Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Semana Santa

Egipto e Israel se disputan la Carrera en un Domingo de Ramos espléndido en Lorca

La ciudad viajaba en el tiempo 2.000 años para rememorar los pasajes más relevantes de la historia del cristianismo de la mano de azules y blancos

Daniel Navarro

Daniel Navarro

Con la mirada puesta en el cielo y los nervios a flor de piel, este Domingo de Ramos la ciudad de Lorca volvía a revivir uno de los pasajes más emocionantes de la historia de la salvación a través del triunfo del cristianismo sobre las demás religiones. Y es que, a pesar del frío y el intenso viento que a lo largo de toda la jornada se dejaban sentir en Lorca, finalmente la Ciudad del Sol volvía a brillar en todo su esplendor de la mano de sus cofradías.

Así, como en un gran catecismo viviente, Jesús entraba al caer la noche en una Lorca que retrocedía en el tiempo, triunfal como lo hizo aquel otro domingo hace dos mil años. Las palmas de cientos, miles de hebreos se entrecruzaban mostrándole el camino y las ramas de olivo eran movidas enérgicamente a su paso por los seguidores de hoy, continuadores de los de ayer, que expresaban su fervor religioso con vítores y alabanzas.

La multitud se reunía en torno al ‘Señor’ lorquino que, como Él, se adentraba en la ciudad en un borrico, después de haber descendido el Monte de los Olivos. Los evangelistas relataban en sus escritos que las multitudes ponían ropas en el suelo para darle la bienvenida, mientras que anoche se alfombraba, representada a través de la arena de la Carrera, su llegada con ramas de olivo.

El Paso Blanco ponía en escena este Domingo de Ramos su procesión más multitudinaria, que protagonizaba también San Juan Evangelista. El patrón de los blancos cerraba su cortejo, portado a hombros en un trono decorado con más de 4.000 flores y estrellas de filigranas que realizaban en los últimos días mayordomos blancos y costaleros del San Juan. La carroza del Anticristo, los cuatro jinetes del Apocalipsis, una representación del poder de Roma, y la Reina de Saba complementaban el amplio cortejo.

El explendor de Egipto

Por su parte, el Paso Azul –que desfilaba en primer lugar– ponía en escena, como no podía ser de otra manera, a la antítesis del pueblo hebreo: la civilización egipcia. Durante unos minutos, el colorido, el dinamismo y la espectacularidad del antiguo país de los faraones regresaba a la vida en una avenida Juan Carlos I que pasaba a ser el desierto de las tierras cercanas al Nilo.

El Grupo del Faraón, de gran vistosidad, los ‘maromeros’ que tiraban de la carroza de la reina Meiamen, Moisés y Ramsés II, éste último en su Barca Solar Sagrada, integraban el cortejo azul en el que no faltó uno de los emblemas de la cofradía, los etíopes, que hicieron toda clase de destrezas sin montura para asombro de unos palcos enfervorecidos a su paso.

La profetisa Débora y el grupo de las 7 bigas del ‘Triunfo de José’ levantaron el graderío mientras desfilaban, realizando los carros de éste último complejos movimientos que asombraban a los espectadores, y ponían de manifiesto la gran destreza de sus aurigas, para culminar con el inigualable estandarte de San Juan y la agrupación musical Mater Dolorosa, con su recién estrenado banderín.

El cortejo de Domingo de Ramos también contaba con la participación de morados y encarnados. Así, los primeros desfilaban con el estandarte del Santísimo Cristo del Perdón, los Mayordomos, la Centuria del Gólgota, su Agrupación Musical Romana, el Estandarte de la Virgen de la Piedad, la Bandera de Gala y los mayordomos; y los segundos aportaban el entrañable grupo infantil, el estandarte de la Expiración, el Tercio de nazarenos ‘de diario’, la Agrupación Musical Juvenil de la Sma. Virgen de la Soledad, la Bandera, el Grupo Guardia Pretoriana, la Banda Romana, y sus mayordomos y nazarenos de cierre.

Seguidamente, y como colofón, el desfile lo cerraba la titular de la Hermandad de la Curia, la Virgen de la Soledad, que presidía la procesión al igual que lo hizo el sábado por el Casco Histórico procesionando, esta vez, sobre su espléndido trono de ruedas.

Tracking Pixel Contents