20 de julio de 2020
20.07.2020
La Opinión de Murcia
Crónicas de viaje

Montpellier: postales y vino

Hoy, el apellido más común es García, tras décadas y décadas de inmigración española. Primero vinieron los republicanos exiliados. Después, los miles de trabajadores que iban a la vendimia en los años sesenta...

20.07.2020 | 04:00
Montpellier: postales y vino

La rue Rebuffy es una pequeña calle que serpentea hasta perderse en el casco histórico de Montpellier. Nace en la rue Foch, una de las más elegantes de la ciudad y desde donde el Arco del Triunfo anuncia la entrada a un mundo medieval de sombras y cafeterías menudas. Me siento en una cervecería para resguardarme del calor. A pesar de ser primavera, Montpellier parece querer imitar al sur español también en las temperaturas. No se conforma con los álamos y las palmeras que reciben al viajero en cada plaza, ni con las terrazas que dominan el espacio urbano con su olor a café y juventud. En Montpellier se respira un aire catalán pero dotado de un orden más silencioso.

Occitania tiene una historia severa. Toda la región presume de más antigüedad que el norte de Francia junto. Incluso de ser mas sofisticada. Cuando París apenas era un erial de fango (de ahí el nombre de Lutecia), Grecia y Roma ya extendían sus emporios por la costa occitana. El lugar ha dejado ciudades históricas que conservan hoy el mejor patrimonio artístico de la época. Nimes, Agde y Toulouse son sus mejores ejemplos, con la vecina Marsella como puerto universal de todo el territorio galo.

Entrada la Edad Media, fue tierra de extremismos religiosos. La zona de Montpellier y los Pirineos se convirtieron en una frontera sin ley con los pueblos musulmanes y cristianos que comerciaban o se apedreaban, dependiendo del momento y del precio de la sal. Pero uno de los episodios más fascinantes de su historia surgió entre los siglos XI y XII. Me refiero al catarismo y su posterior herejía. No lejos de allí se encuentra el castillo de Montsegur, santuario de esta orden religiosa que se atrevió a tachar al resto de la Iglesia de impuros. Acabaron en la hoguera, sin poder distinguir al inocente del culpable. Dios se encargaría de reconocer a los suyos, dijo el inquisidor Almaric, mandado por el papa para detener todo aquello.

Pero el ambiente que se derrama en Montpellier está alejado de los inciensos pasados y de las revueltas más próximas. Es un centro universitario de primer orden. En la Facultad de Medicina estudió Rebelais y Nostradamus. Cada vez que he recorrido sus calles he intentado imaginar a Pantagruel y Gargantúa alborotando a los vecinos y al profeta de lo oculto hacer sus predicciones con botella de vino en mano.
Porque en su urbanismo cabe todo. Por mucho que se empeñe Montpellier, nunca se desprenderá de su acento mediterráneo y latino, a pesar de haber sido fundada en el siglo VIII. Todas las ciudades de Francia soportan el pecado capital de querer parecerse a París. Abrieron en el siglo XIX grandes avenidas comerciales, a imagen y semejanza del plan urbanístico del barón Haussmann; las estaciones de trenes que reciben al viajero son amplias, con relojes dictando el sentido del tiempo a los ciudadanos. Pero en esta urbe, afincada a escasos kilómetros del mar, se imponen el aire clásico y las calles estrechas.

Y no sufre melancolía de mar, como otras poblaciones cercanas. Cuando uno recorre la rue Barthez hasta el Jardín de Plantes, aspira el olor de las flores coloniales que trajeron los aventureros de la India y América. Una ciudad que encendió las luces de la Ilustración a la misma vez que se dejó atraer por otras culturas. Hoy, en Montpellier, el apellido más común es García, tras décadas y décadas de inmigración española. Primero vinieron los republicanos exiliados. Después, los miles de trabajadores que iban a la vendimia en los años sesenta y que mandaban cartillas con francos para aliviar la economía familiar. Yo aún descubro postales viejas que mandaba mi abuelo Julio a su mujer, Soledad, abuela que todavía hoy vive y cuyas letras relee en las postales como si acabara de recibirlas por primera vez. Luego la ciudad se contagió de la moda erasmus en los últimos veinte años, con estudiantes españoles que encontraron la posibilidad de trabajar en Francia cuando en España les esperaba una barra de bar y seis meses sin contrato.

A la altura de la catedral de Saint-Pierre, con un original pórtico de dos torres en su fachada principal, la ciudad nos recuerda que también es gótica. El contraste de los inmigrantes argelinos, que en los cincuenta llegaron al sur de Francia en busca de una vida mejor, resulta cada vez menos pintoresco. Las comunidades argelinas viven volcadas en las terrazas, bebiendo café y fumando cigarrillos negros, y han obligado a la ciudad a mirar también hacia el exterior. La sombra de la catedral, con sus torres y pináculos se cuela en la rue de la corraterie Saint-Germain, una calle sin salida en donde los jóvenes pasan la tarde jugando a la petanca, porque en Francia es un deporte lleno de vitalidad.

Y el calor se va apostando en las terrazas y el café se convierte en espuma de cerveza. Pronto descorcharán botellas de vino de Languedoc. Me gusta saber que esas botellas también guardan el esfuerzo de la generación de mi abuelo, entre vendimias al sol y postales llenas de nostalgia. ¿Acaso no hay mejor prueba de que el viajero que llega a Montpellier solo tiene motivos para ser feliz?

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