A las madres y padres nos preocupa mucho que nuestros hijos no se alimenten correctamente y que esto pueda acarrearles carencias nutricionales importantes, lo que provoca que recurramos a todo tipo de técnicas para conseguirlo. Cuando la técnica del avioncito y similares no nos funcionan, en muchos hogares se recurren a los chantajes, los premios y los castigos. Lo primero que debes saber es que esas técnicas, aunque pueda funcionar a corto plazo, a la larga traen consecuencias muy negativas en la relación que nuestros hijos establecen con la comida. Lo segundo es que hay otra forma más respetuosa de afrontar el 'momento comida' con nuestros hijos: la disciplina positiva.

Cómo afrontar las comidas difíciles desde la disciplina positiva

La comida puede convertirse en un momento horrible: gritos por nuestra parte (para conseguir que se coman lo que hay en el plato) y rabietas y lloros por la suya (por no querer comérselo). Para que esto no ocurra, las madres y padres debemos afrontar este momento desde otra perspectiva. Está en nuestra mano cambiar esta dinámica. Para ello te proponemos que pongas en práctica 7 consejos:

1.Haz un ejercicio de empatía

Lo primero que tenemos que hacer es hacer un ejercicio de empatía, ponernos en el lugar de nuestros hijos, tratar de comprender por qué no quieren comer. Es posible que se deba a que no le gusta ese alimento. En ese caso, podemos probar otras formas para prepararlo. Incluso recurrir al juego haciendo dibujos de caritas con los alimentos. Y, sobre todo, aceptar que a nosotros tampoco nos gustan todos los alimentos que hay disponibles, y que no pasa nada. Si a nuestro hijo no le gusta la pera, no le tenemos que dar pera. Buscaremos otra fruta que le guste. Lo importante es que coma fruta, da igual cuál sea. Con el tiempo, irá familiarizándose con el sabor y textura de otras frutas y acabará comiéndolas, pero si le obligamos a comer algo que aún no tolera, acabará aborreciendo este alimento.

2.Ofrece raciones adaptadas a su edad y apetito

¿De verdad tenemos en cuenta el hambre que tiene nuestro hijos, o elegimos nosotros por ellos la cantidad de comida que deben comer? El chef Juan Llorca, en una ponencia maravillosa que ofreció en un evento 'Educar es todo', nos decía lo siguiente: “Nadie de aquí puede decirme cuánta hambre tengo yo en estos momentos, ¿verdad?”. Sin embargo, con nuestros hijos ya sabemos nosotros que se lo tienen que terminar todo, que no pueden dejarse nada en el plato. Y de esta manera no estamos teniendo en cuenta si ellos tienen más o menos hambre, o si quieren comer más o menos, no les estamos respetando ni teniendo en cuenta sus preferencias. Por lo tanto, debemos relegar en nuestros hijos la responsabilidad de elegir la cantidad de alimentos que necesita comer, basándose en su sensación de hambre y saciedad.

Involucrar a nuestros hijos en la elaboración de la comida es básico para que vayan interesándose por ella Freepik

3.Preocuparnos de la calidad de los alimentos que ofrecemos

Como acabamos de mencionar, es responsabilidad de nuestros hijos decidir cuánta comida ingieren en función de su apetito, pero la nuestra es escoger los alimentos disponibles: qué alimentos vamos a darles, cómo los presentamos y cuándo. Esto es una de las principales responsabilidades que tenemos los adultos, pues hasta que nuestros hijos tienen una determinada edad, somos nosotros los que elegimos qué alimentos compramos, si los cocinamos al vapor o a la plancha…Por tanto, y como dice siempre el nutricionista Julio Basulto: "no hay que obligar a un niño a comer sano, hay que dejar de darle productos insanos".

4.Hacerle partícipes, en la medida de lo posible, en la selección de los alimentos que se ofrecen en el menú

"Con la comida sí se juega" dice siempre Marian García (Boticaria García). "Tenemos que llevar a los niños al supermercado, como cuando les llevamos a un museo, convertirlo en una actividad educativa más. Que elijan las frutas, las verduras. Así participan en la elección. Les podéis decir: ‘¿Qué preferís, merluza, lenguado, salmón?’ Ellos tienen que ser partícipes de lo que van a comer. Así cuando les pongamos la bandeja con la merluza, los pimientos, etc., estarán más predispuestos a comerlo porque ellos han sido parte del proceso. Y si encima se lo ponemos mono, pues funciona”. Está claro que tardaremos más en hacer la compra, “pero les estaréis educando. Y todas estas enseñanzas que les trasladéis serán hábitos que les acompañarán durante toda la vida».

