Tuve la suerte de aprender de un profesorado brillante —como los doctores Izquierdo Rus, Cuesta Sáez de Tejada, Serrano Pastor y Monroy Hernández, entre otros— que me dio una base metodológica y teórica muy sólida. Gracias a eso, hoy no solo afronto la tesis con motivación, sino con la seguridad de sentirme realmente preparada y cualificada para investigar con rigor.
¿Qué se lleva de estos años estudiantiles?
Lo primero, sin duda, es el profesorado, el PDI (personal docente e investigador): han sido referentes intelectuales y ejemplos a seguir. Pero la Universidad es mucho más que el aula; es el personal de administración y servicios (PTGAS), limpieza, conserjería, secretaría, las chicas de la papelería o el equipo de la cantina: desde los camareros hasta las cocineras. Son ellos quienes hacen que la institución funcione y que la facultad se convierta, literalmente, en un hogar. En lo personal, me llevo amistades esenciales, como María, que ya es parte de mi vida. Aunque es cierto que no todo el mundo vive la carrera con la misma intensidad vocacional, rodearme de quienes sí lo hacen ha sido clave para llegar donde estoy.
Recientemente ha sido galardonada con el Premio a la Excelencia en materia de Igualdad y/o Violencia de género en la modalidad de TFM. ¿Cómo recibió este reconocimiento?
Lloré, literalmente. El año anterior gané el accésit con mi TFG sobre la subversión de la palabra 'zorra' (dirigido por el profesor Rabadán Rubio) y me prometí volver a por el premio con el TFM. Pero el proceso fue muy duro: me inmiscuí a fondo en la investigación, poniendo mi propio cuerpo como objeto receptor de ese odio para poder analizarlo. Cuando el tribunal me calificó con un 10 y mi matrícula de honor número 40, no pude contener las lágrimas. Para mí, este premio es el reconocimiento en su sentido más puro: ser distinguida por algo que he construido con mis propias manos y mi propio análisis crítico. Es la validación de un esfuerzo que ha sido tanto académico como personal.
En los últimos años, he observado un crecimiento exponencial de ideologías radicales de extrema derecha que convergen con el sexismo, la xenofobia y la LGTBIfobia en un entramado de odio digital
¿Ante qué necesidad se desarrolla su trabajo 'Mujer de valor: discurso de odio y construcción simbólica de la feminidad en la manosfera española'?
Me defino como una 'chica de redes sociales'. Llevo años identificando la misoginia en espacios como X (Twitter) y, honestamente, el odio ha sido una constante en mi vida personal. Desde pequeña sufrí bullying y estigma por mi físico o por mi discurso feminista y libre. A veces caigo en la trampa de buscar qué 'detonó' el acoso, cuando el único motivo real es la existencia del acosador.
En los últimos años, he observado un crecimiento exponencial de ideologías radicales de extrema derecha que convergen con el sexismo, la xenofobia y la LGTBIfobia en un entramado de odio digital. Al descubrir el concepto de 'manosfera', gracias a un programa de televisión y a lecturas de referentes como Bernárdez Rodal y Franco, decidí investigar este ecosistema de redes masculinizadas. Su objetivo es claro: difundir el antifeminismo y castigar a la mujer que perciben 'sin valor de mercado'. Por ello, mi trabajo analiza cómo se categoriza a las mujeres y qué estrategias se usan para subordinar a las feminidades disidentes.
Pero no es solo un análisis teórico; mi meta es pedagógica. La educación y los medios son los responsables de paliar estos discursos. Mi intención es proporcionar herramientas reales al personal docente para que puedan identificar estos procesos de radicalización a tiempo y prevenir. Para ello, necesitamos una educación feminista transversal donde, de verdad, quepamos todos y todas.
¿Cuáles son los mayores riesgos que conllevan esos discursos de odio y mecanismos de control social a los que se ven sometidas muchas mujeres a día de hoy?
La investigación confirma que los discursos de la manosfera no son insultos aislados, sino mecanismos estructurados de control social. El principal riesgo es que normalizan la deshumanización de la mujer, reduciendo nuestro valor a la sumisión o la estética tradicional, y castigando con violencia simbólica —y a veces directa— a quien se sale de ese molde.
Esto no es solo teoría. Gracias al apoyo del programa Inicia tu Investigación (UMU-Santander), entrevisté a víctimas directas cuyos relatos son desgarradores: miedo, autocensura, desgaste emocional y una vigilancia constante de su propio cuerpo en la red. Para analizarlo, opté por una metodología encarnada: me expuse deliberadamente en foros como Forocoches y Burbuja.info para recibir y analizar esos mensajes de odio. Comprobé que el objetivo no es solo insultar, sino disciplinar y expulsar a las mujeres del espacio público digital. El riesgo final es colectivo: cuando el odio se banaliza, se erosiona la democracia. Al final, el odio que se infiere hacia una mujer pública es una advertencia al resto de mujeres: si te expones de según qué manera recibirás esta disciplina. Por eso es urgente responder con educación crítica y contranarrativas feministas.
