21 de agosto de 2017
21.08.2017
Misterio

Murcia, una tierra de brujas

Estas leyendas surgen entre los siglos XVI y XVIII, donde la magia negra se desarrolla sin piedad en diferentes municipios que abarcan la Región de Murcia

21.08.2017 | 04:00
Murcia, una tierra de brujas

Cuenta la leyenda que municipios como Alcantarilla, Cehegín y Alhama son algunos de los lugares más concurridos por la existencia de brujas

Entre los siglos XVI y XVIII la mayor parte de los casos de brujería en los que actuó el Tribunal del Santo Oficio de Murcia se dieron en Yecla, hasta el punto de que se hizo famosa por sus brujas. Los vecinos afirmaban en el siglo XVIII que los forasteros no querían pasar por allí porque les tenían miedo.

Tal y como relata el físico Javier Arries, algunas brujas famosas de Yecla son María Martínez, a la que apodaban ´La del Trueno´ y ´La Gila´; María Castaño, ´La Sevillana´; Francisca Azorín, a la que llamaban ´La Padrenuestra´; o Josefa Cueva ´La murciana´.

Una de estas brujas, Ana Román, ´La Tierna´, fue acusada en 1767 por un vecino llamado Benito Martínez, quien le habría pedido un hechizo para curar a su cuñado enfermo. Benito le daba 40 reales pero la bruja le regateó y consiguió algunos más. Con el dinero ya en mano le dijo que para casos de salud la mejor de ellas era su comadre, Josefa ´La Murciana´, y que debería esperar hasta el día de San Antón para saber que ésta le dijera algo. Además, trató de seducir a Benito, pero este se negó a tener trato carnal con la bruja.

Llegó San Antón, pasaron los días y, como no tenía noticias, Benito fue hasta la casa de Ana Román. Ella le dijo que su cuñado estaba curado. Benito tomó un cuchillo y se lo puso en el cuello. Ella le confesó entonces que su cuñado estaba bajo un hechizo de Francisca Azorín, ´La Padrenuestra´, y de María Martínez, ´La Gila´. Así llegó el caso a oídos del Santo Oficio.

María Martínez, ´La Gila´, habría tenido un affaire con otro vecino, Pedro Muñoz, que la dejó por otra mujer. La bruja entonces lanzó un hechizo sobre él y cayó enfermo. Algunos testigos afirmaban que el tal Pedro, bajo los efectos del hechizo, incluso levitaba en ocasiones. Varios familiares del enfermo le llevaron a la presencia de María Martínez para que les dijeran quién le había hechizado. Ella tomó un cuenco y lo puso en el fuego de la cocina. Le dijo entonces al enfermo que mirara en él y vería pasar dentro a varias brujas. La que se quedara mirándole fijamente sería la que le hechizó. El enfermo, al mirar vio la imagen de Francisca Azorín ´La Padrenuestra´.

Éste, iracundo, tomó un cuchillo y dijo que iba a por Francisca, pero María le dijo que el hechizo se lo habían hecho las dos. Pedro Muñoz fue a ver a Pedro Antonio Ortuño, sacerdote de Yecla. El cura practicó un exorcismo sobre él, pero fracasó, así que acabó muriendo. Entraba a menudo en estados de desmayo y padecía alucinaciones en los que veía en ocasiones a las brujas arrebatándole cruelmente su miembro viril.
En Alcantarilla se decía que había un lugar, el Llano de las Brujas, que nadie sabe localizar, en el que se reunían las hechiceras. Se cuenta la historia, por ejemplo, de un tal fray Blas, que de regreso a su monasterio fue raptado por las brujas y llevado a ese lugar para que presenciara el aquelarre. Una coplilla que data al menos del siglo XVIII dice: «En Alcantarilla, brujas, alcahuetas en La Raya».

Inés de Pisa, ´La Membrilla´, fue procesada por el Santo Oficio en 1584 acusada de dibujar círculos mágicos desde los que invocaba a los demonios.

En Cehegín fue procesada en 1637, María López, curandera que confesaba haber vendido su alma al diablo para obtener sus poderes, declaración que hizo bajo tormento. En este caso fueron las autoridades del pueblo las que tomaron cartas en el asunto, y al final intervino la Inquisición. Al final la pena se quedó en azotes y destierro por cuatro años.

En Alhama de Murcia se procesó a Ana de Robles, que invocaba a los diablos para predecir el futuro y usaba el crucifijo en sus conjuros. En Murcia, Ana Bautista, a la que llamaban ´La Berberisca´, viuda de un morisco granadino, realizaba invocaciones a los demonios frente a un corazón de cordero atravesado por alfileres o sobre calderos con orín, sal, vinagre y polvos. Tuvo que reconocer sus faltas y fue condenada a 200 latigazos y seis años de destierro.

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