26 de julio de 2020
26.07.2020
La Opinión de Murcia
Crónicas de viaje

Benarés, el ciclo de la vida y la muerte

26.07.2020 | 04:00
Paseo a las orillas del Ganges

Podíamos estar presenciando una mañana de dos mil años atrás. Poco había cambiado el mundo de aquella escalera de los primeros viajeros, desde los soldados despistados de Alejandro Magno hasta los misioneros jesuitas

Nos había costado despertarnos aquella mañana. Eran las cuatro y en la habitación había entrado uno de esos monos entrenados para robar a los turistas. El sobresalto fue mayúsculo, porque llevábamos semanas en la India escuchando historias de dioses con forma simia. La prueba era lo suficientemente elocuente para no infravalorar una religión que ha pasado por encima de la humanidad y ha sometido a los hombres hasta rebajarlos a un nivel inferior al de las vacas.

Benarés solamente tiene una calle. La avenida más grande del mundo: el río Ganges. En el mes de mayo se desplaza crecido. El deshielo del Himalaya arrastra kilómetros de despojos naturales y se presiente el monzón cercano. El resto de la ciudad es un entramado de pasadizos y tiendas donde se compra y vende la vida, pero se respira la muerte. En efecto, la Vanarasi de los indios es un lugar santo. El dios Brahmá descansó tras su largo camino existencial y millones de indios acuden a las riberas de piedra del Ganges a purificarse. El ciclo de las reencarnaciones se interrumpe a las orillas del río. Se alzan las piras funerarias y se prende fuego a los cadáveres, despojos de vidas pasadas. Por eso Benarés huele a sándalo pero se asfixia con el humo, una sensación extraña que conduce al viajero a una especie de laguna Estigia de hombres cetrinos.

Durante el camino hacia el Assi Ghat hay una estela de velas encendidas e incienso. Toda la India se reúne a esperar el nacimiento del sol, al otro lado del río. Un ghat es una escalinata que se sumerge en las profundidades de las aguas. Los peregrinos se sientan en los escalones y en silencio aguardan la claridad del día. Las sombras se van disipando y convirtiéndose en formas humanas. Aquel día, junto a nosotros, vimos mendigos deformados, mujeres hermosas como princesas ancestrales, vendedores que habían recorrido miles de kilómetros para llegar hasta allí. Se confundían los tiempos. Aquel ritual unía el mundo con su propio nacimiento. Solamente existían el río y el sol emergiendo directamente de sus aguas. Los brahmanes empezaron a recitar mantras, primero en susurros y después cantando con una sola voz. Una vez que el sol se había impuesto, los peregrinos se alzaron sobre los escalones y empezaron a descender poco a poco, hasta sumergirse en el agua, bendecidos por un sol nuevo. Un nuevo día.

Nosotros observábamos todo desde el interior del ritual. Podíamos estar presenciando una mañana de dos mil años atrás. Poco había cambiado el mundo de aquella escalera de los primeros viajeros, desde los soldados despistados de Alejandro Magno hasta los misioneros jesuitas. Ahora la ciudad es un paraíso hippie. Es la aportación que Occidente ha hecho, junto a las cámaras de fotos. Pero a las cinco de la mañana el mundo había olvidado las castas. La pobreza ya no dolía en el cuerpo de los hombres y todos vestían las túnicas de una piel desnuda. Duró una hora, pero fue hermoso.

Cuando volvió la luz al mundo, las calles de Benarés abrazaron el ruido y el olor del sándalo. Tuvimos todo el día para recorrer los mercados y los templos. Arrastramos los pies por calles de tierra, abrasados por un calor que se acercaba a los cincuenta grados y los mosquitos. Temerosos de la malaria, entrábamos en las tiendas y hablábamos con los tenderos. La ciudad es un punto imprescindible en el comercio del país, pero las rutas que lo atraviesan hablan el lenguaje de la tradición. Es un lugar pobre, pero no a la manera de Calcuta. Algunas calles se pintan de azul, como si fuesen un reflejo del río. Los niños acuden a la escuela junto a cabras pequeñas, dándole de comer a las vacas, acariciando a los perros que duermen la siesta a la sombra.

En Benarés anochece muy pronto, pero no acaba la luz. Nos dirigimos al Dashashwamedh Ghat, a apenas cincuenta metros de nuestro albergue (compartido con los monos). Es el final del camino de la vida. Allí, los peregrinos portan a sus familiares muertos, cantando mantras, con crótalos. Van vestidos de naranja. Los cadáveres también. Pasean por las calles con su ritmo monótono. Cuando se les escucha, el viajero sabe que la muerte está cerca. Todos acaban en la escalinata. Es diferente al Assi Ghat. No es tan alta y reluciente. El río tiene prisa por devorar los escalones. El agua es oscura y llena de flores rotas.

Los familiares depositan el cadáver en una pira de madera. Si el muerto es rico, será madera de sándalo. Perfumada al arder. Si no, bastará con madera de despojos. Pero el olor de la carne humana no se disimula. Arden cientos de personas durante el día, pero cuando llega la noche las llamas se ven en la otra orilla. Nos acercamos a una pira. Vemos el cuerpo. Su mundo convirtiéndose en ceniza. El polvo y la nada del barroco miles de años antes. Pero en los familiares no había ni una lágrima. Siguen cantando hasta que las llamas han devorado lo humano que hay en una vida. Después, tiran los restos al río. Llega otro cuerpo. El fuego.

Se repite el ciclo en Benarés. Así hasta que salga el sol por Assi Ghat.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook