El pasado verano, nada más transcurrir las Fiestas de San Agustín, tan importantes para los niños de mi época, me pregunta mi sobrina Carmen Mari, «Chache, ¿has leído lo que viene en el Programa de Festejos, de Ojós, sobre nuestra prima Caridad de Espinardo?». « ¡Pues no…!». A tal fin, y para satisfacer mi curiosidad, recurro de inmediato a los buenos oficios de dos aborígenes. Concretamente a Isidro, de Bodega El Campanario y a D. Choto, que diría el sacerdote Juan Alfonso Breis Abellán (Antonio Avilés Moreno). Pero, en vista de que no acudieron a mi llamada, con la presteza que yo me exijo, para estos requerimientos, y polvorilla que es uno, apelo de nuevo a mi parienta querida que, al instante, ipso facto, me proporciona la información demandada, y con creces. Y precisamente, el artículo de marras, mira por donde, lo firma, nada menos, que mi entrañable amigo, Luis Lisón Hernández, cronista oficial de Alguazas y de Ojós, en cuya toma de posesión como tal, (de la localidad vecina), participé, leyendo el panegírico correspondiente o el Laudatio. En un acto brillantísimo, llevado a cabo en el centro cultural ‘Tomás López de Pobeda’.

Concretamente el día 26 de mayo de 2006, que me había pedido, por favor, y al que no pude rehuir, por múltiples motivos, más que obvios. Entre otros muchos, por haber colaborado con nosotros, de forma ininterrumpida, desde el año 1988 al 2022, que se dice pronto, en los Especiales de las Fiestas, de nuestra Villa. Recopilados luego en sendos libros, titulados: ‘Ricote y la Niña Bonita’ y ‘Ricote, un paraíso al pie de los Almeces’. Y otro en ciernes: ‘Ricote y el cantar de los pájaros’.

Bueno, pues en el artículo al que aludíamos (magnífico como todos los suyos, muy ameno y documentado, a cuya lectura se invita por esta vía) denominado: ‘Fray Gerónimo Moreno Salinas, benemérito hijo de Ojós’, efectivamente, se hace mención, de que la prima hermana de mi padre,(Celestino), Caridad Palazón Guillamón y su marido, Francisco Navarro Conesa, intervinieron como padrinos, en su ordenación sacerdotal, el 22 de diciembre de 1928, en acto solemne, celebrado en Santa Catalina del Monte.

Parentesco que le viene a mi padre, por ser ambos hijos de dos hermanos: Encarnación y Trinidad Guillamón Moreno, completándose el ‘cuarteto’, con Filomena y Vinelia Celestina. Madres, respectivamente, (tómese nota) de José María y Antonio, Abenza Guillamón, por una parte, y por otra, de Luis, Félix (’el General’, que juntó sus dos apellidos, Gómez-Guillamón, para que no se perdiese el de su madre, de estirpe más reconocida, como tendremos que hacer, necesariamente, ‘los Salcedos’, si no queremos que se extinga, al ser muchas las mujeres solteras, o casados sin descendencia…) Antonio, Rafael, María Teresa, Paloma y María Luisa, siete hijos en total.

Pero, para no dejar las cosas aquí, y darle juego al personal, le entrego el testigo a Jesús Palazón Espinosa ‘el Sherif’, el mayor de la saga, también pariente, no muy lejano, como después veremos, ya con 79 años, pero lúcido al cien por cien y con más sabiduría local que los ratones colorados. Que, ya en su terreno, para hacer boca, me indica: «Juan Antonio Palazón Bermejo, se casó en primeras nupcias, con María Moreno Candel, que tuvo dos hijos: Miguel Palazón Moreno, mi abuelo, y otro que era médico, que murió muy joven ( ). Mi abuelo Miguel -prosigue- se casó con Timotea Moreno Moreno, de Ojós, de la que tuvo dos hijos: mi padre Jesús y mi tía María Palazón Moreno (abuela materna, de mi admirada amiga, la arquitecta Rufina Campuzano Banegas, con la que compartí ratos inolvidables, prestando nuestros servicios profesionales en el Servicio Regional de Patrimonio Histórico, como funcionarios de la Comunidad Autónoma). Casada en Archena con Andrés Banegas Palazón (’Andresico el pequeño’), que tuvo cuatro hijos: Rufina, -esposa de José Antonio Campuzano López, el maestro más íntegro que he conocido en mi vida- María Jesús, Miguel y Andrés, médico y coronel del Ejército». Íntimo amigo de mi hermano Celestino, de una educación exquisita y uno de los seres más adorables y elegantes del ancho mundo. Y por lo que respecta a Miguel, antes que se me olvide, que me dio clase de inglés, formando parte del colegio ‘Andrés Manjón’, dirigido por su cuñado José Antonio, cursando estudios, de cuarto y quinto de bachillerato. Y en cuyos exámenes, por libre, en el Instituto Alfonso X el Sabio, de Murcia, me pusieron un 10, en inglés, la máxima nota alcanzada en mis respectivas carreras, por no decir la única. Examinándome, no lo olvidaré nunca, D. Eulogio Marín Perellón, profesor interino del centro (con el que más tarde sería compañero de Claustro en la Escuela de Maestría de Murcia, hoy Instituto Cervantes) y cuyo titular de la cátedra era, un señor vasco, altísimo, llamado D. Dictinio del Castillo Elejabeítia.

