24 de julio de 2020
24.07.2020
La Opinión de Murcia
Crónicas de viaje

Tarquinia, el camino de los etruscos

24.07.2020 | 04:00
Panorámica de Tarquinia.

Es uno de esos lugares donde el tiempo se detiene a la hora del aperitivo, tras salir del museo arqueológico y cerciorarnos de que Los Caballos Alados del Altar de la Reina están a punto de emprender el vuelo. Es el momento del vino en las terrazas de los bares...

La única que vez que dejé de tener miedo a la muerte fue en la necrópolis etrusca de Tarquinia, frente a la Tumba de los Leopardos. Iba prevenido, con un Bassani bajo el brazo. El prólogo de El jardín de los Finzi-Contini concentra todo lo que el ser humano anda buscando en la vida: tragedia y belleza. El propio autor sale de Roma con un matrimonio y la hija pequeña de este. Se dirigen hacia una necrópolis etrusca. Debemos imaginar un paisaje veraniego, con árboles proyectando su sombra sobre la piedra caliente. Hace incluso demasiado calor. Y la niña le pregunta a Bassani por qué duelen más los muertos actuales que los anteriores a nuestra existencia. El paseo entre las tumbas y las inscripciones latinas ya difíciles de traducir causaron en los adultos la maravilla y el placer estético. Pocos lugares hay en el mundo como una cámara funeraria etrusca, con sus frescos perfectamente conservados. Pero la niña se dolía frente a todos esos testimonios que no hablaban de experiencias sensoriales, sino de muerte. Fue la chispa que encendió la novela de Bassani. Se decidió a escribir su historia de amor con una joven judía en tiempos del fascismo, atrapados en un paraíso, su Ferrara natal. Para mí fue la excusa para volver a Tarquinia.

Vincenzo es un viejo amigo de los tiempos parisinos. Trabaja en un hospital en Roma, pero sus padres tienen una casa en las colinas suaves de Tarquinia. Aquel verano le obligué a cambiar el rumbo de sus vacaciones. Necesitaba ver de nuevo aquellos leopardos dibujados en la cal de la pared. Los etruscos son un pueblo místico. Enterraban a su gente tal y como habían vivido. Imitaban la morada de los vivos y sus gustos. Las tumbas son representaciones de banquetes, con ánforas llenas de vino y aceite. Fruta derramada en platos metálicos y esculturas de esfinges que preguntan al viajero el verdadero motivo de la visita. El mío fue resolver cierto asunto pendiente con la mortalidad. Nada que no se pueda solucionar con unos minutos de silencio en la necrópolis, con un Bassani bajo el brazo.

Mi primer contacto serio con el mundo de los etruscos ocurrió en París, como la mayoría de los hechos decisivos en mi vida. Ante la ausencia de cursos de literatura española, decidí inscribirme en uno de etruscología. Lo impartía el profesor Thuillier y tras algunas clases teóricas, pasábamos las horas en el Museo del Louvre, en la sección etrusca, nada despreciable. Allí entendí que al pueblo anterior a Roma le gustaba inmortalizarse con una mirada extraña y una sonrisa impertérrita, por parejas, como quien está a punto de beber una copa de vino o hacer el amor. Nos explicó el sarcófago de Cerveteri, dos figuras acostadas sobre un triclinio, y yo me sentí aguijoneado para siempre.

Cada vez que vuelvo a Roma, el museo etrusco de Villa Giulia es una parada obligatoria. El museo se encuentra en una antiguo palacio renacentista. Eso ya justifica la visita, pero detenerse frente al Sarcófago de los esposos, la obra culminante del arte etrusco, confiere a la visita el carácter de peregrinación sagrada. Y con ese espíritu nos montamos Vincenzo y yo en su coche para recorrer la geografía etrusca.

De Roma a Florencia, aquella civilización había elevado templos antes de que Roma apareciese con el cuento de los gemelos y la loba. Pero había conseguido algo mucho más importante y decisivo: había sobrevivido, a pesar de ser absorbidos por los hijos de aquellos gemelos.

Hoy en día, los enclaves etruscos se confunden con el entramado medieval de las ciudades. Suelen ser pequeñas poblaciones encaramadas a una colina. En ellas reina una iglesia, una muralla que protege a sus habitantes y campos de cereal. A priori, no hay nada etrusco, pero basta con recorrer sus calles para comprobar que la propia calzada que pisamos está impregnada de música etrusca. Tarquinia es uno de esos lugares donde el tiempo se detiene a la hora del aperitivo, tras salir del museo arqueológico y cerciorarnos de que Los Caballos Alados del Altar de la Reina están a punto de emprender el vuelo. Es el momento del vino en las terrazas de los bares. Se habla con los ancianos, que se resisten a trasladarse a Roma. Sus vidas están en el arado y el pastoreo, como hace más de dos milenios subsistían sus habitantes.

También recorrimos otras ciudades, siguiendo una línea hacia el norte. Cortona, cuya plaza central pone en seria duda la afirmación de que la Edad Media fue un tiempo oscuro. Sus habitantes cuidan el pasado etrusco con esmero. Tumbas y objetos cerámicos que aparecen a cada paso. La resistencia a morir de la civilización etrusca tiene mucho que enseñarnos. Así también descubrimos Arezzo, donde la fuerza de Florencia ya se deja sentir, como un terremoto benigno. Un poco más al este, Perugia, la más hermosa de todas las hijas de Etruria.

Y el viaje, que pretendía vencer el miedo a la muerte, se convierte en un canto a la vida, en una celebración de la belleza, ya sea con un leopardo, avisando al viajero de que algún día alguien se presentará a observar una lápida con su nombre, o con un vaso de vino, brindando en un borgo medieval.

Y el libro de Bassani en la mochila. Déjense preguntar por el leopardo si viajan a Tarquinia. Ahí residen todas las respuestas de la vida.

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