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Fiestas de Ricote 2026

Tres Coines

La rutina del estanco, las charlas en la plaza y los encuentros en el pueblo tejieron una red de recuerdos con Sebastián, Trinidad y Greñas el Coín, personajes que personifican la esencia de un tiempo pasado

Trinidad Sánchez Bermejo (’Trinidad el Coín’) haciendo labores artesanas con esparto vivo y picado, en las que era todo un maestro.

Trinidad Sánchez Bermejo (’Trinidad el Coín’) haciendo labores artesanas con esparto vivo y picado, en las que era todo un maestro. / L. O.

Jesús Cánovas Gómez

Cuando Sebastián el Coín cruzaba la puerta del estanco, el aire cambiaba. Yo, subido en una caja para poder ver más allá del mostrador, lo veía llegar con esa mirada suya: una mezcla de sonrisa escondida, muy escondida y gesto severo, como si al mirarte te perdonara la vida sin que tú se lo pidieras.

Antes de que dijera palabra alguna con su cigarro pegado al labio, yo ya tenía preparado su paquete de Celtas largos sobre el cristal del mostrador, porque sus costumbres eran precisas o dilatadas como las de un viejo reloj. Entonces él soltaba, sin la menor arruga de humor:

— Dame un naranja —porque así llamaba al celtas largos y cogiendo el paquete me preguntaba— ¿Has visto a Paco?

Yo respondía, inocente:

— ¿Qué Paco?

Y él remataba, seco como una puerta cerrándose:

— El que te metió el taco.

Así, no recuerdo cuantas veces, dejándome cada vez más desconcertado. Hasta que un día mi abuelo Antonio, el estanquero, con su sonrisa y sabiduría, despeinándome la cabeza con su mano, me dio la clave:

— Cuando te vuelva con lo de Paco, tú dile: Paco…, te voy a dar yo a ti Paco.

La siguiente vez estaba preparado y obedecí. Sebastián hizo su pregunta y escuchó mi respuesta, dejó el dinero, cogió el paquete de tabaco de encima del mostrador y se marchó sin una sílaba, como quien siente que el duelo ha terminado.

Y es que cuando Sebastián el Coín preguntaba por Paco, a mí la cabeza se me llenaba alegremente de Pacos: Paco el Sordo, Paco Pestaña, Paco del Horno, Paco el Correo, Paco el Caballista, Paco Portillo, Paco Ranas, Paco de la Fortuosa, Paco de la Eloina, Paco de Cesáreo, Paco Alejo, Paco de la Fuensanta, Paco el Zocato, Paco de la Carretera, el Pacorrín… menudo montón de pacos, una geografía querida y conocida de pacos. Todos ellos, pacos, de carne y hueso que nada tenían que ver con aquel Paco imaginario que se escondía detrás de la broma reseca de Sebastián el Coín.

Tres Coines

Jesús Sánchez Bermejo (’el Greñas’). / L. O.

Luego lo veía pasar con el carro recogiendo la basura del pueblo y me dolía ver un carro que tendría que ir lleno de limones, lleno de desperdicios.

Con Trinidad el Coín el tiempo se detenía. No era conversar: era girar en círculo como quien pasea por la plaza al atardecer sin prisa, sin destino, sin antes ni después. ¡La plaza es mía, la plaza es mía! Podíamos estar media hora —o más— hablando de lo mismo, sin avanzar ni retroceder, viviendo el presente con la pureza de los que no conocen la urgencia.

Él levantaba la mano como un santo en una estampa, el dedo índice tembloroso señalando al cielo, y antes de cada frase dejaba caer un «¡chissst!» que parecía abrir las puertas del cielo. Lo que abría eran las puertas de su pequeño y gran mundo:

— ¡Chissst! Estudia, ¡eh!

— ¡Chissst! ¿Tienes novia ya?

— ¡Chissst! Ayer vi a tu padre, me dio una botella de vino.

— ¡Chissst! ¿Ha vendido tu padre los limones?

— ¡Chissst! ¿Has visto al Pepico de Robustiano?

