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Simon Biles: medalla a la salud

Simon BILES: medalla  a la salud

Simon BILES: medalla a la salud / Santiago Peláez

Santiago Peláez

Si Sigmund Freud levantara la cabeza, mandaría llamar a Simon Biles para averiguar qué trastorno mental le hizo abandonar la competición nada más empezarla.

Lo que le ha ocurrido a la reina de la gimnasia no es ninguna novedad. El sentimiento de soledad que sufre un atleta de talla mundial en unos Juegos es difícil de explicar. La mayor parte de las veces se silencia. Y pocos atletas tienen el valor que ha tenido la gimnasta norteamericana de anunciar al mundo entero que no ha sido una lesión la que le ha impedido continuar la competición, sino un problema mental que desea tratarse, porque la salud es más importante que las medallas.

La tenista japonesa Naomi Osaka ha corrido la misma suerte. Hace meses la número 2 del mundo se marchó del torneo de Roland Garros por la atención desmedida que provocó su actuación en su país. Y eso mismo le ha ocurrido durante los Juegos. Eliminada a las primeras de cambios. se ha marchado a casa sintiendo que ha decepcionado a todo el pueblo japonés. Toda una desgracia para una persona tan responsable.

El ex nadador Michael Phelps, ganador de 28 medallas olímpicas, pasó también por una gran depresión que incluso le pudo costar la vida de no retirarse a tiempo, como lo ha hecho Simone Biles.

La visión que se tiene desde fuera sobre los reyes de la competición es equivocada. No son superhombres o supermujeres. Son gente de carne y hueso, con sentimientos y una gran sensibilidad. Y a veces un sentido de la responsabilidad tan exagerado que les anula.

Un giro mortal, bueno, pero no excelente fue el detonante del adiós de Simon Biles en Tokio.

Llevaba tiempo pensando que ya no era quien fue en los Juegos anteriores y no quería que se enterase nadie de ello. Por las noches apenas dormía dándole vueltas al asunto. Sabía que Simone Biles solo tenía un gran rival para arrebatarle el oro por equipos y el oro en la prueba individual de los Juegos de Tokio: ella misma.

Pero esa percepción de que podía fracasar y con ello decepcionar al mundo entero ha repiqueteado tanto en su interior que le ha creado una neurosis que los responsables del equipo de gimnasia americano conocían perfectamente pero que han preferido ocultar para que las rusas no sacaran provecho de ello.

Lo que no calcularon es que Simone se iba a romper a las primeras de cambio y ahora quiere perderse en el lugar más alejado del mundo para que nadie le moleste ni le reproche nada.

Se acabaron las visitas a la Casa Blanca para ser recibida con todos los honores por el presidente. Ahora seguro que será tratada como una ‘loca’. Allá cada cual.

Si Sigmund Freud no se hubiera muerto y pudiera hacerlo habría mandado llamar a Biles para convencerla de que lo que le pasó fue algo absolutamente normal. Son los procesos psíquicos inconscientes los que influyen en el pensamiento y la conducta y crean la neurosis.

El padre del psicoanálisis le hubiera recomendado viajar a su Austria natal para curarla con la palabra y los sentimientos. La habría llevado a cualquier lugar donde los Alpes dibujan una bella estampa de paz y tranquilidad. Y luego hubiera empezado a hablar con ella mientras caminaban junto a la vereda de un riachuelo que trae las aguas limpias y transparentes desde lo más alto de la montaña. Y le habría pedido que le contara su historia. No la última. No la más reciente. La anterior. La primera que recuerda.

Y Simon Biles le habría contado que siendo muy niña sus padres la llevaron a un gimnasio porque desde que era un bebé parecía reunir grandes condiciones para la gimnasia. Y que allí se hicieron cargo de ella y desde entonces perdió para siempre su independencia. Primero en el equipo infantil. Luego en el juvenil. Nunca desde entonces fue feliz. Diez horas de entrenamiento diario. Cinco por la mañana y cinco por la tarde. Cuando descansaba era para estudiar. Cuando estudiaba para aprobar todas las asignaturas.

Retrasaron su ciclo hormonal. Retrasaron el hacerse mujer. Tuvo la regla mucho más tarde que las demás niñas de su edad.

Apenas podía comer. Cenar: un yogur. Y si la tostada de pan del mediodía le había hecho ganar 200 gramos de peso, al día siguiente debía exigirle a su cuerpo un esfuerzo suplementario para perder aquel peso de forma natural. La dieta siempre estricta. Los gritos del entrenador continuos. «Mal ese giro. La caída con las piernas flexionadas. El salto mortal no es completo. Debes darle más impulso a tu cuerpo. Hoy tienes un día negro, a ver mañana. Eres la mejor y la mejor debe demostrarlo cada día ante sus compañeras. Miradas de envidia. De resentimiento de algunas de ellas. De conmiseración otras. Y mucha prensa. Los periodistas quieren saber si va a volver a ser la reina de los Juegos. ¿Vas a volver a conseguirlo? Y la sonrisa forzada, el gesto torcido, la mira inquieta, y yo que sé pero enseguida los ojos del entrenador clavados en ella con un gesto de reproche. Hay que ser siempre positiva. Hay que saber lo que se dice y cómo se dice a la prensa. La reina ha de ser perfecta todo el tiempo y mucho más delante de los periodistas. ¿Lo comprendes? La reina siempre ha de ser reina.

Hasta que el cuerpo hace crack. Y ya le importa un bledo el mundo. El qué dirán. Se está volviendo loca. Loca de atar. Ya no se conoce a sí misma. ¡A la mierda todo! Esto debe acabar.

- Señor Freud, ¿es usted un buen psicólogo?

- Soy un buen neurólogo. Pero sé lo que tienes que hacer.

- ¿Es usted como cualquiera de los loqueros de mi país?

- No. Dicen que soy una mente privilegiada y que te puedo ayudar. Por eso estás aquí.

- ¿Y qué me aconseja usted?

- Que seas feliz.

- ¿Y eso cómo se hace?

- Escapando de todo lo anterior. Volviendo a nacer. Abriendo los ojos a una realidad distinta. Saliendo con el chico que te guste. Enamorarte. Hacer el amor con él. Formar una familia. Escuchar el llanto de tu hijo. Comer lo que te dé la gana. Negarte a hacer más declaraciones. Abandonar la gimnasia para siempre. Desaparecer. Dejar de castigar tu cuerpo cada día. Relajarte. Contemplar el maravilloso mundo que te rodea.

- ¿Y es posible todo eso?

- Has de aprender a ser feliz, si quieres ser feliz. El camino será largo porque llevas mucho tiempo por el lado equivocado. Pero aquí mismo, si cierras los ojos y aguzas el oído, sabrás seguir el curso del río por el ruido de las aguas. Sigue ese camino. No el equivocado. Y serás feliz, hija mía.