El odio que se infiere hacia una mujer pública es una advertencia al resto de mujeres: si te expones de según qué manera recibirás esta disciplina
¿Cómo influye la radicalización, sobre todo en edades tempranas, a la hora de seguir alimentando a la llamada manosfera?
La radicalización en edades tempranas es la gasolina de la manosfera. Estos espacios funcionan como ecosistemas de socialización que captan a chicos jóvenes en momentos de vulnerabilidad emocional, ofreciéndoles respuestas simples a malestares complejos como la frustración afectiva o la pérdida de estatus.
El primer contacto no suele ser un foro de odio, sino contenidos en TikTok o YouTube que parecen inofensivos: vídeos de humor, autoayuda o críticas al feminismo. Es una 'puerta de entrada' que normaliza el victimismo masculino y culpa de todos sus males a las mujeres. A partir de ahí, el algoritmo hace el resto, arrastrándolos hacia comunidades con lenguajes propios: desde los incels (célibes involuntarios) y los Mgtow (hombres que siguen su propio camino), hasta los 'artistas de la seducción' o activistas que culpan al feminismo de problemas que, irónicamente, perpetúa el propio patriarcado.
Este proceso asegura el relevo generacional del odio. Los jóvenes no solo consumen estos discursos, sino que los trasladan a la política, apoyando opciones populistas que hablan el lenguaje del algoritmo. Por eso, el reto no es solo moderar contenidos; es una urgencia educativa. Necesitamos alfabetización digital y referentes de masculinidad alternativos, o la manosfera seguirá encontrando terreno fértil para crecer.
¿Qué estrategias de resistencia feminista se pueden poner en marcha en pro de la igualdad?
Frente al avance de la manosfera y el auge reaccionario, la resistencia feminista no puede ser solo reactiva; debe ser estructural, educativa y colectiva. No basta con denunciar el odio: hay que disputar los marcos culturales que lo sostienen.
La primera clave es la educación crítica. La alfabetización mediática permite a los jóvenes identificar bulos y entender cómo los algoritmos crean burbujas ideológicas. Pero esto no es solo tarea del aula; implica formar a familias y profesionales. En paralelo, necesitamos contranarrativas feministas: relatos que muestren otras formas de ser mujer y otras masculinidades posibles, sin recurrir al miedo ni a la deshumanización. También es imprescindible el acompañamiento a las víctimas. Debemos crear redes de apoyo y protocolos contra la violencia digital que rompan la lógica del silencio que el acoso pretende imponer. Y, por supuesto, esto requiere un compromiso político: marcos legales que reconozcan la violencia digital como violencia de género y que exijan responsabilidad a las plataformas.
Quiero detenerme en algo esencial: el feminismo es tan beneficioso para las mujeres como para los hombres. Debemos explicar a los chavales que liberarse de la masculinidad hegemónica también los libera a ellos. Esa presión por tener un valor basado solo en la productividad económica, en la fuerza o en la nula exposición emocional es una cárcel. Cuando los jóvenes me hablan de sus problemas, la raíz suele coincidir con los roles de género que el propio patriarcado les impone. La igualdad no se defiende solo reaccionando al odio, sino construyendo alternativas, ofreciendo también espacios seguros para ellos sin que nadie se sienta excluido.
Cuando los jóvenes me hablan de sus problemas, la raíz suele coincidir con los roles de género que el propio patriarcado les impone
¿En qué proyecto se encuentra actualmente inmersa, y qué objetivos tiene a corto y medio plazo?
Actualmente he iniciado mi doctorado gracias a un contrato predoctoral de la Fundación Séneca (Agencia de Ciencia y Tecnología de la Región de Murcia) y la Universidad de Murcia. Esto me permite dedicarme a tiempo completo a lo que me fascina: investigar y leer. Además, colaboro con el equipo del proyecto 'Manosfera' de la Universidad Complutense de Madrid, un grupo formado por personas brillantes a las que antes citaba en mis trabajos y con las que ahora tengo el orgullo de trabajar.
Mi hoja de ruta la marco mes a mes junto a mi director de tesis, Andrés Escarbajal Frutos, quien es mi brújula y mi refugio frente al odio en este camino. A largo plazo, mi plan es 'cambiar el mundo' —como le digo a Andrés entre risas—, pero por ahora mi meta es devolverle a la Facultad de Educación todo lo que me ha dado. Me gustaría llevar esta perspectiva de educación feminista y crítica a la docencia universitaria para formar a futuros educadores y educadoras. Estoy cumpliendo un sueño sin olvidar que la Educación Social es mi motor: esa herramienta que lucha por la justicia social y busca soluciones para una convivencia pacífica y democrática.
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