31 de agosto de 2017
31.08.2017
Los Nuestros
La Colección de Ángel Fernández Saura 

Pepe Lormiga, 1982

Se trata de la buena gente de los ochenta, los que agotábamos las noches y nos bebíamos los días con resaca, pero cumpliendo con las obligaciones

01.09.2017 | 22:22

Juntos en las madrugadas

Se trata de la buena gente de los ochenta, los que agotábamos las noches y nos bebíamos los días con resaca, pero cumpliendo con las obligaciones. Pepe Lormiga era y sigue siendo insustituible, aunque aquellas horas no son estas, ni los cuerpos, tampoco. Aquí, Pepe y su grupo, que siento no saber llamarles por su nombre, están en la Puerta del Pozo; aquel mítico bar de copas de la calle de Oliver de Murcia, en el rincón de la puerta que conduce directamente a las rampas de la torre de la catedral y que llaman como el garito. Local con música en vivo donde Lormiga exhibía sus facultades de intérprete y compositor; con registros muy varios que a todos nos entusiasmaba. Entonces supongo estudiante, luego profesor de filosofía. Pelo alborotado y ojos azules, amigo de amigos, amigo. Y en su repertorio dos piezas ilustres de creación propia: El demonio es una villana, con letra de Antonio Jesús Gras y Albañil de medianoche, temas editados en un single de vinilo. 

La Puerta del Pozo, Bar, la montó en ese recodo José María Parra Albarracín; lo cuenta la guía secreta de Murcia, ni más ni menos, un recordado amigo profesor del conservatorio y aficionado a la noche. Porque la noche y la madrugada tienen su vocación y su prestigio. Después la regentó Estan, un frio sueco llegado de aquellas latitudes; a él el grupo de la Revista Cultural el Pregonero le arrendó una temporada el bar. Artistas metidos a empresarios, un fracaso anunciado, pero una experiencia inolvidable. Y claro, música en directo. Lormiga, Monda, Tote, Ginés, nos hubieran hecho firmar aquello como inacabable. El grupo, Ángel Haro, Marcos Salvador Romera, Eduardo Carrasco, Ramón Garza y yo mismo, teníamos los estudios en el edificio colindante, así como también la Galería Zero. Sublime en la infraestructura. Al final tuvimos que abandonar, yo conseguí, y es mérito que no he utilizado nunca, saber la marca de ginebra o de whisky preferido por toda la progresía –y algún infiltrado– murciana de la época. Después, el espacio lo recuperó para el arte Emilio Morales, instalando la Galería de Arte La Ribera; no era lo mismo, pero guardaba sabor y espíritu. Venían tiempos más apaciguados, madurábamos. Hoy es una cafetería. 

En la Puerta del Pozo, oyendo a Pepe Lormiga, vivimos de todo en fraternal armonía; salvo cuando se subían algunas copas de más y el alcohol ascendía en libertad a la cabeza. Se cerraba a la hora que la autoridad indicaba, pero nos quedábamos dentro interminablemente en la madrugada; tirando tejos y recogiéndolos, fracasando todos los días en asunto tan importante en aquella edad en celo que no volverá. Era privilegio de unos pocos conocer el santo y seña, el toque en la puerta guardado en secreto, para que nos abriesen o abrir, a deshora, con el sol arrancando del letargo invisible. Sonaba un bolero o algo de salsa; aquella Aquarela de Toninho. Garci estrenaba Solos en la madrugada, mientras nosotros contabilizábamos las asignaturas pendientes, sin conocer a Fiorella Faltoyano que nos ponía mucho. Lormiga, después, ha escrito letras y compuesto canciones para grupos como Parrandboleros, en activo y en tiempos cercanos. La verdad es que se echa de menos mientras acariciamos cierta melancolía. 

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