Fiestas de Ricote 2026
«Har dicho el teléfono, hijo»
Dedicado a Concha Escamilla, in memoriam

Mis compañeros residentes de Cirugía, Jesús ‘Farinas’ a mi lado y unos amigos del campo de Ricote. Abajo a la izquierda, nuestra compañera Concha Escamilla. / La Opinión
Amando Moreno Gallego
Eran tiempos felices para nosotros. Un grupo de compañeros y amigos, médicos residentes del Servicio de Cirugía del Hospital Virgen de La Arrixaca, en nuestros años de formación como cirujanos. Compartimos trabajo, angustias, alegrías, ilusiones, fiestas y viajes, y fruto de esta buena convivencia surgió la idea por mi parte de organizar una excursión al campo de Ricote, a casa de Jesús ‘Farinas’, con quien yo convivía en la época de la caza de la perdiz. Quise compartir con mis compañeros el sabor y la esencia de este paraíso que yo tanto disfrutaba cuando se abría la temporada.
La primera ‘jornada ricoteña’ tuvo lugar en casa de su hermana Virtudes. Jesús nos recibió con su habitual hospitalidad, con la mesa puesta, aderezada con las humildes y exquisitas viandas y dándole vueltas a las gachasmigas, que ya se estaban terminando en la sartén. Nos acompañaban algunos amigos del ‘Farinas’, entre ellos un personaje tan simpático como Trini ‘el Coín’, con esa risa interminable que emitía con los ojos entornados, su boina y su pleita.
Corría el vino y las risas, todo amenizado por las chanzas de mi querido Jesús y del Trini. Mis compañeros estaban gratamente sorprendidos por la experiencia de compartir una sartén de esa comida de labradores, ubicada encima de una mesa como un trofeo, ‘cuchará y p’atrás’, la botella de vino casero con el ‘canute’ circulando de mano en mano y, de vez en cuando, a calentar las posaderas en la lumbre.
De pronto, nuestro compañero mayor, un señorito de Castellón, le preguntó a Jesús por el teléfono. ¡El teléfono! Jesús me miró y nos hicimos un gesto de complicidad, señalando al Trini ‘el Coín’, que estaba de espaldas en un rincón del almacén, recargando artillería. «Cuando ese señor termine de usarlo, te toca». Y detrás de ‘el Coín’ quedó un buen rato el bueno de Rogelio esperando su turno. Cuando aquél se vuelve, le dice «¿Har dicho el teléfono, hijo? Estamos en el campo, no tenemos luz y como no vayas a la Casa de los Álvarez Castellanos...» (risas). Se oyeron las carcajadas hasta en Mahoma. No recuerdo cómo se tomó la broma nuestro compañero, pero supongo que el vino y el buen ambiente ayudaron.
Estas ‘jornadas ricoteñas’ se repitieron hasta en cinco ocasiones, cada vez más concurridas, porque acudíamos todos menos los que estaban haciendo guardia. Luego cada uno ya siguió su camino. Nos hicimos mayores y continuamos nuestra andadura en los diferentes hospitales de la región, incluso en otras regiones de España. Pero recordamos con mucho cariño aquellos momentos, y cuando nos encontramos, evocamos estos ratos tan entrañables en el campo de Ricote con nuestro amigo Jesús, del que todos me hablaban cuando el tema salía a cuento.
Hoy escribo estas líneas con un sentimiento agridulce en mi corazón. Siento añoranza y alegría al evocar estos preciosos momentos, pero una gran tristeza al mismo tiempo, porque el mismo día que estoy dando forma a este puñado de pensamientos nos ha dejado en Valencia, como el rayo, nuestra compañera y amiga Concha Escamilla. Era la que más disfrutaba del grupo, y Jesús siempre me preguntaba por ella, por ‘la morenica’. Incluso mi tío Amando, a quien visitamos en su casa de Cajitán uno de esos días, quedó prendado de su simpatía, y siempre me decía: «¿Amandico, cuándo va a venir la Escamilla?».
Estas líneas te las dedico a ti, Concha, y a los que ya no estáis.
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