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La Opinión de Murcia

Pasando la Cadena

El as y el mono

José Luis Ortín.

Una vez dado julepe a la Liga, toca cantar las cuarenta en Europa. Como decíamos, Ancelotti ha conseguido un récord difícil de igualar: ganar como entrenador las cinco grandes competiciones europeas de la regularidad. Y esta última, además, le ha debido saber a gloria. Porque ser campeón tan anticipadamente y con tanta diferencia de puntos es otra conquista singular en el otoño de su vida, máxime en un club de tan enorme trascendencia como el Real Madrid. Así lo destacó en Cibeles.

También se ha sacudido otro sambenito. Esta vez, la primavera le ha florecido exuberante y sin las fatigas alérgicas que caracterizaban a sus equipos. Si le unimos el hecho de que su segundo es su propio hijo, podemos asegurar que es difícil que nadie en este proceloso mundo futbolero pueda ser más feliz. De aquí a un retiro tan dorado como merecido media poco trecho. La conjunción de astros ocasionales que han hecho posible tantos logros es difícilmente repetible. Y a esa sabiduría deberían ajustarse él mismo y su baranda Pérez.

Que Benzema haya jugado seguramente la mejor temporada de su vida, cuando por ley natural se asoma al último tramo de su carrera. Que Courtois haya cuajado en el mejor portero del mundo tras tantos años en el intento. Que Vinicius, por fin, enfile el camino del estrellato. Que Modric halle en sus últimas lunas la convalidación de su balón de oro. Que Militao y Alaba, por ese orden, hayan eclipsado a Ramos y Varane. O que hasta el oscurecido Rodrygo aparezca in extremis para reivindicarse en el Real y, de paso, llame a la puerta de los elegidos, son realidades que mezcladas con la necesaria suerte del campeón alumbran un equipo ganador de quince en plantilla y pocos más como palmeros, que puede ser legendario si, encima, echa a Guardiola y a su milloneti City de la Champions. Camino de eso lleva el Madrid del italiano bonancible y bailongo.

¿Dónde están quienes vaticinaban hace pocas semanas que había Liga? ¿Dónde se meten los que aseguraban que el Barça se pondría a pocos puntos del Madrid? ¿Y quienes hablaban de flores o suerte? ¿Y los antimadridistas irredentos que mezclan bilis con resabios, resentimientos y odio? Seguramente, andan escondidos tras su impotencia esperando que el miércoles, por fin, otra bestia negra de los blancos los humille en el Bernabéu. Pero igual hubiera sido al revés, con argumentos a la contra parecidos, si los demás hubieran apretado y los blancos anduvieran caminos de pena. Mas esta temporada, el Real Madrid es un justísimo y brillante campeón. Y resulta otra evidencia. En fútbol, quien asegura algo, en realidad, alberga muchas dudas. De ahí la conveniencia de relativizar y dejarse las anteojeras.

El otro día, en la presentación de «Cuando madura septiembre’» mi primera novela, tuve la satisfacción de que un amigo como Antonio Sánchez Carrillo, con quien comparto confidencias futboleras, aseguró a los asistentes, por motivos que no vienen al caso, que también leyéndome en temas de fútbol es difícil saber si soy merengón o culé. Y esa es la clave. No se trata de equidistancia, sino de equilibrio. Ejercicio que intento cuando se puede mirar desde distintos ángulos. Todas las querencias son respetables dialogando razonablemente, pero equilibrarse en tan fino alambre debería ser obligación de quien aspire a divulgar ideas.

Escribir, hablar o influir desde una trinchera contra nuestros fantasmas, que siempre acompañan en el camino de la vida, es vano, pueril y hasta esperpéntico, además de injusto y desacertado por miope. Pero es solo una opinión. Cada cual es libre.

Volviendo a lo nuestro, el Real Madrid ha acelerado cuando sus seguidores han cogido una pájara tan impropia como sorprendente. Sevilla, Atlético y Barça parecen empeñados en que el Betis eche del podio a cualquiera de ellos, y en esa pelea estamos. No solo no es descartable, sino que parece lo más seguro. Y en tal resaca, Lopetegui, Simeone e incluso Xavi pueden pagar la factura. El fútbol tiene esas cosas cuando hace pocas semanas parecían semidioses entre sus aficiones. Lo del vasco se cantaba; el argentino tal vez esté en su ocaso colchonero; y el catalán puede entonar el adiós cuando aún resuena su ilusionante hola. Mientras, Pellegrini también peina cartas.

Ancelotti lleva el as luminoso y el mono. Como pinte el rey y el caballo de oros el miércoles frente al profesoral Guardiola, va a cantar las cuarenta a más de uno.

Tute divertido, con perdón.

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