Con acento

Maialen Chourraut, la piragüista de hierro

Santiago Peláez

Después de haber estado en seis Juegos Olímpicos y conocer el ‘paño’ de los atletas, suelo decir que todas las medallas son iguales, las consiga quien las consiga, pero no todas son tan iguales, algunas son diferentes. La que ha logrado la vasca Maialen Chourraut es especial y me ha llegado al corazón. Por eso he querido dedicarle este artículo.

Es la medalla de una cabezota de 38 años de edad, ganada en piragüismo, aguas bravas, luchando contra el vértigo que le ha perseguido durante un tiempo, por lo que tuvo que entrenarse en su tierra con una pinza en la nariz cada vez que invertía su canoa contra las aguas frías que se revuelven y te agreden como iba a ocurrirle en Tokio. Estaba preparada para darle vuelta a la canoa y seguir surcando con su pala el camino que llega al triunfo. Pero hacerlo a los 38 años tiene un mérito especial. Ya no dispones de la fuerza suficiente para que la canoa se mantenga panza arriba y no se doble como un junco bajo las aguas revueltas y chispeantes, como le ocurrió a algunas de sus principales competidoras. De modo que hay que meter la pala en el fondo de la ola y dibujar una pirueta en el aire que te mantenga con vida en la competición. Para eso la palista ha de tener un fondo especial, un entrenamiento de larguísimo recorrido, una calma absoluta y al tiempo el nervio suficiente para impulsar a la canoa a donde tú quieres cuando te quiere traicionar. Hay que meter la pala, a derecha e izquierda, entre rocas traicioneras y un sinfín de agua que te tapa los ojos y apenas te deja ver el recorrido mientras bajas a una velocidad endiablada camino de la meta y de la medalla. Así es. Y eso es lo que ha hecho esta guipuzcoana nacida para el sacrificio y el éxito.

Ya fue medalla de oro en Río en 2016 y antes fue bronce en Londres en 2012. Le faltaba la plata y se fue a Tokio a por ella. Y la consiguió. Y poco después de que la colgaran de su cuello la medalla su primer pensamiento fue coger el avión y volver inmediatamente a España para abrazar a su hija. 

La madre coraje había tenido que dejar a su hija en España porque así lo exigía el protocolo Covid. En Río, cuando ganó el oro, estuvo siempre cerca de la niña. Pero ahora se encontraba muy lejos. Y deseaba abrazarla. Llevaba cuatro semanas en Tokio adaptándose al campo de entrenamiento y solo había podido ver a su hija por teléfono. Por eso nada más acabar la prueba y lanzarse al agua con su marido y entrenador, Xavi Etxaniz, y un hijo de éste para celebrarlo, pensó en el momento en que iba a volver a abrazar a su pequeña. Nada más obtener la plata olímpica, Chourraut se dedicó a lanzar besos y besos desde su canoa que estaban dedicados a la niña que vio la prueba como cientos de seguidores de Maialen en el club Atlético San Sebastián al que ella pertenece.

Maialen ha conseguido, a los 38 años de edad, demostrar que el ciclo de la juventud se alarga cada vez más en el tiempo. Hace poco Superman Nadal confesó que ya no era el mismo porque había cumplido los 35. Lo mismo dijo Federer. Y lo han dicho Ronaldo y cientos de deportistas más. Pero hay otros, como Ramos, el exjugador del Real Madrid, o la propia Maialen, que no piensan así. Siguen sintiendo que la sangre todavía hierve en sus cuerpos y les hace sentirse jóvenes y, por lo tanto, capaces de lograr cualquier gesta deportiva. Yo creo que es más un tema mental que físico. Maialen lleva toda su juventud ganando títulos mundiales, europeos y medallas olímpicas pero, además de haberlo logrado por su fuerza, lo ha conseguido por su cabeza. 

Nada más terminar la prueba y lanzarse al agua con su entrenador y su marido para celebrarlo, los periodistas le preguntaron si seguirá compitiendo dentro de tres años en París. Y Maialen les contestó que París está muy lejos, que ahora solo quiere gozar con lo que ha conseguido y cada cosa a su tiempo y un tiempo para cada cosa. Y de esa forma se explica por qué no quiso hablar con los periodistas mientras paseaba nerviosa antes de la prueba. No era tiempo para las entrevistas. Era tiempo para la concentración. Su cabeza le exige mantener esa férrea disciplina de no hacer nada a destiempo. Por eso, acabada la prueba, no sufrió en absoluto con el resultado que había logrado. Lo que hubiera de ser, ya era. Y ella estaba satisfecha, tanto si había ganado el oro como si hubiese obtenido un sexto puesto. Lo hecho nadie lo podía cambiar. Pero a renglón le salió del alma su espíritu competitivo. En Río bajó más deprisa, ¿por qué no lo hizo en Tokio?

Treinta y ocho años de madurez, de gloria deportiva, de tiempo para el deporte, para la hija, para el marido, para los amigos, para la familia, para la vida, para su club. Un tiempo para cada cosa… y cada cosa a su tiempo.