Tribuna Libre
Madame d´Ora
La ‘red carpet’ de la MET Gala sirve como punto de partida para rescatar la figura de Madame d’Ora, pionera de la fotografía de moda en Europa

Madame d´Ora en un autorretrato fechado en 1929. / Ullstein Bild Collection
Estos días no se habla de otra cosa. La gala MET vuelve a colapsar los medios de prensa. Una auténtica excusa para hacer realidad lo imposible. No es sólo moda, es creatividad, escenografía, una ocasión para que diseñadores, artistas y modelos colaboren en un mismo proyecto. Este año, además, el arte era el protagonista con la temática Fashion is Art, así que hubo alusiones a Van Gogh, Gustav Klimt o la gran Leonora Carrington; ver a Madonna dar vida a una de sus pinturas es algo que sólo pasa en esta gala.
Entre tanto revuelo y clic de las cámaras, me planteo lo poco que se suele hablar en general de los fotógrafos de moda, y en particular de las fotógrafas de moda. Aunque ahora sus nombres sí aparecen asociados a su trabajo, no siempre fue así, y esto ha hecho que desconozcamos a muchos de estos creadores.
Hace poco descubrí a una de esas fotógrafas de las que nadie había hablado hasta los años ochenta, Madame d´Ora. Reconocida como la primera fotógrafa de moda de principios del siglo XX en París, pero olvidada tras su muerte, a pesar de tener una exitosa trayectoria y una producción de más de 200.000 imágenes. Incomprensible, pero a veces el discurrir de la historia es así, absurdo a la par que caprichoso, dejando demasiadas preguntas sin respuesta. Tras su fallecimiento en 1963, no quedaba ningún familiar vivo que heredara su trabajo; su hermana murió en un campo de concentración y nunca se casó ni tuvo hijos. Fue un coleccionista e íntimo amigo alemán quien atesoró todo su legado en la sombra y así nunca más se supo de ella, sólo hasta la década de los ochenta sus imágenes volvieron a la luz.
Con 23 años compró su primera cámara, una Kodak de cajón, y su pasión por la creatividad tomó forma de fotografía, ya que su padre se opuso a sus inquietudes sobre la moda; tampoco quiso que fuera actriz ni artista.
En un momento social en que no era habitual ver a una mujer con una cámara, abrió su propio negocio en 1907, el primer estudio de fotografía en Viena dirigido por una mujer. Dora Kallmus, que era su verdadero nombre, pasó a llamarse Madame d’Ora.
Comenzó fotografiando a personas de su entorno, pero gracias a la buena posición social de la familia, pronto su estudio se hizo conocido y toda la burguesía vienesa pasó por su cámara, incluidos los miembros de la familia Habsburgo.
Especializada en el retrato fotográfico y muy vinculada a la escena cultural de la ciudad, pudo retratar a un gran elenco de actrices y artistas a los que sacó de su habitual entorno, algo que en ese momento ningún fotógrafo hacía. Josephine Baker, Tamara de Lempicka, las diseñadoras Coco Chanel y Emily Flöge, Alban Berg, Arthur Schnitzler o Colette se dejaron seducir por aquellos destellos de lente y contornos difuminados que Madame d´Ora introdujo en su trabajo.

Retrato de la actriz Helene Jamrich en 1909, obra de Madame d´Ora. / Colección privada
Técnicas novedosas que aportaban a las fotografías tintes pictóricos, además de estar envueltas en una atmósfera misteriosa y elegante. Su éxito fue tal que en 1924 abrió sede en París, donde la fotografía de moda se convirtió en parte fundamental de su trabajo, no sólo por su relación con Cristóbal Balenciaga o Madame Agnès, sino porque trabajó para las icónicas revistas Vogue París, Vanity Fair y Tatler, siendo la fotógrafa titular de L’Officiel.
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial y la invasión nazi, en 1940 tuvo que cerrar el estudio para esconderse en el sur de Francia, ya que su familia era judía. Desde Ardèche recibió la terrible noticia de la muerte de sus familiares en campos de concentración; la peor fue la pérdida de su hermana, a la que trató de ayudar a través de su amigo el modisto Balenciaga, pero no llegó a tiempo.
Tras la liberación del país en 1944, regresó a París, pero todo era distinto ya para ella. Para poder sobrevivir, continuó haciendo algunos retratos de antiguos clientes que la buscaron, pero hubo un punto de inflexión en su trabajo y el glamour anterior se vistió de drama. Como un encargo de las Naciones Unidas, se dedicó a documentar las vidas de las personas desplazadas y refugiadas, creando un mapa visual del dolor y la pérdida.
Pasó del lujo y el glamour, de una vida acomodada, a vivir en una pequeña habitación tratando de sobrevivir al Holocausto, un recuerdo que la marcará para siempre; se dio cuenta de que en realidad no necesitaba más que ese diminuto espacio para continuar con su vida. En su diario ironizaba sobre esta circunstancia y escribía que si su querida hermana la hubiera visto cambiar una casa de diez habitaciones por aquel agujero, nunca lo hubiera creído.
En su última etapa, de 1949 a 1958, tendría lugar lo que ella misma consideró como su gran trabajo final: recorrió los mataderos de París fotografiando los restos de animales muertos, fragmentos mutilados y charcos de sangre, en lo que se ha querido ver una especie de metafórico paralelismo de aquellos cuerpos desmembrados con el horror de los campos de concentración.
Su lente fue capaz de inmortalizar la belleza a través de sus fotografías de moda, de esos retratos elegantes y glamurosos de reconocidos personajes, pero también de reflejar la dureza de una realidad que les cambió la vida a todos.
Madame d’Ora, Dora Kallmus, fotógrafa de moda, retratista, pero también fotógrafa del horror y víctima de su propia realidad. Una personalidad genuina, ataviada con sombrero negro y siempre vestida de Chanel, tal y como la describió el poeta francés Jean Cocteau: "una mujer sin edad… propulsada por las alas del genio", una artista que nunca dejó de fotografiar.
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