El dolor es un sentimiento tan personal e intransferible que apenas cabe describirlo. El dolor colectivo no es sino la suma de múltiples angustias individuales, almas rotas por la desesperación. El dolor parte siempre de una situación de pérdida, de desafección. Cuando perdemos, en el amor o en la vida, queda la nada, la búsqueda amarga de explicaciones, el vano deseo de venganza en el peor de los casos. A diez años vista de que el suelo se abriera en Lorca, el dolor está presente, a su manera, en la memoria de los ausentes, en la consistencia de los presentes. En un año en el que el dolor ha trascendido a todos los piases del mundo, como una plaga colosal que nos recuerda nuestra condición de hombres, muchos han descubierto el terror de lo imprevisible. Solo los seres humanos tenemos la capacidad de entender que somos mortales, a diferencia del resto de animales, y por eso tenemos miedo. Y por eso buscamos razones de fe o fe en nuestras sinrazones. Pero nunca estamos preparados para hacer frente a lo inevitable cuando se presenta de improviso. El fin estaba aquí cuando no se esperaba.  

A lo largo de mi trayectoria política, por azar de vida, tuve que gestionar varias catástrofes: el terremoto de Lorca, la tragedia de Germanwings, el accidente de Angrois. Vidas truncadas por un movimiento de tierra o por una disfunción de una máquina. La primera reacción es la angustia, la sensación de que no ha podido ocurrir, de que lo imposible era real y ocurría allí y en aquel momento. El primer calor humano que soporta la emergencia de la ausencia, la solidaridad colectiva, el hombro  que reconforta. Pero bien sé por experiencia que el tiempo pasa, y los días entierran en la memoria colectiva el pánico desatado de aquel primer instante y dejan solos, con sus sombras y sus duelos, a los que sobrevivieron. Heridos, familIares y amigos. Ese dolor yacente que rezuma cada día, que escalda la mente del afligido cuando pasa por la acera y divisa el solar del edifico derruido. No se puede entender si no se ha experimentado el desconsuelo más absoluto. El de la primera soledad, pero también el de la solidaridad continua e irreversible. 

Aquella larga noche dio paso a muchos días, hasta cumplir diez años. Dediqué seis años de mi vida profesional a rehacer la ciudad, la esperanza, la ilusión. A mi manera, me hice lorquino que es un privilegio para un aragonés testarudo y perspicaz. Del frío de mi primera visita, al relente de un viento de invierno en 2012 al calor lacerante de mi última visita como Comisionado en 2016 para inaugurar un tramo de la Ronda. Cinco años en los que veía revivir a una sociedad al paso en el que íbamos rehabilitando edificios, renovando servicios públicos, restaurando y mejorando los monumentos, devolviendo la normalidad, si acaso era posible, a una ciudad herida. Cuento en esta memoria que despierta agradecida que fue en 2013 cuando a cuenta de mi asistencia a los actos de Semana Santa, vi a una niña vestida con su traje de comunión. Hice detener el coche y miré la estampa durante un minuto. La familia se hacía fotos sobre un puente y pensé que volvía a brillar la luz. Había color en aquel momento frente a la ciudad cenicienta del polvo que había conocido un año antes.

Mis brazos lucharon como nunca habían luchado por estar a la altura de esa lección de vida que, a diario, me enseñaron los lorquinos. Nunca se rindieron y asumieron su condición de población valiente. Coraje en un destino único. Ilusión compartida. Todas las llamadas que recibía, constantes, eran hechas desde el amor, desde la amistad, desde la necesidad de que el esfuerzo comanditario nos haría más fuertes y nos mostraría el futuro. Yo mismo sufrí mi terremoto interior cuando inauguraba las obras de la estación de tren de Lorca. Aquella mañana, a las siete cuando me desperté, sentí un dolor profundo que me estrangulaba en mi costado. "Tienes que ir urgentemente a un médico. Vas a reventar". Imagino que por tozudez y por responsabilidad acudí al acto no sin antes parar el vehículo que me llevaba del hotel a la estación varias veces. El dolor era muy fuerte y no soy persona que se queje. Mi buen amigo el alcalde, Paco Jódar, ya había llamado al hospital de modo que cuando acabara el acto, me ingresaran. Acabé como debía hacerlo y no recuerdo por qué puerta me hicieron salir escapando de la comitiva, porque la siguiente imagen que recuerdo es tumbado en una camilla rodeado de médicos y enfermeros. Fue mi terremoto interior en forma de cólico. No he vuelto a tener ninguno, pero sentí que mi cuerpo tembló también.

Y aquí estoy una década después en mi escaño en el Congreso de los Diputados. Echando mucho de menos mi tierra de adopción, pero ante todo recordando continuamente el ejemplo de toda una sociedad, que entre la Alameda y el Castillo, volvió a tomar la calle, la misma calle que la naturaleza innoble les quiso arrebatar. Os lo ganasteis a pulso, y así me ganasteis a mi. Un día volveré para estar todos juntos otra vez, para volver a reír y llorar con Lola que sufrió también la pérdida en la tragedia de Germanwings, para compartir cena entre amigos. Y para mirar atrás, sin nostalgia pero con convicción. La convicción y la fuerza de lo vivido.