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15 años después

El día en que la tierra tembló

La combinación de poca profundidad y una magnitud moderada provocó daños por valor de 1.200 millones de euros

Iglesia de Santiago en pleno centro del casco antiguo.

Iglesia de Santiago en pleno centro del casco antiguo. / La Opinión / María José Ruiz Reverte

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María Brunswick

Era una tarde más. Nada hacía presagiar lo que estaba por llegar. La ciudad vivía una primavera, un mes de mayo, con temperaturas cálidas que invitaban a echarse a la calle y llenar las terrazas de las plazas del centro de la ciudad. Los escolares del Colegio Madre de Dios, de las Madres Mercedarias, entre la calle Cava y Zapatería, en el corazón del casco antiguo, aún no habían abandonado sus clases cuando la tierra tembló.

Pasaban cinco minutos de las cinco de la tarde, cuando un seísmo de 4.5 grados en la escala Ritcher, zarandeó Lorca. «En ese momento en el colegio había unos 600 niños que evacuamos de inmediato hacia la Plaza de España, el lugar abierto más amplio y cercano. Allí, los sentamos en el suelo mientras comenzaban a llegar los padres. Alguno con zapatos distintos en sus pies por las prisas del momento. Cuando todos los niños habían sido recogidos, ayudamos a las monjas mayores a abandonar el convento, y fue cuando llegó el segundo terremoto. Madre Chiqui y yo, vimos cómo el edificio se tambaleó con un movimiento de zigzag que helaba la sangre», recuerda la directora del centro, Madre Lola.

A pocos metros, la iglesia de Santiago, en cuyo atrio jugaban los niños a la espera de que se iniciaran los ensayos de Primera Comunión. El seísmo premonitorio lo fue también para su párroco, el ya fallecido Eduardo Sánchez Carrasco, que advertía al sacristán de que los mandara a casa después de comprobar algunos desperfectos en el templo. Su mayor preocupación era encontrar a alguien que pudiera arreglarlos para que todo estuviese en perfectas condiciones para las comuniones del sábado y domingo. El segundo terremoto dejó la cúpula de Santiago del revés. Desde el interior del templo se veía el cielo, y lo que había quedado en pie del retablo del altar mayor, coronado por una gigantesca Cruz de Santiago, una imagen que se convirtió en un icono del terremoto.

Iglesia de Santiago en pleno centro del casco antiguo.

Iglesia de Santiago en pleno centro del casco antiguo. / La Opinión / María José Ruiz Reverte

El temblor, una combinación de poca profundidad y una magnitud moderada, provocaba 9 muertos y 324 heridos. El movimiento sísmico, de 5.1 de magnitud, duró 4,5 eternos segundos que se dejaron sentir en lugares tan distantes como Madrid, y que dañaron el 80 por ciento del parque de viviendas del casco urbano, de las pedanías periféricas y los monumentos, por valor de unos 1.200 millones de euros. Y continuó la evacuación que se había iniciado mucho antes tras el primer terremoto. «Bajaba por la calle Santiago cuando oí una especie de explosión. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada, sólo una bola gigantesca de polvo que cubría la iglesia de Santiago y que cada vez se hacía mayor hasta envolvernos. La gente corría, las madres llevaban a sus hijos en brazos y se hizo el silencio. Un silencio aterrador, mientras deambulábamos sin saber qué hacer», rememora quince años después del terremoto Antonio García.

Las calles estaban cubiertas de escombros que impedían el paso de los vehículos. «Parecía un escenario de guerra como los que se ven en los informativos de televisión. Y comenzaron a escucharse las sirenas. Ambulancias, camiones de bomberos, de Protección Civil, de Policía… que nos pedían que abandonásemos la ciudad y que nos fuéramos a lugares a cielo abierto, al Recinto Ferial del Huerto de la Rueda. No tenía las llaves del coche, aunque la puerta de nuestro garaje estaba bloqueada por los escombros. No llevaba dinero, sólo el móvil al que le quedaba la batería justa para intentar hablar con mi hija, universitaria en Murcia, mientras buscaba a mi mujer que poco después del primer terremoto había acudido a casa de su madre para ayudarla a abandonar el edificio», relata Salvador Pérez.

