19 de agosto de 2020
19.08.2020
La Opinión de Murcia
Finis Africae

Bombay, en busca de Don Quijote

Es desbordante. No hay otro adjetivo para describirla. Sus calles aspiran continuamente a algo diferente a lo que el viajero cree tener delante de sus ojos

19.08.2020 | 04:00
Bombay, en busca de Don Quijote

En Bombay viven veinte millones de personas y yo andaba buscando un libro. Uno solo entre la multitud de libros que se venden en Bombay. No hay veinte millones de lectores en la ciudad. Ni siquiera en todo el mundo alcanzaríamos esa cifra, pero en una metrópoli encontrar un título concreto resultaba una tarea difícil. Al menos, serviría como excusa para visitar los barrios menos conocidos.

Bombay es desbordante. No hay otro adjetivo para describirla. Sus calles aspiran continuamente a algo diferente a lo que el viajero cree tener delante de sus ojos. Los rascacielos de cristal, donde se refleja el sol proyectando hilos de fuego en el asfalto, conviven con los templos hinduistas, construidos siglos atrás y que se resisten a morir.

Han quedado desfasados en una ciudad que se mueve al ritmo de las grandes metrópolis. Hoy en día, algunos templos comparten espacio con una estación de metro o un campo de cricket, el deporte nacional. Pero el panorama urbanístico de Bombay es mayoritariamente pobre. Los estratos de la evolución humana están presentes en sus calles. Las chozas de barro y cañas se multiplican a pocos metros de los rascacielos. Son los slum, lugares donde no existe la dignidad, solamente la pobreza extrema. No hay agua potable. Durante las lluvias monzónicas las chozas se inundan y el plástico no sirve para parar el agua. No es un mundo marginal porque es abrumadoramente mayoritario.

En Bombay son millones de personas las que viven en esas condiciones. Rodean el casco histórico. Le ganan metros al océano. Acuden a los distritos financieros y señoriales a pedir limosnas y son expulsados por la policía. En una misma parcela el cristal y el barro hacen frontera.

Suelen instalarse también en las vías del tren. Nosotros habíamos visitado el Indian Gate, el arco que da la bienvenida a los viajeros que llegan en barco y los turistas que acuden a la isla de Elefanta, a ver las grutas escavadas en la piedra en el siglo VI. A un costado, el lujoso hotel Taj Mahal, fuertemente vigilado tras los atentados de 2008. El calor húmedo desbordaba cualquier previsión. Bombay es una ciudad tropical con la amenaza constante de un aguacero. En muchas de sus calles los banianos crecen de forma descontrolada. Se cuelan en las viviendas. Llaman a las ventanas y protegen con sombra a los viandantes. Forman un paisaje característico, íntimamente ligado a Bombay.

En el distrito central, el Barrio del Fuerte, la ciudad alcanza sus máximas cuotas de mestizaje. El estilo de la Estación Victoria resume a la perfección este espíritu. El estilo neogótico de mediados del siglo XIX se conjuga con un clima pesado y pegajoso. A los arcos ojivales y a las gárgolas de las cornisas se le añade una vegetación exuberante y frutas tropicales de todos los colores. La Estación Victoria no tiene nada que envidiarle al Parlamento de Londres. Son edificios similares pero tratados por un clima opuesto. Muy cerca, la catedral de Santo Tomás presume de ser el primer edificio británico construido, añadiendo gotas de anglicanismo al panteón multicultural indio. Por último, la Universidad de Bombay, diseñada al estilo de Oxford, suma en este barrio hecho a imagen y semejanza del Imperio Británico.

En la Universidad y las librerías aledañas me negaron el libro que iba buscando. Con extrema dificultad les hacía entender a los libreros, señores con bigote y que movían la cabeza con ambigüedad, que iba buscando una edición del Quijote en indi. Los libreros se emocionaban ante la extraña petición. Me sacaron un muestrario de libros, la mayoría en inglés, pero no había rastro del caballero de la triste figura. Entre banianos y lluvias tropicales su armadura se hubiese oxidado aún más de lo que estaba.

Un librero nos invitó a café. Accedimos a su comercio. Era una montaña de libros sin orden, pero impregnada por el amor a la literatura que tantas veces he visto a lo largo y ancho de mis viajes. Tras unos minutos, nos dio una dirección concreta. Nos dijo que allí podríamos buscar. Se trataba de una imprenta al otro lado de la ciudad. Debíamos coger un tren y atravesar la vieja Bombay, deslizarnos por los slums que crecen a ambos lados de la vía y llegar al barrio de Dadar, en el otro extremo de la bahía. Agradecimos el café y el librero nos despidió juntando las manos y haciendo una reverencia.

Tras una hora de trayecto, llegamos a la dirección recomendada. Era un lugar impersonal, lleno de edificios desolados y vendedores de zumo de caña de azúcar. En el interior de la imprenta, su dueño nos recibió con alegría y efusividad, poco frecuente en los indios. Tras una conversación intensa, donde nos confesó que su escritor preferido en lengua española era Lorca, al que había leído en inglés, nos dio un ejemplar extraño.

Aseguró que era el Quijote traducido al indi, pero en la portada aparecía una escena de la película de Alejandro Magno, protagonizado por Collin Farrel. Mi primera impresión fue confusa. A los ojos de un indio, Alejandro Magno y Don Quijote deben ser frutos parecidos de una misma cultura. Pero me insistió en la autenticidad del ejemplar. Lo abrí y observé el alfabeto bráhmico, intentado averiguar el nombre de Sancho Panza o Rocinante entre aquellos símbolos extraños. Finalmente, compré el ejemplar.

Don Quijote viajó hasta Bombay para volver a mi biblioteca de títulos políglotas. Solo años después, por azares de la vida, comprobé que el ejemplar que había comprado correspondía al Quijote en indi. Larga vida a aquel hombre de Dadar y a todos los libreros de Bombay, que sin saberlo, también forman parte de ese maravilloso mundo de la caballería.

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