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La Opinión de Murcia

Pasando la Cadena

Tras el color con que se mira

Luis Enrique, cogiendo un balón durante un partido.

Decía Einstein, tratando de explicar la relatividad, que si cortejas a una mujer, una hora te parece un segundo, pero si te sientas sobre carbón ardiendo, un segundo parecerá una hora.

El deporte en general y el fútbol en particular, donde se compendian la mayoría de atributos humanos para bien y para mal, tienen un componente relativo importante. Por eso son excelentes escuelas de vida.

Y volviendo al sabio, una semana nos puede parecer un suspiro o una lenta agonía, según el último resultado y cómo se haya producido. En el Madrid, por ejemplo, los días posteriores a lo del PSG debieron saberles a poco y, al contrario, las dos semanas que soportan antes de viajar a Vigo tras la debacle con el Barça deben ser un suplicio monumental. Que tu máximo rival te chorree en casa es una humillación histórica de las que se atesoran en el imaginario colectivo de unos y otros. Sin embargo, dentro de esa misma relatividad, en cualquier partido de fútbol las cosas pueden cambiar en décimas de segundo si la fortuna sonríe o es esquiva.

Mismo partido, idénticos jugadores, ambiente similar, pero si no falla el portero italiano de los parisinos en el primer gol de Benzema, probablemente estaríamos hablando de otra cosa. Así como pudo haber sucedido en el Madrid-Barça si Vinicius acierta ante Ter Stegen y empata el encuentro. El estado de ánimo que infunde y confunde a veces en el fútbol se rearma o desinfla en cualquier instante. Y la suerte no se entrena. Esta realidad no modifica el relato de lo sucedido, pero debería hacer reflexionar a los resultadistas.

Y hay otro aspecto que también influye poderosamente en nuestra perspectiva de las cosas: la simpatía o antipatía ante personajes, clubes o instituciones.

Luis Enrique sabe bien que tiene más detractores que fans entre los aficionados y comunicadores. La naturaleza no le dotó de cualidades empáticas ni Dios lo llamó por el camino de la relatividad. Porque cuando se anda esa senda las verdades absolutas no existen. Y el asturiano, más allá de sus indiscutibles cualidades técnicas, está empeñado desde el principio de su vida pública en topar contra casi todos y en despreciar cualquier opinión contraria a sus criterios o querencias. Y parece satisfacerle que sus críticos desbarren censurándolo. No se corta ni teme la acidez ocasional de comentarios adversos. Y también esa personalidad tiene dos o más caras. Conducirse así contra viento y marea puede beneficiar por cuanto supone mantener con firmeza el timón del barco que maneja, pero de igual modo le acerca al naufragio la falta de cintura ante circunstancias cambiantes. La soberbia, como la falta de capacidad de adaptación, son muestras de escasa inteligencia emocional en las personas.

Hace años, un amigo veterano me afirmaba que se puede ser muy gallo en la vida, pero que si alguna vez hay que agacharse a poner un huevo, se hace y no es menoscabo de nada. Antes, al contrario, es una demostración de sabiduría. Mucho más si se reflexiona al respecto para aprender. Recuerden aquello de Goethe sobre que los errores cometidos eran la fuente de sus conocimientos.

Luis Enrique y España tienen en Qatar un Rubicón implacable. O cuajan las hojas verdes que vimos en la Eurocopa y en el torneo de Confederaciones o se marchitarán para siempre tanto el mando del asturiano mal encarado como la de la generación que dirige. Y otro vendrá, probablemente Marcelino, para intentar reverdecer laureles con los restos del naufragio.

Asimismo, Ancelotti, si además de ganar la Liga no llega dignamente a semifinales de Champions, como poco, ya puede buscar nuevo destino. Los días de blanco y quizá de banquillo lustroso habrán llegado a su fin. La humillación ante el Barça pesa mucho y será otro quien dirija la gloria con Mbappé y seguramente Haaland. Raúl y Low, viejo deseo de Pérez, acechan.

Xavi vive días de rosas que deberá confirmar con un puesto señero en Liga y algo grande en esa Europa League que desprecian los culés más acérrimos; viven con demasiado amargor la realidad que dejó el torpe Bartomeu en Can Barça. Tampoco ellos conjugan claramente la relatividad futbolera. Y es que, la tontuna va tanto por barrios como por prepotencias o vanidades. Debería tomar nota el extremado Laporta.

Aceptar que casi todo es relativo es buen camino para manejar el calidoscopio con el que nacemos. Es decir, vislumbrar realidades y suertes tras el color con que miramos.

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