Las vísperas futboleras españolas no son tragedias sicilianas, pero también tienen su aquel. Madrid y Barça se juegan esta semana media temporada y las vísperas de sus partidos cruciales son contrapuestos. Cara culé y cruz merengue. ¿La diferencia?, los goles. O lo que es lo mismo, Messi.

Si los blancos tuvieran matador tendrían media liga en el bolsillo y mirarían con optimismo la Champions por mucho City y Guardiola que vinieran. Pero ¡ay amigo!, sin espada no hay pelo. Enfrente, los blaugranas sueñan por muy tocada que esté la institución debido a los desmanes presidenciales. El gol adquiere así su verdadera relevancia; mientras dure Messi lucirá el sol en el Nou Camp, como espigaron al Bernabéu los años de Cristiano.

Tampoco ayuda Zidane en los claroscuros blancos con tanto mareo a quienes no son su pasillo de seguridad. Salvo Courtois, Ramos, Casemiro y Benzema, todos alternan titularidades con suplencias; en casos como el de Valverde, sorprendentes. E incluso suelen coincidir buenos partidos con ostracismos inmediatos, y en el fútbol no hay automatismos sin continuidad. Sin embargo, en el Barça cambian menos y el grisáceo panorama también cubre con regularidad a sus titulares hasta que aflora el sol Messi. Entonces todos son mejores. En cualquier caso, con equipos de este nivel tampoco se puede asegurar nada a uno o dos partidos. Por otra parte, la falta de gol generalizada abona la imprevisibilidad de quienes les siguen. Valencia, Atlético y Sevilla sufren idéntico padecimiento y sus técnicos están abonados también al susto semanal, con la Real de temporada lujosa.

El Madrid de los medias puntas florentinianos se parece más a un ballet que a un equipo de fútbol. Será porque a mí me gustan más los futbolistas que los bailarines, pero qué poco futuro aprecio en un equipo que debe crear una docena de ocasiones para hacer algún gol, y a veces ni eso. Contra el Celta y el Levante, jugando razonablemente bien y hasta muy bien por momentos, crearon dos docenas de jugadas claras de gol e hicieron solo dos; uno de penalti. Esa realidad tan palmaria, como la de que su delantero centro lleve un gol en doce partidos, ahoga cualquier esperanza de ganar algo. Así, debiendo golear los defensas y medios, esta temporada tampoco toca.

Al Barça, sin embargo, sin hacer encajes de bolillo le asiste la razón del gol; o lo que es lo mismo, como decíamos, la del mejor del mundo con diferencia. Lo de Messi, aparte de acabar con todos los adjetivos, es de otra dimensión. Yo no recuerdo a otro futbolista tan pasador y goleador como artista y decisivo. ¿Qué le faltan mundiales y Champions? Sí. ¿Qué a veces no ha podido lucir en partidos importantes? También. Pero, ¿me quieren señalar a alguno que haya podido con todo? Pelé, por ejemplo, solo pudo ganar dos Copas de Libertadores, la equiparable americana a nuestra Copa de Europa o Champions, aunque ganara tres mundiales. Claro que, imaginen ustedes los mundiales que hubiera ganado Messi con aquellas selecciones brasileñas en lugar de tener que tirar del carro de las mediocres argentinas que le ha tocado liderar. E incluso si hubiera podido jugar con nuestra España todos estos años.

Así pues, aunque tengamos esperanzas europeas con el rey de Europa, el Real Madrid, más por historia que por sus todavía buenos futbolistas; y con el equipo donde juega el rey del mundo, el Barça, a pesar de sus líos; tal vez debamos esperar más del Atleti de Simeone si saliera vivo de Liverpool. Porque a la hora de competir con los grandes se transforma en el matagigantes europeo que ha demostrado estos años. Solo le faltaría matar a su padre Pupas de las finales para no ahogarse en la orilla tras sus heroicas travesías a nado, maza, remo y pulmón. Punto y aparte para Zidane y Simeone. El francés tiene en el reverso de su mérito: mantener enchufados a todos, su mayor defecto: no disponer de alineación tipo. Y es que, como venían a coincidir desde Aristóteles al santo de Asís y nuestra Santa Teresa, las grandes virtudes acarrean graves flaquezas.

Y al Cholo se le discute más por cansancio y discurso que por reversos deportivos. El éxito, como el halago, debilita más por envidia y ensimismamiento que por realidad. Lo de partido a partido ya no cuela cuando se han levantado expectativas. El argentino raya en cansino para parte de su parroquia. El fútbol también es efímero, amigos.