Yo apenas respondía; no había espacio. Su propio “¡chissst!” cortaba o endulzaba la conversación antes de que naciera, además, para qué necesitaba mi contestación, si él ya sabía las respuestas.

Cuando me armaba de valor y le decía:

— Trini, me voy, que tengo que estudiar, —él me agarraba del brazo con suavidad y me retenía unos minutos más.

Cuando le decía:

—Trini, me voy, que tengo que ver a la novia. —Otra vez su mano, otro rato.

Y si intentaba escaparme con:

—Trini, me voy que he quedado con el Pepico. —Lo mismo, su mano, su gesto, su instante eterno.

Era un presente continuo, un reloj parado y sin prisas. Teníamos tres lugares fijos para encontrarnos, como si fuera imposible vernos en otra parte del pueblo: bajo el algarrobo en la puerta de mi casa, en la casa de mi abuelo el estanco y en la plaza de San Pedro en la taberna de Pepe Robustiano.

Allí, siempre, él hablaba más que yo. Allí, siempre, el mundo, agradablemente, se detenía.

1. Sebastián Sánchez Bermejo (’Sebastián el Coín’) con su capacico terrero al hombro . 2. Trinidad Sánchez Bermejo (’Trinidad el Coín’) haciendo labores artesanas con esparto vivo y picado, en las que era todo un maestro. 3. Jesús Sánchez Bermejo (’el Greñas’). |  | L. O.

Sebastián Sánchez Bermejo (’Sebastián el Coín’) con su capacico terrero al hombro. / L. O.

La última vez que vi al Trini iba en el coche con mi padre. Paramos frente a su casa: él estaba sentado en la puerta, como siempre al final, como si su presencia fuera eterna, más que el paisaje del pueblo. Mi padre bajó la ventanilla para saludarlo y, entonces el Trini, sin levantarse, le lanzó su petición eterna, medio broma, medio costumbre:

—A ver cuándo me traes otra botella de vino.

Mi padre solía llevarle, de vez en cuando, una botella de Coca-Cola de dos litros llena de vino de Ricote, vino de hablar despacio.

Y mi padre le respondió:

—Si te traje una la semana pasada… ¿ya se te ha acabado?

El Trini sonrió con esa guasa tan suya, esa picardía envejecida al sol, y contestó:

— ¡Chissst! — Señalando al cielo con el dedo— Si en vez de llenarla de vino la llenaras de coñac… me duraría mucho más.

Y se quedó allí, sentado, tan dueño de su trocito de mundo como siempre, haciendo que el tiempo se estirara un poco más, antes y después de que el coche arrancara.

Con el Greñas el Coín, amigo de mi abuelo Jesús Pistones, la relación tenía algo de arcano. Un algo del Melquiades de Cien años de soledad. Yo lo miraba como quien se asoma a un pozo profundo: sabía que allí dentro había sabiduría antigua, pero no alcanzaba a ver el fondo ni a comprender del todo lo que guardaba.

Su vínculo con mi abuelo parecía hecho de secretos de hombres mayores: viajes a Murcia en el coche de línea, gestiones misteriosas, compras que para mí eran objetos sin nombre, asuntos que se me escapaban como el humo del brasero.

Conmigo usaba dos nombres, como si cargara dos versiones de mí: si nos encontrábamos en el estanco o cerca de él, me saludaba con un afecto antiguo: «¡Estanquerico!», como si fuera una estaca desgajada de mi abuelo Antonio. Pero si el encuentro era en cualquier otro rincón del pueblo, su voz cambiaba, y me llamaba «¡Pistones!», como si en ese instante yo heredara el peso y la historia de mi abuelo Jesús.

Además, más tarde fue el padre del mejor portero que había tenido el Atlético Montañés, y eso lo envolvía con un halo de imposibilidad, como si llevara en los hombros montado a horcajadas a su hijo Pepe.

Y ahora lo peor, me refiero a contar esto a todo el mundo sobre Sebastián el Coín, Trinidad el Coín y el Greñas el Coín, es que se me hace presente que los echo de menos.

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