Entró en la Secretaría de Presidencia en 1977 y permaneció en el puesto hasta el pasado julio. María Ángeles López de Celis presenta hoy en Lorca ‘Los presidentes en zapatillas’ (Espasa), donde cuenta las interioridades de los cinco inquilinos del palacio de la Moncloa de la democracia, con los que convivió estos años a pocos metros de distancia. Aznar le resultó el menos simpático y se prendó de Suárez.

Los cinco presidentes de la democracia española, ¿cambian mucho en zapatillas?

Unos más que otros; tienen sus particularidades. Puedo hablarle, por ejemplo, de un Felipe González —el líder carismático que rendía a las masas desde la tribuna— como de alguien muy tímido en la distancia corta, poco hablador y dado a la soledad. Era como si su personalidad arrolladora menguase. Ahora, imponía y a mí todavía me impone.

¿Con cuál trabajó más a gusto y con quién más a disgusto?

La experiencia te va dando nuevas perspectivas. Si me despojo de las divergencias políticas, con quien menos feeling (sintonía) he tenido ha sido con Aznar. Y no tanto con él como con su círculo de colaboradores. Había corrección, pero tenían unos métodos de trabajo y control que yo no comparto. Y a quien yo he admirado mucho es a Felipe González. Si hablo con la cabeza, Felipe González, y si me dejo llevar por el corazón, pues Adolfo Suárez.

Afirma que Zapatero es víctima del síndrome de La Moncloa y es intolerante a las críticas. Aun así no sale mal parado en su libro.

Es persona de una tolerancia exquisita, optimista y preocupado por la gente que sufre. Es también un hombre sencillo en su vida cotidiana, que te hace cómodo el trabajo. El personal de servicio de La Moncloa dice que se jubilaría con él. Es un jefe fácil. Yo que he vivido tantas legislaturas, puedo decir que las segundas son siempre complicadas. Y también que es un síndrome que nos puede afectar a todos: la distorsión de la realidad, no escuchar aquello que no queremos oír. El poder fagocita y transforma.

¿Hay mucha adulación?

Más que adulación, es una reducción de los círculos, con lo que los presidentes se encastillan e, inevitablemente, se distancian de la realidad. Estaría bien que los presidentes subieran al transporte público y se dieran una vuelta por ahí, que fueran a un barrio obrero.

De Suárez destaca la cordialidad y la campechanía. ¿Fue una víctima de la tensión política?

Sí, fue un momento difícil. Adolfo Suárez acabó solo. Yo creo que derrochó lealtad a España y que muchos le pagaron con la moneda de la ingratitud.

Cuenta en el libro que un general le amenazó con sacar la pistola si no dimitía...

Había una tensión tremenda. Ocurrió en el último despacho que el Rey mantuvo con Suárez. Ya no había esa cordialidad. El Rey tuvo que ausentarse por una llamada y los militares conminan a Suárez para que deje la presidencia. Yo no estaba allí, pero me han contado que, parece ser, alguien echó mano a la pistola al decir el presidente que él no se iba porque había sido elegido por el pueblo. Suárez tenía todos los frentes abiertos.

Sorprende el retrato que hace de Calvo-Sotelo, de quien usted dice que fue el presidente mejor preparado para el cargo, además de subrayar el buen trato y el sentido del humor.

He querido acabar con esa imagen de esfinge que tenía este hombre tan entrañable y tierno, con un sentido del humor muy fino y elegante, sin perder nunca los estribos. Tenía una familia numerosa que adoraba y una gran complicidad con su esposa (Pilar Ibáñez-Martín). Y creo que era el más preparado: un ingeniero con una gran cultura humanística, que hablaba idiomas. Y, además, tenía formación musical, practicaba deportes náuticos. Es el gran desconocido.

¿Alfonso Guerra?

Era un monstruo de la política.

Usted deja claro que su relación con González se rompe al incumplir la promesa de irse con su ex vicepresidente.

Como decía un minero asturiano, eran dos hombres y un cerebro, pero el ejercicio del poder es duro. A partir de ahí empiezan a separarse. Vivíamos momentos muy complicados por el asunto de la corrupción y alguien tenía que pagar. España estaba muy quebrantada.

Parece que no lo pasó bien los años que trabajó con Aznar, con el que la Moncla vivió su ‘máximo esplendor cortesano’.

En la época de Aznar, y dirigido de alguna manera por Ana Botella, que fue la primera esposa de un presidente español que ejerció de primera dama, La Moncloa abrió sus puertas a personas de otros ámbitos que no eran habituales del ruedo político.