Semana Santa Lorca
Cristo reina en Lorca a través de la devoción a las distintas advocaciones

El Smo. Cristo del Perdón, con un sobrecogedor sufrimiento en el rostro y el madero al hombro. / Elisabet Soto
Romana y Nazarena. Estas son las palabras que mejor definen la procesión que se vivía en la tarde de ayer en Lorca, una ciudad rendida por completo a los pies de los diferentes Cristos, cada uno bajo una advocación diferente- que los pasos hacían desfilar ante los ojos de once mil almas en vilo.
Y es que el desfile de anoche, presidido por la Cofradía del Smo. Cristo del Perdón, Paso Morado, fue todo un ejemplo del saber hacer acumulado durante años, siglos por las cofradías lorquinas. Cerrando la procesión, el Nazareno con la cruz a cuestas recorría la ciudad al caer la tarde. Abandonando su templo y cumpliendo la predicción profética simbolizada en el cordón que desciende desde su cuello para ajustar la túnica a la cintura: ‘Como cordero llevado al matadero, no abrió la boca’, el ‘Perdón’ sobrecogía a propios y extraños.
Pero antes, Roma, Babilonia, Egipto e Israel volvían a desplegar todo su esplendor. Primero los azules devolvían a la vida a personajes como Julio César, Moisés o Tiberio César; poniendo además en escena sobre la arena siete sigas -carros tirados por seis caballos- que ‘volaron’ por la carrera del tirón, así como una muestra de los elementos egipcios más representativos de su cortejo. Cerraba la procesión el trono del Misterio de la Coronación de Nuestro Señor Jesucristo que, incorporado en 2001, está considerado como una de las obras cumbres en cuanto a imaginería se refiere de toda la Semana Santa de Lorca.

El Jueves Santo de Lorca, en imágenes / Elisabet Soto
En este caso, cabe recordar que durante el presente año se ha conmemorado profusamente el 25ª aniversario de la llegada de Navarro Arteaga a la Hermandad de Labradores en particular y a Lorca en general.
Seguidamente, los blancos hacían lo propio, haciendo desfilar 10 cuádrigas -carros tirados por cuatro caballos- en un primer grupo de 6 enganches, y luego en otro de cuatro. Octavio, Teodosio y la Reina de Saba relataban así parte de la historia del cristianismo. Por último, desfilaban la Oración en el Huerto, a ruedas, y el Cristo del Rescate, a hombros. Acompañado por La Legión, como marca la tradición, el paso del Rescate sosegó los ánimos de los miles de espectadores que abarrotaban las tribunas para recibir entre aplausos a los morados.
El Desfile Bíblico-Pasional de Jueves Santo era considerado hasta hace unos años una especie de ensayo del Viernes Santo. Sin embargo, el cortejo ha ganado un carácter propio en los últimos años, convirtiéndose en una procesión más con reclamos destacados que solo pueden verse este día y que la hacen competir de igual a igual, y no ser solo el preámbulo de lo que está por llegar.
Por su parte los morados ponían en escena casi todo su patrimonio. Primero la Santa Cena; y luego el Cristo de la Misericordia -que el año pasado conmemora el cuarto de siglo de su primera bajada penitencial- y el grupo del Calvario, con el Cristo recién restaurado, servían de introducción al Smo. Cristo del Perdón. Mostrando un sufrimiento sobrecogedor, con el madero al hombro, cerraba la procesión morada.
Y es que, en esta representación, Jesús se muestra en su camino de dolor hasta su muerte en la cruz. Su cabeza está ligeramente girada hacia el lado opuesto a la cruz y luce una amplia cabellera que acentúa el naturalismo sobre la que aparece una cruz de espinas como símbolo de tribulación, sufrimiento y pecado. Viste la misma túnica que los mayordomos del Paso Morado. Una tonalidad, la morada, que alude al sufrimiento y penitencia. Lo seguía la Santísima Virgen de la Piedad, que ponía el punto final al cortejo por la avenida Juan Carlos I.
El Silencio volvió a sobrecoger al Barrio
Tras el paso por la avenida, los lorquinos acudían en masa al popular barrio de San Cristóbal para acompañar a los encarnados en su procesión. El ‘Silencio’ volvía a ser una de las citas más populares debido a su marcado carácter castrense, roto únicamente por el lamento de las trompetas y el estruendo de los tambores. A la medianoche, con el inicio del Viernes Santo, el Cristo de la Sangre salía a la calle, convirtiéndose en el protagonista indiscutible de la madrugada lorquina una vez más.
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