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Fiestas de Ricote 2026

Unas vivencias sobre Ricote

La comarca alta del río Segura, con sus paisajes y aldeas, evoca la presencia de la Orden militar de Santiago, que tuvo encomiendas en la zona desde el siglo XIII

Acuarela del Palacio Álvaros Castellanos.

Acuarela del Palacio Álvaros Castellanos. / Fulgencio Saura Mira

Fulgencio Saura Mira

Volver al Valle de Ricote, Al-Ricotí, es siempre un goce amén de una fuente de inspiración para el alma, lugar paradisíaco donde la montaña sirve de defensa y custodia de los pueblos que se recogen en sus faldones desde Ojós, sumido en su trazo morisco, a los de Abarán, una Ulea entrañable o Villanueva del Segura, arrimados en sus huertos que conforman un mosaico de fértil huerta iluminada por el sol levantino, que deja rasgos de color tan variados como recónditos son sus caseríos menudos que retienen el sabor de su pasado histórico, y donde sus estrechas calles nos llevan a una plaza recoleta donde se eleva su iglesia, donde antes se encontraba una mezquita. Pueblos acomodados al aliento de un pasado medieval de carácter morisco impregnado de azalás y sentimientos místicos sufistas que impregnan esa cultura de Al—Andalus insuflada por filósofos de la categoría de Al-Ricotí o Ibn Sabín Al- Mursi, referencia necesaria para intuir la marca del hombre que en el siglo XIII convive con esos mensajes que tanto agradaba al monarca Sabio, en ese tránsito donde Murcia era una taifa que daba sentido a una cultura a través de la madrasa que deja huella en el valle.

Acuarela Gorda. |  | FULGENCIO SAURA MIRA

Acuarela Gorda. / FULGENCIO SAURA MIRA

Hablar de ello llevaría a otras argumentaciones ya estudiadas por María Luisa Arvide en torno a las ‘cuestiones sicilianas’ del filósofo citado Al–Mursi, respondiendo a preguntas inaccesibles del ser humano. Y es que el valle resume por si mismo unas acotaciones espirituales que asimila su paisaje y lo eleva a un éxtasis arcaico de misterio y hondura oriental. Puede en todo caso argüirse lo que se quiera, lucir la pluma con los encantos históricos de sus parajes o edificios singulares que recuerdan un pasado santiaguista y familias de origen morisco, cabe todo ello; como dar protagonismo al viejo río Segura, Tader, el Wadi, un río evocado por el poeta Al-Qartayanni en su Casida Maqsura, un río que fluye con fuerza y se repliega a su paso por el cañón alusivo que lo encajona, evitando como dice Al-Bakari que la potencia de sus aguas aneguen las tierras murcianas. Un río que convive con un contorno de huerta fértil semejante al Nilo, cuyas aguas se amainan en el Azud de Ojós dejando estrechuras que amplifican los huertos de paraíso. Y bien que quien escribe conoce la hechura de este río, que nos une como se ha dicho y deja espacios recónditos visuales para el que se siente pintor y poeta, que ello daría para un ensayo sobre lo poético del valle.

Pues desde una esquina del inmenso paisaje arrecia la huerta con sus palmeras como azalás que elevan oraciones que se mezclan entre las montañas que amarillean y ponen notas bermellón en sus laderas, se extienden sus crestas laminares con sinuosos repliegues en la del Salitre que custodia Ricote, dejando signos de su historia en las ruinas lamentables del castillo Al-Sujayrat con su vieja Torre del Homenaje, que nos evoca a una célebre batalla contra el almohade cuya vida va sucumbiendo lentamente hasta dejar sus últimas piedras al son de los últimos rayos del sol, que junto a otros restos de signo andalusí fundamenta la riqueza patrimonial del valle.

Otras sierras preconizan la variedad geológica en sinuosas efigies que van delineando, como en acuarela, zonas y macizos que acogen los pueblos con pequeñas iglesias a las que se llega por una estructura de calles moriscas identificadas a veces por un blasón de linaje santiaguista. Y bien que se declaran a la vista del Macizo del Cajal recortando su silueta parda sobre la altura de los caseríos de Ulea y Villanueva del Segura, y se esparcen Los Almeces con su mueca de gigante que nos hace soñar con valles y elevados riscos, toda una biota tan rica como variada que admira a investigadores y senderistas, una vez que superada la Casa Forestal se llega a la Calera y se van abriendo espacios que llevan la mirada hacia alejadas sierras azorinianas del inmenso valle cuya orografía inunda de azules, grises y verdes el paisaje contemplado dando rienda a la imaginación. Sillares rancios que insinúan vertiginosas laderas, ocultos senderos que llevan a alturas insospechadas y abren ventanales infinitos que se van añadiendo a la mirada del artista amante de las alturas.

Acuarela de la Noria Grande de Abarán. |  | FULGENCIO SAURA MIRA

Acuarela de la Noria Grande de Abarán. / FULGENCIO SAURA MIRA

No es posible inmiscuirse por la comarca alta del río Segura sin sorprenderse de la riqueza y hermosura del paisaje que deja trazos colosales en los pueblos albaceteños donde suena el río Mundo y se recogen aldeas de entrañable recuerdo, espacios cinéfilos que nos hablan de la antigua montaña, de avanzadas cristianas frente al árabe y un bandolerismo romántico. Ello atizado por la presencia de las encomiendas de la Orden militar de Santiago, siendo la de Segura de la Sierra confirmada por el sabio monarca a favor de Pelayo Pérez en el año 1243.

Y es que el contacto con los pueblos del morisco valle, de bellísima catadura, no se entiende sin alinearlo con dicha orden militar y su talante. Hablar de Ricote cervantino es referirse a su encomienda, la casa palacio del Comendador en calle cercana al Palacete Llamas, que nos invita a considerar la relación entre el Comendador y los vecinos, las tensiones por pagos como sin duda había en el tiempo de la presencia de Fernán Romero, Luis Manrique de singular factura o Rodríguez Llopis. Que Ricote es rico en blasones sobre los renacentistas pórticos de familias linajudas que aparecen de pronto al caminar por un callejón como la de Francisco Javaloyas, los Hoyos y Álvarez-Castellanos que son referencia para comprender la vieja crónica del pueblo morisco.

Este escritor pintor no puede dejar de mostrar, como en otras ocasiones, su admiración por este valle de deliciosas vistas que custodian sus arracimados pueblos que, como viñetas arabescas, provocan en la mirada del poeta sensaciones de belleza oriental que pudiera describir el mismo Proust, con sus huertos como los de Ojós (Oxos) que fuera villa en el siglo XVI. Y es que hundirse en el pueblo morisco es contener el aliento y pensar en la tragedia que supuso en el siglo XVII el destierro de aquellos agricultores moriscos por decreto de Felipe III, de lo que tanto se ha escrito. Caminar por las calles de Ricote es fundirse en su vieja historia, experimentar sensaciones de un romanticismo encumbrado en los pueblos del Valle por los que suelo acudir muy de vez en cuando.

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