Fiestas de Ricote 2026
Encuentro de la familia Gómez-Guillamón en Ricote
La familia, descendiente de moriscos, viajó en 2025 a la localidad para honrar la memoria de su abuelo Félix y redescubrir sus raíces familiares en el valle

Alberto Guillamón recibe a la familia Gómez-Guillamón. / L. O.
Félix Gómez-Guillamón Werner / Marisa Gómez-Guillamón Arrabal
En septiembre de 2025 nos embarcamos algunos miembros de la familia Guillamón de Málaga en una singular expedición que incluía varios coches, tren, avión y moto, en busca de la tierra de nuestros ancestros, concretamente de la familia de nuestro abuelo, el gran ‘Papá Félix’, fallecido hace casi cincuenta años.
Desde hace algunos años, la familia solíamos reunirnos en casa de uno de los primos de Málaga en una fiesta memorable (Guillamonadas). Uno de los mayores, nuestro tío Félix, había sugerido antes de su fallecimiento que alguna vez tendríamos que ir a Ricote de ‘Guillamonada’. Y por fin, este año 2025, lo llevamos a cabo. Algunos de nosotros habíamos estado ya en Ricote, Espinardo y la Bermeja, como nuestra Tía Tere, la actual decana de la familia Gómez-Guillamón, y otros habían ido recientemente. Nuestro contacto era el entrañable Alberto Guillamón Salcedo, de los ‘Chifarras’ de Ricote, cuyo padre era primo hermano de nuestro abuelo Félix. Tres de los primos lo habían conocido el año anterior en una de sus excursiones otoñales. Nos hablaron de la gran acogida que tuvieron por parte de Alberto y presionaron fuerte para que este año hiciéramos en Ricote la famosa ‘Guillamonada’. Alberto se puso en contacto con nosotros y con su ayuda empezamos a planear el viaje.
Nos llevó algún tiempo preparar la expedición a Ricote; al final fuimos doce miembros como representantes de los Gómez-Guillamón, más de 30 personas no pudieron viajar con nosotros por distintas causas. Los preparativos del viaje estuvieron llenos de emoción, preguntando y oyendo relatos y anécdotas de algunos familiares, sobrinos de ‘Papá Félix’, que habían estado incluso viviendo en el valle alguna temporada. Y, por supuesto, durante el viaje en coche nos contábamos lo que habíamos descubierto a través de ellos o lo que conocíamos de antemano por haberlo escuchado a nuestros mayores.
Cuando entramos en el Valle de Ricote, nos dimos cuenta de la singularidad y belleza del paisaje. El valle, por donde discurre el río Segura, está lleno de huertos, cítricos, ciruelos, albaricoques, melocotones y viñedos, y hay pequeños pueblos hasta llegar al fondo del Valle, donde se alza Ricote como atalaya inexpugnable. Antes de llegar a nuestro punto de encuentro con nuestro primo Alberto paramos para ver los sistemas de riego y las norias, vestigios moriscos que convirtieron ya desde entonces este paisaje árido en un auténtico vergel. Parece increíble que las técnicas de aprovechamiento del agua y organización de los cultivos de entonces aún se pongan en práctica. Nos maravillamos con la naturaleza desbordante de todo el valle y de la belleza del pueblo de Ricote, del que tanto hablaba nuestro abuelo, quien aseguraba que los Guillamones éramos descendientes de moriscos. Pese a que el pueblo presenta ya algunos estragos de la edad, aún conserva ese especial y agradable sabor morisco en sus calles.

Cementerio de Ricote. / L. O.
El momento más especial fue, sin duda, el reencuentro con el primo Alberto. Nos esperaba junto a su mujer dentro del restaurante ‘El Sordo’, donde habíamos reservado para comer. Desde el principio nos recordó a nuestro abuelo, no solo por su fisonomía, sino por su forma de ser, su afabilidad, su increíble memoria, intacta a pesar de los años, sus ocurrencias, espontaneidad y calidez. Después de los abrazos y las presentaciones sentimos la cercanía de una persona que valora la familia por encima de todo. Pese a que para algunos era la primera vez que lo veíamos, nos sentíamos como si nos conociéramos de toda la vida, como una gran familia unida.
Durante la comida en el restaurante ‘El Sordo’ pudimos disfrutar junto a Alberto y su mujer Carmen de las delicias culinarias del pueblo, y del vino Monastrell que nos sirvieron, procedente éste del antiguo viñedo de otro pariente ricoteño ya difunto, Pepe Avilés.
Alberto es un gran amante de Ricote y ha sido un magnífico guía. Gracias a él pudimos conocer con mucho detalle toda la historia del pueblo, de sus calles, de sus monumentos, de su iglesia y de muchas otras cosas. Su desbordante conversación nos deleitó durante toda la jornada.
Nos paramos junto al olivar centenario, ‘la Olivera Gorda’, testigo de muchas leyendas locales y de la historia transcurrida desde que fue plantado, hace más de un millar de años, y frente a este olivar los restos de lo que fue en su día un castillo árabe. También visitamos el viejo cementerio, al que le vendría bien una pequeña reforma, donde descansan nuestros ancestros ricoteños, algunos de ellos trasladados desde otras localizaciones a Ricote por expreso deseo de nuestro abuelo. Después, y como otro signo de su hospitalidad, el primo Alberto nos esperaba en su casa donde nos contó nuevas historias y anécdotas, nos enseñó fotos, escritos y artículos de periódico, todo relacionado con Ricote y la familia. Visitamos la parroquia de San Sebastián y, aunque no pudimos ver la imagen porque la estaban restaurando, nos sentimos acogidos en ese silencioso espacio. Admiramos un San José, original de Salzillo, y el órgano barroco. Llenos de paz y tranquilidad salimos de nuevo por las callejuelas del pueblo.
Quiero pensar que nuestro abuelo Félix, estuviera donde estuviera, nos contemplaba con alegría y orgullo y celebraba muchísimo este encuentro que fortalecía nuestra identidad familiar. Cuando nos despedimos prometimos volver y sentimos que algo en nuestro interior había cambiado. Recordaremos siempre este encuentro en Ricote, que nos ha hecho sentir que somos una gran familia.
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