13 de julio de 2020
13.07.2020
La Opinión de Murcia
Crónicas de viaje

Micenas: el sol de Homero

"La ciudadela está rodeada por una muralla ciclópea, formada por sillares tan grandes como los viajeros que las contemplan. La entrada está custodiada por dos animales peligrosos que nos miran con recelo. Es la Puerta de los Leones, la línea divisoria entre la literatura y el mundo real"

13.07.2020 | 04:00
Relieve de la Puerta de los Leones, Micenas.

Esa misma mañana habíamos dejado Atenas y mostrado nuestras ofrendas a la diosa Deméter en Eleusis. Nos habíamos detenido en un alto de la carretera a observar el canal de Corinto, el sueño de Nerón por conectar la península itálica con Oriente, hoy surcado no por trirremes romanos, sino por embarcaciones de lujo británicas. A las tres de la tarde, cuando el sol estaba en su punto máximo, empezamos a ascender una carretera de tierra que serpenteaba. Olivos y pinos, el paisaje se abalanzaba en forma de colinas abruptas y al fondo creíamos intuir el Golfo Sarónico. Otra vez Atenas a lo lejos. Pero ya habíamos llegado. En ese punto nació el mundo homérico.

De las murallas de Troya a Micenas el camino es largo, pero son dos patrias fundamentales en el ámbito de la Antigüedad. Nos bajamos del coche algo fatigados. Las energías volvieron a nosotros al entrar en aquella extraña estructura. Se respiraba un aire fresco que nos traía a la cabeza la lanza de Aquiles, el casco de Héctor. Ahí estaba el Tesoro de Atreo, uno de los lugares mágicos de la arqueología. Atreo fue el padre de Agamenón, el jefe de los ejércitos griegos en Troya. Un rey poderoso en una época donde aún no se conocía el hierro. Tras un pasillo largo sin dintel, se accede a un espacio circular abovedado. Se trata de una tumba datada aproximadamente del 1.250 a.C. El milagro de sus formas consiste en una falsa bóveda, construida por superposición de hiladas. Bloques de piedra enormes sujetados sin argamasas, creando un cielo perfecto y oscuro, como debían ser las noches en la Grecia homérica.

Pero tan importante es Homero para Aquiles como Heinrich Schliemann para Micenas. Este señor alemán vivía obsesionado desde su niñez con un libro que le regalaron sus padres. Se trataba de La Ilíada y en él se narraban las hazañas y padecimientos de unos héroes con espíritu humano. A mediados del XIX, Troya no era más que un territorio mítico al que la arqueología no había llegado. Fue Schliemann quien decidió dejar la tienda donde trabajaba e irse a los Dardanelos, en la actual Turquía, a buscar la patria perdida de los héroes griegos. Y tras mucho cavar encontró la ciudad. Troya salió a la luz tras más de treinta siglos de silencio. Homero recitó sus versos por las cortes helenas, no inventando un ciclo mítico, sino elevando a categoría eterna soldados de carne y hueso.

Y Schliemann no se conformó. Tras finalizar las excavaciones en Troya, quiso desenterrar también el lugar donde todo empezó y partieron los barcos para conquistar el Mediterráneo. Con La Ilíada en la mano, desenterró el Tesoro de Atreo. Ahora la historia de Grecia contaba también con aquellos reyes y sociedades que habían poblado su geografía mucho antes de que Pericles le enseñase la democracia al mundo.

Que Schliemann identificase a Atreo o Agamenón con las tumbas abovedadas es algo menor. Hoy en día, de Atreo no queda más que el nombre y se duda incluso de su existencia. Pero la labor del arqueólogo alemán fue irreprochable. Le dio nombre y voz a una civilización anterior a la griega que nosotros heredamos. Una sociedad que se dividía en clases sociales y que era gobernada por un rey o wanax. Un mundo ensombrecido por una guerra despiadada pero que nos ha dejado unas cuantas ciudades fortificadas encaramadas en colinas. En definitiva, Schliemann demostró que el mundo de Homero era cierto. Y eso ya es suficiente para justificar el viaje de toda una vida.

Llevábamos el maletero lleno de libros. Micenas ha inspirado las mejores líneas de una literatura dilatada en el tiempo. Fueron los pañales de nuestra civilización. Sin ella no habría Safo, ni Eurípides, ni Alejandro, ni Roma. Dejamos atrás el Tesoro de Atreo y seguimos el trazado de la carretera, ascendiendo unas colinas más. A unos pocos centenares de metros, apareció la antigua ciudad de Micenas, sostenida entre olivos y piedras. La ciudadela está rodeada por una muralla ciclópea, formada por sillares tan grandes como los viajeros que las contemplan, como dijo Pausanias en la primera guía de viajes de la historia. La entrada está custodiada por dos animales peligrosos que nos miran con recelo. Es la Puerta de los Leones, la línea divisoria entre la literatura y el mundo real. Caminamos extasiados por una pista de piedras. Observamos los templos que un día se alzaron para honrar a dioses iracundos, las asambleas donde los aristócratas votaban las penas capitales, las casas donde los agricultores convivían con los animales.

Micenas es una parada obligatoria para todo enamorado del mundo clásico. Pero la fortuna incluso sonríe a los viajeros. Alejado de las rutas turísticas, muchos no son capaces de apreciar que tras esas piedras se esconde una vida tantas veces anhelada. Solamente algunos visitantes, huyendo del calor con un sombrero de explorador, se emocionan ante el trazado de las calles de su acrópolis. Y por primera vez en Grecia pude disfrutar de un silencio disputado con los sentimientos, a la sombra de un olivo. El sol de Homero, que dijo Machado. Y yo añadiría que también es el sol de todas las infancias.

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