Por cierto, que nos daba clase (a Miguel me refiero, para no perdernos) a primera hora de la mañana, en su propia casa, y casi siempre cantando. Y, para esa hora, dado un tic compulsivo que le afligía, ya se había arrancado a estirones media frente de pelos, de su abundante cabellera; que entonces lucía tupé… Y, que luego, lo que son las cosas, moriría de repente en una calle de Madrid, atendido por nuestro paisano, José María Abenza Rojo, que levantó el cadáver. A la sazón, director del Instituto Anatómico Forense, alertado por Miguel Garrido Avilés, íntimo aliado de la familia, ‘Miguel de la Carrichosa’ o “el Practicante”, y siempre al quite, para cualquier acción solidaria.

Y, por si faltaba algo, retomando el hilo argumental, aún nos agrega, nuestro buen amigo, el hijo de Jesús de Miguel (’el Quijote’), que Juan Antonio Palazón Bermejo, su bisabuelo, se casó, de segundas, con la tía Encarnación (Guillamón Moreno, que lo que abunda no daña) con la que tuvo dos hijas, de constitución física y caracteres, totalmente opuestos, Justa y Caridad. Soltera la primera y casada sin hijos la última, con el ya referido, Francisco Navarro Conesa (’Paco Navarro’). Exportador de pimentón, cuya marca registrada más sonada fue ‘el Pregonero’ (pimiento extra, fino y dulce) en cuyo bote, de forma cuadrangular y vistosos colores, lucía el siguiente texto: «Mi pimentón está fabricado con los peores pimientos, pero probarlos es aceptarlos para siempre»·(Un oximerón, diríamos ahora, en toda regla)

Como era muy llamativo, igualmente, que una fuera alta y fuerte (por no decir obesa) y la otra pequeña y delgadica. Dueña de la ‘Olivera Gorda’, otra vez la paradoja, siendo ella tan fina…

Aunque tampoco andaría muy lejos, en este colectivo de prestaciones mutuas, tanto en la fábrica, como colaborador muy cercano, así como de vigilante y administrador de la Huerta de Ricote («el ojo del amo engorda el caballo») la persona de su mayor confianza, el polifacético Fernando Gómez Vidal. Que unía con la familia, en todas sus vertientes, amén de sus lazos más entrañables, una alta cualificación profesional, para el menester que ejercía; como lo acredita el hecho de ser apoderado del Banco de Comercio, en una de su sucursales de Murcia, sita en la plaza de Santa Catalina. Y tan encantador y emblemático, que te seducía con su trato peculiarísimo.

Bueno, pues el tal comerciante, (Paco Conesa) avispado y astuto como pocos, fuera el titular del motor que regentara ‘Pascualico’, ubicado en el paraje del Cercado o el Limonero, según se mire. Así como de la finca anexa, entre otras, repartidas por toda la Huerta. Que más tarde, tras su enajenación o venta al ‘General’, explotaría, en su nombre, su valido, o persona de su mayor fiabilidad, José Avilés Gómez (’Pepe de Eloy’) con igual éxito. Y, en la actualidad, por las carambolas que da la vida, siendo ya propiedad éste, (casado muy tardíamente y luego viudo, durante mucho tiempo) cayó en manos de Ángel López Molina, más conocido popularmente, como ‘Ángel de la Bienvenida’, cuyos destinos gobierna hoy uno de sus herederos (su hijo José Ángel, creo recordar).

Al que he tenido la oportunidad, felizmente, de conocer más de cerca a través de nuestras charlas nocturnas, en el Huerto de Celestino y las Pastoras. Siempre acompañado de su incondicional esposa, Antonia Torrano Campos, su mejor aliada, la entrañable ‘Antoñina del Curro’, que ha contribuido y muy mucho, a incrementar su patrimonio o fondo familiar común, con su ímprobo trabajo, sacrificado y silencioso, casi heroico. Por cuyo motivo, humildemente, extiendo a sus pies, mi particular alfombra admirativa y le brindo mi más rendida pleitesía. Siempre juntos o escoltados, como no, de mi Portillica, José María ‘el Porra’ y su mujer María Esperanza (mi gran descubrimiento personal de este verano) y de la que estoy admirado. De la que hablaremos otro día, largo y tendido. Ya que hoy no toca.

Y esto es todo. A lo que hemos llegado, Dios mío, con una simple anécdota de nada, pero de tanto rédito informativo. Demostrándose, una vez más, que no hay dos sin tres… ¡Hasta siempre!