Un bañista sale del portal de su casa. Tropieza con la puerta de entrada y a punto está de caérsele una de las cuatro sillas plegables que lleva en un brazo. Y la sombrilla, colgada del hombro, se ha dejado caer. Masculla algo mientras intenta hacer el menor ruido posible, pero se ha quedado únicamente en un intento. En ese momento un vecino llega con pan recién hecho y el bañista suspira al ver la ayuda en camino. Cruza la calle y se adentra en la playa. ¡Vaya!, hoy tampoco será el primero en plantar la sombrilla junto a la orilla. Se ha adelantado el vecino del tercero. Ese, que parece que no duerme ni de noche, ni de día y que ha vuelto a quitarle el lugar por el que lleva suspirando todo el verano.

Y en la cafetería cercana comienzan a montar la terraza. Desde su interior el aroma a café va surcando el ambiente hasta llegar hasta lo más alto de los pisos que tienen sus ventanas y puertas abiertas después de una intensa noche de calor. El reloj del móvil marca las nueve cuando Marina vuelve a dar una vuelta en su cama y ese aroma a café recién hecho le hace soñar con su habitual desayuno en la terraza. “Soy de la generación millennial. Me gusta desayunar en el balcón leyendo el periódico en el móvil y repasando Instagram. Y viendo cómo se pone en marcha la gente en la Colonia”.

Marina Munuera Manzanares es la directora general de Movilidad y Litoral. Acaba de llegar a Águilas en lo que será un veraneo casi por fascículos. “Iré y vendré de un lado para otro. Estos días estuve en Lorca en un asunto de Movilidad y al día siguiente en el puerto pesquero de Águilas. Aprovecho mi estancia aquí para llevar a cabo reuniones y visitas, aunque no dejo de lado ni la toalla, ni la orilla de mi playa de la Colonia”.

Y así es, literalmente, porque su mayor placer es hacerse con la primera fila de la playa. “No planto la hamaca dentro del agua porque no se puede”, reía divertida. Pero hace trampas, porque es su abuelo el que habitualmente madruga para ‘plantar’ la sombrilla y las hamacas en lugar privilegiado. “Mis abuelos son de los primeros que bajan cada día”. Mujer de recursos, cuando no logra situarse en la línea de salida se ‘adosa’ al primer vecino que encuentra. “Me pongo a charlar con alguno y termino diciendo: ‘bueno, que me pongo aquí con vosotros’ y ya tengo primera fila. No lo puedo evitar. Siempre en la primera fila de la playa de la Colonia”, relataba con buen humor.

Tanto esfuerzo para nada, porque Marina se enfunda su sombrero, sus gafas… y con pinta de agente secreto se dedica a pasear de arriba abajo por la orilla de la playa durante horas. A mediodía, cuando aprieta el hambre, regresa a casa a dar buena cuenta de un “arroz con pollo o con pavo. En la comida soy muy lorquina”, aunque está un tanto disgustada con su madre porque por aquello de querer alagar a su yerno –al que no le atraen demasiado los platos de arroz- éstos han desaparecido casi del menú.

Ahora, en la vuelta a casa a mediodía es puntual, aunque no hace tanto tiempo era casi una Odisea hacerla regresar. “Mi madre se asomaba por el balcón, en plan película de Almodóvar, y gritaba: ‘Marina, la comida está lista’. Se enteraba todo el vecindario menos yo, que muchas veces me hacía la loca y seguía de charla con mi pandilla del verano. Cuando se cansaba de gritar por el balcón, colgaba una toalla. Ese era el último aviso. Y había que regresar sí o sí”, recordaba.

Es habitual verla en bicicleta por Águilas, aunque difícilmente reconocible con ese afán de pasar desapercibida. “Me pongo las gafas de sol y el casco y me voy al puerto pesquero. Algún pescador me descubre mientras voy viendo cosas que están mal, que se pueden mejorar… incluso hago fotos que luego paso a mi equipo. Es una especie de deformación profesional que sufro. El año pasado estuve en Ibiza y me pasé la mayor parte del tiempo recorriendo puertos. Lo mío, no es muy normal”.

Aprendió a nadar en el Complejo Deportivo Felipe VI y desde entonces hace largos recorridos hasta las boyas. Su padre le acompañaba cuando apenas tenía ocho o nueve años con el apoyo de una tabla. No es de leer mucho. “Soy ingeniera de caminos. Me gustan la ciencia, los números… Y una forofa de la música”. Se pone sus cascos y sus zapatillas y echa a andar por el paseo como si no hubiera un mañana. ‘Despechá’ de Rosalía o ‘Tacones rojos’, de Sebastián Yatra, suenan a toda pastilla mientras recorre el paseo desde el puerto pesquero hasta el de Juan Montiel.

Hasta los diez años recorrió el mundo entero en una caravana. “Mis padres me echaban en el asiento de atrás y mientras dormía viajábamos, durante meses enteros, por Suiza, Italia, Francia, Portugal… Luego compraron el piso de Águilas y aquí recuerdo mi adolescencia con mis amigos del verano, yendo al pantalán del puerto a ver pasar el tiempo”.

Se acuesta pronto y se levanta también relativamente temprano, a pesar de estar de veraneo. No cocina. “Para qué si tengo la mejor cocinera del mundo, mi madre”. Mientras le recuerda que a la que tiene que mimar es a ella, y que le sigue volviendo loca el arroz. Se frota las manos rememorando lo que está por llegar en septiembre. “Iré a las fiestas de la Virgen de las Huertas y la Feria de Lorca, cómo no, y a las de Puerto Lumbreras”. Y es que, sus abuelos son de la zona de la Virgen de las Huertas y los otros, de El Esparragal.

Del terremoto aún se acuerda. “Estaba preparando el examen de selectividad cuando la tierra comenzó a temblar”. Su casa está enclavada en el corazón de la ‘Zona cero’ del terremoto, en el barrio de La Viña. “Durante muchos meses vivimos con mis abuelos en el campo y cuando comenzó el buen tiempo en la casa de la playa. Tuve que ir a clase a un instituto de Águilas”.

En la reconstrucción participó a través de un programa europeo de empleo. “Trabajábamos para el Ayuntamiento. Éramos un grupo de arquitectos e ingenieros que supervisaban las obras que se estaban ejecutando en la ciudad”. Se despide, pero con un "hasta pronto", porque que es una habitual de todos los “saraos lorquinos”.