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La Opinión de Murcia

Pasando la Cadena

Las cosas y la Champions, en su sitio

LAS COSAS Y LA CHAMPIONS, EN SU SITIO

Lo del Madrid no tiene lógica ni análisis que valgan. Tampoco padre ni madre, aunque sí espíritu. Da igual quienes estén en el césped, en el banquillo o en la grada y hasta en los despachos. Desde Di Stéfano a Benzema, quien más me lo recuerda aun con menos recorrido, o de Bernabéu a Pérez, esa camiseta y su escudo solo se explican con una mística tan singular como extraordinaria.

Por lo más reciente, cuando se fue Cristiano parecía que la magia blanca se acababa, a mí el primero. Cuando se marchó Ramos, imaginábamos la retaguardia blanca como un colador y a las contrarias aliviadas en los minutos añadidos, para mí también. Tras la fuga de Zidane, sospechábamos de una columna vertebral merengue pasada de años y glorias marchitas que el bonachón Ancelotti sería incapaz de reverdecer o reinventar con otros jugadores; en ese credo militaba el que suscribe. Y cuando Mbappé eligió a otro, el universo blanco crujió, aunque algunos advertimos que el Real Madrid seguiría ganando y que por ese desaire la Champions catorce estaba más cerca; una fiera herida es más peligrosa que sana. Y así ha sido.

Metafísica pura, con un aura solo al alcance de quien levita en sueños y arrea despierto. Era la Copa de Europa del Madrid. Tanto románticos como hiperrealistas, deseaban un final feliz a la andadura más peliaguda de los blancos en el continente. El Real se ha cargado a los clubes más poderosos del mundo y a la opulenta Premier de una tacada. Cuando se escriba la historia futbolística del Siglo XXI habrá que hacer un capítulo aparte con esta Champions. Los misterios del fútbol o los milagros también existen podrían ser titulares del mismo. Inferior en expectativas, juego y medios a PSG, Chelsea, City y Liverpool, pero con más goles a favor decisivos, con un ocasional demonio blanco de nueve. Y el santo de turno en la puerta propia. Digo ocasional y de turno porque tratándose del Madrid se pueden obviar los nombres propios. El otro bicho goleador de esta temporada europea, Rodrigo, solo salió al final como adorno. Con esa camiseta siempre toca un pito o una pelota. Sería larguísima la lista de jugadores que jalonan los momentos cumbres del Madrid. Siempre ha habido un roto para cualquier descosido o jugadores puntuales en estado de gracia para circunstancias excepcionales. Aunque sea redicho, el Madrid no juega finales en Europa, las gana. Dos de dieciséis son las excepciones que confirman tan inequívoca regla.

Y como en las películas simplonas, ahora viene cuando la matan. Sin el fenómeno Mbappé, ya pregonan nombres como refuerzos. Y se anuncian despedidas tristonas. Es igual, amigos. Y será lo mismo, queridos. El Madrid, juegue quien juegue, que decíamos, seguirá cosechando títulos como el que ve llover. ¿Fulanito?, ¿menganito?, ¡qué más da!, si luego aparecerá el tapado y le sacará tres cuerpos en meta a quien sea.

Es hermoso ser merengón, apasionante ser futbolero antes que nada, y demasiado cruel ser antimadridista. Ya sé que es la salsa del fútbol, que el forofo es la figura entrañable de este deporte, que aplaudir a los propios y silbar al contrario es el contrapunto gracioso de cualquier estadio, y que militar en la desgracia no le gusta a nadie. Pero creo que por primera vez el Madrid ha puesto de acuerdo a todos en esta Champions. Se la merecía por encima de cualquier querencia. Solo hay que escuchar hasta a sus peores oponentes, empezando por el derrotado y elegantísimo Klopp. Y no pasa nada porque la temporada que viene será otra historia.

Hace veintidós años disfruté en París con un hijo y dos sobrinos la final europea contra el Valencia. Y junto al buen recuerdo deportivo, conservo en la retina los puentes del Sena engalanados con banderas de ambos clubes. Y los restaurantes llenos de aficionados con emblemas madridistas y valencianistas en sana y deportiva armonía, brindando y convidándose unos a otros. Qué fabuloso es este juego cuando las buenas maneras acompañan. Y ocurrió lo mismo que ahora. El Valencia de Cañizares, Albelda y compañía llegaba mejor a la final y parecía claro favorito. Pero aparecieron unos tales Raúl, Morientes y Casillas, con Hierro y Sanchís ausentes, sustituidos por Karanka, Campo y Helguera, como podían haber sido otros, y la octava a la buchaca. Un clásico.

El Real Madrid ha puesto otra vez las cosas en su sitio quitándose disgustos de un championazo.

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