Nunca olvidó la calle Álamo. Siempre la tenía como referencia cuando hablaba de la ciudad. Los recuerdos de sus vivencias en ese lugar venían una y otra vez con mayor frecuencia en sus últimos años. Recordaba personajes, pero también circunstancias y hasta era capaz de hacer un pormenorizado detalle de cada una de las casas y de sus ocupantes.

Pero quería más y un día decidió que todo aquello que guardaba en su memoria, recuerdos de su infancia y adolescencia, en la calle donde había transcurrido casi toda su vida debía formar parte de una obra que fuera “compendio de mi memoria viva”, como aseguraba en la introducción del libro ‘Calle del Álamo’.

En sus más de trescientas páginas Maruja Sastre Fernández recordaba que la calle Álamo se llamaba así por un gran álamo que estuvo situado al principio de la misma, frente a la farmacia que fue de José Sala Just. “Era una calle muy singular, ya que en ella vivían tanto artesanos y comerciantes como terratenientes, médicos, abogados, militares, farmacéuticos, dentistas y, en los siglos pasados, Gentes Nobles”, relataba en sus primeras páginas.

Y de Álamo pasó a llamarse durante, unos cuantos años, calle del General Prim “hasta que en 1979 volvió a recuperar su nombre primitivo”. Maruja hablaba en este libro costumbrista de los juegos de la calle, las cometas en Santa María, El Señor de la Carrera, de la Taberna de Meca, el cabrero, el afilaor, la riada del 19 de octubre de 1973 y de familias que la ocuparon o que vivieron en sus cercanías y los negocios que en ella estuvieron establecidos.

Maruja, con sus escritos, logró recuperar el pasado más inmediato con nombres y apellidos. Pero también con anécdotas que aportaban muchos de sus protagonistas. Así ocurrió con ‘Calle del Álamo’, pero también con ‘Barrio de San Cristóbal. Su vida, sus industrias, sus gentes’, que escribió después de “llamar puerta a puerta y hablar con los que en ellas vivían”, recordaba este jueves su hermana Antonia María Sastre Fernández en declaraciones a LA OPINIÓN.

La escritora y maestra engrosa ya la lista del proyecto literario que en 2008 iniciaron los Amigos de la Cultura. Bajo el título de ‘Lorca, Ciudad literaria’ se marcaron el objetivo de enriquecer las calles con placas que recordaran el lugar donde nacieron, vivieron o tuvieron significación literaria en las obras de escritores. En el afán de recuperar a esos escritores lorquinos olvidados crearon una ruta que cada año recorre esos enclaves leyendo en cada uno de ellos poemas o trozos de sus obras en prosa.

Ese paseo literario transcurre por calles como Alporchones, donde se recuerda a José María Castillo Navarro; Corredera, los Hermanos Tomás y Joaquín Arderius; Álamo, José Musso y Valiente y, ahora, también, a Maruja Sastre; Barandillas, Eliodoro Puche; Cava, Manuel Muñoz Barberán; Plaza del Conservatorio de Música, Antonio Para Vico; Placica Alcolea, Rafael Sánchez Campoy y Antonio Sánchez Rebollo; Plaza del Negrito, Carlos Mellado; Abenhalaj, Abenhalaj, poeta del siglo XI; Floridablanca, Miguel Gimeno Castellar; Plaza de San José, Pedro Fortes (Juanillo el del Cabezo); Porche de San Antonio, Lorca, Ciudad Fronteriza; y Alta, Emiliano Rojo.

La situación de pandemia obligó a suspender de forma momentánea estos recorridos como afirmaba la presidenta de la Asociación de Amigos de la Cultura, Ascensión Pérez-Castejón Abad, quien señalaba que “creímos justo que este homenaje a Maruja Sastre estuviera en la fachada de la casa donde vivió, en su calle Álamo, a la que tanto recordaba”.

De la maestra señalaba el escritor y profesor Pedro Felipe Sánchez Granados que “era una persona maravillosa, excelente, a la que todos queríamos y que seguiremos recordando. Fue socia de los Amigos de la Cultura y recibió mucho antes el ‘Premio Elio’”.

La edil de Cultura, María Ángeles Mazuecos, hablaba de la faceta de maestra de la escritora. “Ejerció en los colegios de Campillo, Pulgara, Villareal y Santa María. En este último centro realizó una extraordinaria labor social dejando una profunda huella en el alumnado y su entorno. Su último trabajo fue en el Colegio Alfonso X el Sabio, donde se jubiló en 1991. Fue entonces, cuando se dedicó a otra de sus grandes aficiones, la escritura y las cosas de Lorca”.

En el número 3 de la calle Álamo una placa de mármol la recuerda así: ‘Maestra ejemplar, fiel intérprete en sus libros de la tradición costumbrista lorquina y persona enamorada de nuestra ciudad’. Así la definen los Amigos de la Cultura que le dedican estas líneas “con admiración y gratitud” para que su estela sea eterna. Así sea.