«Si no llega a ser por ellos, mi madre ahora estaría muerta», tiene claro Esther Nicolás. Se refiere a los dos hombres (uno de ellos, su inquilino; el otro, un vecino del edificio) que ayudaron a su madre, a su hijo de 10 años y a ella misma a salir del inmueble en llamas, el viernes en el Infante.

«Estamos bien. En mi casa se metió mucho humo, porque tuve la brillante idea de abrir las ventanas, y aún estamos quitando hollín de la ropa de la cama», comenta Esther, que atiende a LA OPINIÓN horas después del susto. Seis personas llegaron a pasar por el hospital por el fuego. Ya han sido todas dadas de alta.

El suceso tenía lugar en un cuarto piso de un bloque de la calle Santa Joaquína de Vedruna. Era la casa de doña Josefina, la señora de 85 años de edad que también inhaló humo en el incendio, aunque ya recibió el alta y está, de momento, en casa de una de sus hijas. «La casa de mi madre está calcinada», apunta Esther Nicolás, a lo que añade que «se ve que mi madre metió la faldilla de la mesa camilla en la lámpara de infrarrojos. La lámpara no ardió, pero la faldilla sí».

Se refiere la mujer al origen del incendio, del que la avisó un vecino. Cuando ella subió a casa de su madre, rápidamente, «vi en llamas la mesa camilla y a mi madre detrás». En su silla de ruedas, incapaz de echar a correr.

«Yo busqué algo para tapar la mesa camilla, para apagar el fuego», rememora Esther, que admite haberse quedado paralizada, «colapsada», ante el fuego.

Ahí actuaron sus dos héroes: Salva y Pablo. «Creo que Salva sacó a mi madre, Pablo a mi hijo y luego vino a por mí», manifiesta la mujer, agradecida a sus salvadores. «Salva es el hijo de un vecino que me ayuda con mi madre, el del quinto», apostilla.

Salva es Salvador Riquelme, un joven de 25 años que, cuando empezó el incendio, estaba preparándose para el concierto que iba a dar con su grupo, los WAW.

El chico estaba ayer, un día después del suceso, «todavía en shock». «Estaba en mi casa, a punto de irme porque tenía el concierto de rock con la banda», señala. Cuando le avisaron del fuego, «salí corriendo».

«Me esperaba algo mucho más leve», reconoce el joven. «Me da cosa todavía recordarlo», dice. Cuando entró en la casa en la que se había originado el fuego, «la señora estaba sentada en su silla de ruedas. Y su sobrino, que la estaba cuidando, también se había quedado bloqueado», cuenta. «Estaba rodeada de llamas», indica el chico, que no se lo pensó: «Me la eché a los hombros y fuera», hace hincapié.

Instante después, y con doña Josefina ya a salvo, el chico regresó a la vivienda siniestrada. Lo hizo extintor en mano, para «intentar apagar» un fuego que era más poderoso de lo podía esperarse. «Aunque fuera para ganar un poquito de tiempo», especifica. En un momento dado, «vi el techo caer», relata, «y empecé a ponerme en lo peor».

Fue entonces cuando Salva regresó a su casa, en la planta quinta del edificio, en busca de su familia. «Cogí a mi madre y a mi perro», precisa. Y a la calle. Pasaron unos «minutos de preocupación» hasta que tuvo la certeza de que «estaban todos bien». «El mayor agobio fue ver que no se podía respirar», apostilla ahora. Salva reconoce que vivir aquello «fue una pesadilla», y ahora apuesta por «celebrar el renacer».

Y se quedó sin concierto, aunque «los miembros de mi banda fueron muy cariñosos, me llevaron hasta la ambulancia para que me chequearan», afirma.

Y luego está Pablo Velo, un joven de 32 años, funcionario en su Uruguay natal, que cogió un año de excedencia y lleva desde junio en España, donde llegó en busca de sus raíces. «Mi bisabuelo era gallego», comenta, a lo que agrega que fue a Galicia y allí conoció a sus parientes y «le mandé fotos a mi papá» hasta de la casa familiar. Apunta que intentó conseguir «la documentación española», amparándose en sus orígenes, pero que «fui a Extranjería a consultar y me dijeron que, como todo extranjero que está de forma irregular, hasta los tres años no puedes pedir la residencia».

El viernes, a Pablo le pilló el suceso cuando iba a pagar el alquiler a su casera, Esther. «Estábamos hablando cuando los vecinos avisaron del incendio y salimos todos corriendo», asevera.

Con la ayuda del citado Salva, se pusieron en marcha. «Sacamos a la señora en silla de ruedas y la bajamos por las escaleras», recuerda, a lo que añade que «luego fui a por el hijo de Esther», al que encontró «llorando». «Lo cogí, lo bajé, le dije que se fuera con su abuela», manifiesta el joven.

«Fue todo muy rápido, fue un instante», relata Pablo, que, a la pregunta de si se considera un héroe, contesta que no. «Considero que estaba en el lugar y en el momento y actué como cualquier persona razonable que va a ayudar», dice el urugayo. Salvadores y salvados se reunían ayer, tras el susto, sonrientes.