Santuario Patronal de la Virgen de las Huertas.

Santuario Patronal de la Virgen de las Huertas. / La Opinión / María José Ruiz Reverte

La tarde cayó, y con ella el cielo se oscureció y la ciudad se quedó en silencio, vacía, ocupada únicamente por los servicios de emergencias que recorrían cada casa, cada bloque de viviendas, desalojando a los que aún no las habían abandonado. Mientras, la Autovía del Mediterráneo era una cola interminable de vehículos de emergencias. Ambulancias que esperaban entrar en Lorca para trasladar a los enfermos del Hospital General Universitario Rafael Méndez y del Hospital Virgen del Alcázar, a centros hospitalarios de poblaciones y provincias limítrofes. Como también eran enviados a otras residencias los mayores de Domingo Sastre, Caser y San Diego.

Los bebés no tenían chupetes, ni pañales, biberones, papillas… Los mayores habían dejado olvidada su medicación en sus casas. Y el frío, atípico en esos días, se hizo presente. Se abrieron farmacias, supermercados… llegaron mantas, bocadillos, agua y fruta al Recinto Ferial del Huerto de la Rueda, a donde se trasladó el mando del operativo de rescate y emergencias que tras el primer terremoto y durante el segundo estaba reunido en el Ayuntamiento.

Santuario Patronal de la Virgen de las Huertas.

Santuario Patronal de la Virgen de las Huertas. / La Opinión / María José Ruiz Reverte

No hubo descanso. Esa misma noche se puso en marcha el operativo para recuperar la ciudad. Una ciudad que registró en las semanas posteriores más de un centenar de réplicas. Se derribaron casi 1.800 viviendas. El barrio de La Viña, la ‘Zona cero’ del terremoto, fue el más afectado, mientras el de San Fernando sucumbía al seísmo y tenían que ser demolidas sus 232 viviendas, 9 bloques y 15 escaleras, que volvió a reconstruirse por empeño de sus vecinos que ya habían sufrido las consecuencias de la ‘Riada del 73’. «No tenía que estar a esa hora en mi casa. Había quedado con mi primo para ir a coger naranjas, pero algo me hizo que esperara a que se acercara más la hora. Y de repente todo comenzó a moverse. Tiraba de mi mujer, Misericordia, mientras intentábamos abandonar nuestra vivienda. Caían las lámparas, y los armarios se movían, mientras todo lo que había en su interior parecía lanzado al exterior. Pensé que era el final», rememora Fernando Roldán, presidente de los vecinos del barrio de San Fernando.

Una ‘legión’ de arquitectos y aparejadores ‘tomaron’ la ciudad. Los equipos técnicos revisaban una a una las viviendas, mientras las fachadas se llenaban de cruces de colores que indicaban el estado en que se encontraban. De inmediato, comenzó la reconstrucción. Se eligió un monumento representativo, la Torre del Espolón, y en sólo unos días se anunciaba el inicio de las obras de rehabilitación. La solidaridad llegó desde todos los rincones del planeta. Cientos de voluntarios ayudaban en tareas de limpieza, de apuntalamiento de edificios… y los lorquinos comenzaron a volver a sus casas, mientras se proyectaba la reconstrucción de 64 bloques de pisos, de un centenar de casas unifamiliares y de todo el patrimonio cultural de la ciudad. Mientras, los lorquinos pedían que el foco informativo continuara en Lorca hasta lograr la reconstrucción, que nadie se olvidara de la ciudad. Los medios de comunicación lloraban con los lorquinos cada demolición, pero también reían y se abrazaban con cada reconstrucción. Recuerdan lo que sucedió como homenaje a los que ya no están, a los que se sigue esperando, pero que jamás regresarán. «No recuerdo cuántas fotos hice aquel día, aquellos días. Supongo que cientos, miles, que aún no he ordenado. Difícil, porque quince años después, se me hace todavía un nudo en la garganta y las lágrimas llenan mis ojos cuando veo esas imágenes», señala la fotoperiodista María José Ruiz Reverte, cuyas fotos de entonces ilustran estas páginas.

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