El sábado se anunciaba como un escaparate resumido no tanto de la Liga como de la realidad del fútbol patrio. Nuestros siete mejores equipos rendían cuentas ante media España.

Como siempre, defraudaron unos y alegraron otros a sus parroquias, pero, en cualquier caso, pudimos ver una radiografía prenavideña de la salud deportiva de quienes competirán por el podio nacional y nos representan esta temporada en Europa.

Madrugó el Sevilla por la impropia hora de su partido para la afición española y por el tempranero gol que a la postre le dio el triunfo. Para quienes la comida es un placer, las dos de la tarde es hora de buena mesa y no de fútbol; esa costumbre es para países donde el almuerzo es solo un trámite engorroso. Lástima de hijos.

Y vimos un equipo sufridor, con su técnico Lopetegui mordiéndose las uñas en la banda, frente a un Villarreal de querencia futbolera exquisita, pero con la falta de gol que evidenció su estrella, Gerard Moreno, fallando uno cantado con el tiempo casi cumplido. Emery no cuajará sus buenas ideas mientras dure esa frustrante orfandad, y los sevillistas vivirán en el alambre de los resultados mínimos por lo mismo. Mirando la plantilla de los amarillos, esa minusvalía se refleja contradictoriamente en su clasificación, así como Europa los ha puesto junto a los de Nervión frente a su espejo. Sin goles, el fútbol no es nada.

Es el mismo calvario del Barça. Fuera Koeman con sus inventos o el ilusionante efecto Xavi, con los fenómenos juveniles sembrando esperanzas, jugarán en España la liga de los segundones mientras no encuentren quien enjaule el balón en las redes contrarias, y en Europa ni se les espera. Eso sí es lo que hay, pese a la depresión que causa a los culés.

Los blaugranas que pensaran que los cincuenta goles que perdieron con la marcha de Messi y el desprecio a Griezmann serían pasajeros, eran tan zoquetes en esto del fútbol como los merengues que se sintieron aliviados en su día con la pérdida de Cristiano. El duelo por futbolistas inigualables es largo, tortuoso y deprimente.

El semblante de Simeone ya reflejó en Cádiz el camino de espinas que anda en su búsqueda de la excelencia. Y otro modesto, el Mallorca, le sirvió en casa el frío y agrio cáliz de la impotencia. Pero los problemas del Atlético van más allá de la falta de gol. Ni manda en el campo ni guarda bien su puerta. Y eso es más grave. Hallar el equilibrio arriesgando es la piedra angular del racial técnico argentino. Cuestión tan seria que puede llevárselo a él por delante, dando fin a la etapa histórica más lucida de los colchoneros.

Todo lo contrario de la realidad que vive el Betis de Pellegrini. La piña que hicieron sus jugadores con el gol de Juanmi tras el jugadón de Canales, repetida al confirmarse el triunfo final en Can Barça, dice mucho del momento mágico que atraviesan los verdiblancos. Un equipo que sí ha encontrado el arca perdida de tiempos pasados de la mano de uno de los mejores técnicos del último cuarto de siglo. Que pregunten en Villarreal, Manchester y Málaga por el fútbol desplegado con el ingeniero. Pellegrini es sinónimo de buen juego y mejor rollo con cualquier plantilla. Y en el Madrid porque no le dieron margen ni tiempo. La larga lesión de Cristiano tuvo mucho que ver en la precipitada decisión de Pérez.

La Real del probo Imanol vive sin vivir cuando le faltan Merino y Silva, sus muñidores de juego, pese al meritorio despliegue de buenos canteranos. Y es que, no suena bien ninguna orquesta sin batuta.

Y llegamos al rumboso Real Madrid de Ancelotti. Aparte de su arrolladora marcha doméstica y del desahogo en Champions, la explosión definitiva del emergente Vinicius, gracias a su confianza y consejos, y probablemente la recuperación del ex desaparecido Jovic, donde la mano de su hijo Davide es santa, justifican otorgar al italiano el título de mejor entrenador de la Liga, al margen de encumbrarlo como uno de los distinguidos en la historia blanca. El valor de mercado de ambos futbolistas, con el brasileño ya efectivo, lo avalan.

Como ante la verdad no duelen prendas, chapeau para Florentino por su refichaje. Un acierto de época que puede refrendarse, además, si los blancos cruzan con éxito el Rubicón de Marzo; punto débil de los equipos de Ancelotti.

De momento, que les echen un galgo.