La madrugada ha sido larga. El intenso calor ha provocado que a más de una cabra se le adelante el parto y ya son diez los cabritos que han nacido este verano. “La ‘comadrona’ suele ser mi padre, pero también a mí en alguna ocasión me ha tocado ayudar en el parto cuando hay alguna dificultad”. El concejal de Festejos y Sanidad y Consumo, José Ángel Ponce, está de vacaciones en Morata, en la casa familiar. Bueno, de vacaciones a medias, porque sus idas y venidas a Lorca no han cesado. “Estamos en la recta final de los preparativos de la Feria y Fiestas de septiembre. Unas celebraciones diferentes, porque este año no habrá restricciones de ningún tipo frente a la pandemia, como ocurría el pasado año. Los lorquinos están muy ilusionados y se espera la llegada de muchos visitantes de poblaciones limítrofes”.

En Morata está la casa familiar. “Una vivienda muy humilde que antes fue de mis abuelos y donde mis padres tienen su ‘retiro espiritual’ tras su jubilación”. Allí no es José Ángel Ponce, ni el concejal de Festejos, Sanidad y Consumo. “Soy el ‘Guisao chico o ‘el nieto del Guisao’. Las cosas de los pueblos”, reía divertido. La historia viene de lejos y surge de una apuesta de su abuelo. “Se jugó con otro que era capaz de comerse una olla de ‘guisao’ entera y se puso manos a la obra. Y ganó la apuesta. No sé cómo estaría los siguientes días, pero él dijo que se la comía, y se la comió. Desde entonces, somos los ‘guisaos’. Mi padre es el hijo del ‘Guisao’ y yo soy el nieto”, contaba.

En el paraje de Las Madroñeras, entre trigales y almendros, está la casa familiar. El paisaje es una tierra llana y árida con una intensa luz que confiere una gran variedad de ocres. Y a lo lejos la Sierra de Almenara cubierta por un bosque espeso de pinos y especies autóctonas. Cuando está en Morata madruga, aunque no tanto como su padre que se levanta a las cinco de la mañana. A esa hora, el cabeza de familia está bregando en la cocina preparando café antes de su partida. “Lleva a pastar al rebaño de cabras. Algún día, cuando ha estado ocupado en quehaceres me he tenido que echar al monte con las cabras, aunque mi padre no se deja ayudar mucho. Es muy celoso de sus cosas”.

No es una tarea fácil, admitía, “porque las cabras no me hacen mucho caso. No había forma de llevarlas por donde yo quería. El verdadero pastor es mi padre que a base de silbidos las domina como nadie. Y con ayuda de su perro que se sabe ya perfectamente el camino”. Ahora, en verano, el ganado se recoge pronto. Pero en Morata es un no parar. “Hay que enseñar a los recién nacidos a amamantarse de sus madres. Una tarea que también lleva su tiempo”.

Su madre también se buscó trabajo en el retiro de Morata. Gallinas y pavos danzan libres siendo la envidia del vecindario. Y en un pequeño huerto, verduras de temporada. No faltan tomates, pimientos, pepinos, berenjenas, calabacines, melones… de los que da cumplida cuenta José Ángel no solo en la mesa estos días. “Cuando vengo a casa los fines de semana me voy cargado, pero también cuando mis padres bajan a Lorca me dejan frutas, verduras y huevos. Es un huerto de autoabastecimiento”, señalaba.

Le gusta disfrutar de la familia. Pasar tiempo con su padre y su madre, su hermana y sus sobrinos. Estos días también comparte ratos con sus primos con los que no hace tanto tiempo correteaba por estos montes. “Parece que fue ayer cuando nos juntábamos en la placeta a tomar helados”. Las fiestas de Morata son por San Juan. “De pequeño las disfrutaba como nadie. Nos juntábamos todos los primos. Me daban 500 pesetas, que me parecía un dineral, y me compraba una Coca Cola y un lomo y muchos petardos que tirábamos en el atrio de la iglesia”, recordaba.

Los vecinos son muy “prudentes”, argumentaba, y no suelen acudir a él para hacerle peticiones. “No quieren molestar. Saben que vengo a descansar, a desconectar… Cuando tienen algún problemilla a quiénes se lo dicen es a mis padres. Por la calle me paran para saludarme. Aquí tengo grandes amistades que no quiero perder. Entre ellos, mis primos, con los que sigo juntándome para recordar alguna que otra travesura de niños”.

Estos días son ahora de descanso, pero hasta no hace mucho eran de intenso trabajo. “Había que recoger la almendra. Con lo que me sacaba era con lo que me pagaba los libros del colegio, el instituto… Cuando no me llegaba, mis padres me ayudaban. Ahora seguimos recogiendo almendra, pero ya no la vendemos. La destinamos a los dulces de Navidad que hace mi madre que están buenísimos”.

Y aunque los pavos lucen la mar de hermosos, parece que este año tampoco terminarán siendo el plato principal de la Navidad. “No están gordos. Están rollizos. Pero mi madre les coge tanto cariño que al final no forman parte del menú navideño. Se han convertido más bien en animales de compañía. Vamos, que estos no terminarán tampoco en el horno”, contaba divertido.

Este año no hará ningún viaje, aunque en los anteriores únicamente hizo una escapada para hacer el camino de Santiago. “Lo hice solo. Me apetecía emprender esa aventura sin nadie. Un poco en la línea de disfrutar de unos días de soledad y la verdad es que me encantó”. No viajará ahora, aunque quizás “si la feria va bien” disfrute de unos días. “Sobre todo para reponer fuerzas, porque estar pendiente de todo es agotador. Tenemos mucha ilusión en que sea una feria espectacular, porque se lo merecen los lorquinos y los visitantes, después de estos años tan duros”.

Y mientras llega la Feria y Fiestas de septiembre, la ‘Feria Chica’… las celebraciones se multiplican estos días en todos los rincones del municipio. “Prácticamente todas las pedanías han celebrado sus fiestas. Incluso parajes donde desde hace muchos años no se llevaban a cabo. No recuerdo a cuantas fiestas he acudido en estas últimas semanas”. Estas celebraciones, relataba, han estado repletas de emociones y sentimientos. “Había muchos vecinos que por la situación de pandemia no habían podido regresar desde los países a los que tuvieron un día que emigrar y este año lo han hecho. Han sido momentos de reencuentro, de disfrute… Los mayores lo han pasado muy bien al poder volver a reunirse con familia y amigos que no veían desde hacía varios años”.

En Morata continuará estos días. Dándose un remojón de cuando en cuando “en mi pequeña piscina de plástico azul, que para mí es la mejor del mundo”. Y para hacer unos largos “tengo a menos de diez minutos las playas de Calnegre. ¡Qué más se puede pedir!”, se despedía.