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Baloncesto

El Caesa Cartagena, más hundido que nunca

El equipo de Alonso también cae en el Palacio de los Deportes ante Leyma Coruña, tras otro partido nefasto

Caesa Cartagena - Leyma Coruña

Caesa Cartagena - Leyma Coruña / Ivan urquizar

José Antonio Muñoz Devesa

“Vivimos algo irreal la temporada pasada”. Así hablaba David Ayala, presidente del Grupo Caesa Cartagena, un equipo que, ciertamente, ha cambiado. Y mucho. Tanto, que se ha convertido en el peor año del equipo albinegro. Nunca había acumulado sus números actuales, con diez derrotas en los 12 primeros partidos de liga. Si a ello se añade la tempranera eliminación en Copa de España, el asunto adquiere caracteres de desastre.

Y es que el cuadro de Félix Alonso está en crisis, desde luego, en una crisis que va mucho más allá de lo anímico y que afecta a la calidad de los jugadores, dudosa en varias posiciones clave: por ejemplo en la conducción del juego, bajo los aros y también a la hora de armar la mano lejos de canastas. Anoche, en su pabellón, los cartageneros se volvieron a estancar en un número que bordea el territorio de lo ridículo.

Caesa Cartagena - Leyma Coruña

Caesa Cartagena - Leyma Coruña / Ivan urquizar

Uno de los principales culpables fue Jorgensen. Es Jorgensen, Paul Anders Jorgensen, el alero del Leyma Coruño, un extraño caso de jugador de baloncesto. Invisible e inalterable, oculto pero constante. Un tipo con actitud de secundario, vocación de hormiguita y peso, en número, en estadísticas, de estrella. Un tipo con actitud de secundario, vocación de hormiguita y peso, en número, en estadísticas, de estrella. Así, sin ruido, como quien no quiere la cosa, Jorgensen, el alero invisible coruñés, fue socavando la pequeña cuota de resistencia que aún le queda a un Caesa Cartagena minúsculo.

Y es que si Leyma Coruña cometió errores, que los cometió, el cuadro albinegro no cesó ni un minuto de errar, principalmente en el pase. Y en el tiro. Y cerrando el rebote defensivo. Jugando al baloncesto, en definitiva. Davis no controló el partido en ningún momento, y su sustituto, Martín, menos aún. Y dentro de la zona, excepto la actitud corajuda de Faverani tampoco existió. Un desastre.

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