5.Dar ejemplo

Muchas veces no somos conscientes de que educa más lo que hacemos que lo que decimos. En este sentido, sí queremos que nuestros hijos coman verdura, legumbres... debemos ser nosotros los primeros que comamos estos alimentos. Sí, en cambio, les pedimos que coman brócoli pero nos ven comiendo a nosotros chorizo, nunca vamos a conseguir que coman brócoli.

6.Irles dejando elegir

¿Cuántas cosas pueden decidir nuestros hijos en su día a día? Casi ninguna. Decidimos por ellos casi todo. Esto genera una enorme frustración en ellos, que sienten que nadie tiene en cuenta sus opiniones o deseos. Para que esto no ocurra, debemos ir dejando que nuestros hijos tomen pequeñas decisiones. No se trata de que elijan si meriendan un plátano o un bollo, porque está claro que no podemos permitir que nuestros hijos merienden bollos cada día, pero si podemos preguntarles si prefieren plátano, pera, manzana o kiwi... De esta forma, sentirán que forman parte de la toma de decisiones, y las asumirán de mejor agrado.

7.Piensa en el vínculo

Imagina que en cada comida que compartes con tu pareja, acabases discutiendo. Esto es lo que ocurre en muchas casas diariamente. Muchos padres nos quejamos de que la hora de comer es una batalla. Y así lo viven nuestros hijos. Como un auténtico infierno del que no pueden salir hasta que nosotros, sus padres, no acabamos ganando, y ellos perdiendo. O lo que es lo mismo: hasta que no se comen todo lo que hay en el plato, y nosotros nos quedamos satisfechos. El momento de la comida debería ser un momento de disfrute en familia, en el que compartir, no solo alimentos, sino conversación, risas, tiempo juntos…También es un momento para educar en valores a nuestros hijos, y uno de los valores fundamentales es el respeto hacia los demás. Por tanto, como dice Juan Llorca: “el respeto debería ser la base de una buena alimentación”.

Qué hacer si el niño no tiene apetito

Ya hemos mencionado antes que debemos dejar que sea nuestro hijo el que decida, en función de su apetito, la cantidad de alimentos que consume. Nosotros, en cambio, debemos elegir la calidad de esos alimentos. Pero ¿qué ocurre si nuestro hijo no tiene apetito? Lo primero que tenemos que hacer es preguntarnos cuál es el motivo por el cual mi hijo no tiene apetito. En su libro ‘Se me hace bola’, el nutricionista Julio Basulto lo explica de forma sencilla con esta infografía:

Infografía del libro 'Se me hace bola', del nutricionista Julio Basulto

Lo que le ofrecemos en la comida es, obviamente, menos atractivo y apetitoso que la comida insana que ha tomado en el desayuno y a media mañana. Además, estos alimentos son tan calóricos que es lógico que no tenga apetito a la hora de la comida. Este proceso continúa en la merienda. ¿Consecuencia? En la cena nuestro hijo tampoco tiene hambre.

"No obligues a tu hijo a comer sano, deja de darle alimentos insanos"

Julio Basulto - Nutricionista

Pero hay más, nos recuerda Julio: “¿Has pensando que tu hijo no come fruta porque su paladar se ha acostumbrado al potentísimo sabor de los batidos, cereales de desayuno, galletas, bollos?”.

"No se trata de prohibir los alimentos malsanos, puesto que prohibir es despertar el deseo. Se trata de que no estén en casa, así nadie tendrá que prohibirlos”

Julio Basulto - Nutricionista

Sobre esto también reflexionaba la divulgadora Catherine L’Ecuyer en uno de nuestros eventos: “Un estudio realizado en 2011, consistió en dar bebidas gaseosas azucaradas a un grupo de personas durante un mes. Una vez finalizado dicho estudio se dieron cuenta de que esas personas tenían más dificultad para percibir sabores, porque habían sido expuestas a una altísima dosis de azúcar. Lo cual explica porqué cuando llevamos el bollo azucarado o las chuches de merienda a los niños, o cuando añadimos en las papillas azúcar o sal para ayudar a que coman mejor, a los niños luego les cuesta tanto comerse una manzana, unas espinacas o unos garbanzos. El gusto está sobre estimulado, baja la sensibilidad, sube el umbral de sentir y ese niño necesita cada vez más estímulos artificiales para poder percibir las cualidades de los alimentos”.

¿Cómo podemos, entonces, romper el circulo vicioso que aparece en la infografía? “Alejando de la vista y del alcance de los niños estos productos malsanos. No se trata de prohibir, puesto que prohibir es despertar el deseo. Se trata de que no estén en casa, así nadie tendrá que prohibirlos”, recomienda Julio.