25 de marzo de 2019
25.03.2019
La Opinión de Murcia
Fútbol
Recreativo de Granada12Real Murcia

Un hilillo de vida al que agarrarse

El Real Murcia, en el estreno de Algar en el banquillo, se da un respiro en el drama que lleva protagonizando desde enero al conseguir una victoria que corta una racha de nueve jornadas sin ganar

24.03.2019 | 21:08

Chumbi y Manel logran los tantos de un triunfo en el que Mackay vuelve a ser el ángel de la guarda grana.

Intentar ser perfecto solo trae problemas, defenderán muchos. Te exigirás tú, hasta el punto de flagelarte cada vez que sufras un pequeño tropiezo, y te exigirán los demás, que nunca estarán conformes, que siempre te reclamarán más y más, añadirán. Sin embargo, pese a que me intenten convencer de que querer ser perfecto es un defecto de los gordos, siempre apostaré por esas personas inconformistas, que trabajan por la excelencia, por esa gente a la que mi coach llama «ganadores».

En el Real Murcia no están en el bando de la perfección. El Real Murcia actual es un club conformista, tan conformista que desde enero se vive un auténtico dramón. La suerte de los granas, pese a que sus gestores lo intentan olvidar, es que no compiten en el mundo real ni en el de las empresas, sino que juegan al fútbol, y en el fútbol, todo emociones, la imperfección de un domingo es perfección siete días después, aunque la única diferencia es que la pelotita que no entró ayer, si entró hoy.

Esa es la única forma de entender que en solo una semana los jugadores murcianistas hayan pasado de ser tratados de mercenarios y de ser esperados a la salida del trabajo como delincuentes por perder contra el Linense, por acumular nueve jornadas sin ganar, a recibir 'me gustas' tras su selfie colgado en Twitter por ganar al Granada B. Y no sé si llama más la atención la fotografía -no de un equipo de play off, sino de un equipo que lucha por eludir el descenso- o los comentarios de felicidad de una afición que se ha vuelto adicta al placebo.

Necesitaba el Real Murcia ganar. Solo era cuestión de una victoria. Nos lo dijo Manolo Herrero antes de ser despedido. Nos lo han explicado los jugadores cada vez que saltan al terreno de juego. Nos lo repitió Javi Motos en su intento por sacar adelante el barco. Nos insistió en ello Francisco Tornel. Y Chema Almela. Y es a lo que ahora se agarra Julio Algar.

Pues sí, esa victoria llamada a cambiar el guión de una película que se debate entre un final triste o un final de miedo llegó ayer en Granada. Nueve jornadas después, los murcianistas sumaron tres puntos; nueve semanas después, los aficionados se permitieron sonreír. No es que se viera sobre el terreno de juego algo diferente a lo que viene ocurriendo desde enero, pero, por fin, el balón entró, y cuando la pelotita entra los días nubosos se convierten en soleados, y las críticas se transforman en elogios.

No ganó el Real Murcia por Julio Algar, de hecho el Granada B siempre tuvo un mejor plan; ni ganó el Real Murcia por jugar mejor que su rival, de hecho los murcianistas desesperaron por su insistencia en los patadones; si el Real Murcia ganó fue porque sus dos mejores ocasiones -por no decir, únicas- acabaron en gol. Y eso, teniendo en cuenta que el gran problema de este equipo es que no ve puerta, ya tiene mucho mérito. También ganó -permítanme que abuse de este verbo después de tantos días sin utilizarlo- porque tiene un ángel de la guarda en su plantilla, un Mackay que si formaría parte del club de los ganadores, del club de los perfeccionistas.

Se puede hablar de mayor intensidad, de saber sufrir, de batalla, pero teniendo en cuenta el bajo nivel ofrecido hasta ahora, lo visto ayer simplemente es lo normal. A lo mejor lo que no era normal era la desidia anterior.

No echó en falta el Real Murcia a su pareja de centrales. Sin Charlie Dean -lesión- y Hugo Álvarez -sanción-, Armando volvió a actuar de chico para todo, mientras que Maestre se confirmó como ese novio ideal que toda madre querría para su hija. Da igual dónde juegue, se limita hacer lo que sabe, a no complicarse, a no pensar en aquello que puede traerle problemas. Es ese ejemplo de jugador del que nos habla Imanol Ibarrondo en su maravilloso libro 'La primera vez que le pegué con la izquierda'.

Se sintieron bien Armando y Maestre, y no notó la inactividad Juanma Bravo, que ayer ayudó aportando trabajo y seguridad para que sus compañeros de la zaga no sufrieran demasiados apuros. Los que no funcionaron fueron los carrileros. Forniés se perdió en ataque y no se encontró en defensa, donde el hueco dejado por las subidas del lateral se convirtieron en la ruta elegida por los locales, aunque sin profundidad. Algo parecido le pasó a Josema. El muleño, demasiado preocupado en tapar huecos, apenas lo intentó ofensivamente. Más desaparecidos que los laterales siguieron estando un Miñano que hace jornadas que pide a gritos quedarse en el banquillo y un Miguel Díaz que no ha aportado nada desde su llegada.

Sin profundidad, a expensas de un Recreativo Granada que intentó abrir el campo, buscar espacios y tener el balón, el Real Murcia se dio cuenta que su suerte había cambiado cuando en el minuto 20, a las primeras de cambio, en la primera acción de peligro, un gol aparecía en el marcador murcianista. Eran Manel y Chumbi los más castigados del plan -o la falta de plan- de Julio Algar. Los patadones continuos hacia arriba dejaban en ventaja a la defensa del Granada B. Por ello, una de las pocas veces que el murciano pudo bajar el esférico no lo dudó. Controló y fue dando pasos hasta encontrarse cómodo. Ya en el borde del área, miró a puerta y apretó el gatillo, desatándose la locura cuando el balón se colaba en la red sin que Lejarraga pudiera hacer nada. Era un guiño significativo. Un detalle que adelantaba a los granas en el marcador, que les demostraba que no todo es negativo; un detalle que se convertía en el mejor premio para un delantero que llevaba dos años sin marcar, para un delantero que ha sufrido dos lesiones de gravedad.

No estuvo mucho tiempo la luz encendida. El Real Murcia siguió dejando hacer al rival, y a las primeras de cambio, en otra acción aislada, el marcador volvió a moverse. Solo 14 minutos después del 0-1, Fran Serrano ponía el empate. El murcianismo temblaba otra vez. Pero Granada es un sitio especial para los granas, y la única posibilidad, al margen de merecimientos, era la de la victoria.

Con el paso de los minutos el partido era más aburrido, más trabado. La batalla en el centro del campo no tenía un ganador claro. Los porteros vivían una mañana tranquila. Pero, de nuevo, otro detalle decantó la balanza para los granas. Josema encontró el hueco y no falló. Su centro llegó a un Manel Martínez que solo tuvo que empujar.

Posiblemente por falta de confianza, posiblemente por miedo a perderlo todo, el Real Murcia se empeñó en dejar espacios, fue incapaz de tomar el balón y dormir el partido. Otra vez elegía el plan erróneo, pero ahí estaba Mackay para seguir regalando corazones. Hizo un paradón a Juancho y no se dejó sorprender por Andrés García. A partir de ahí, entre cambios, pequeñas tánganas y perdidas de tiempo, el reloj se convirtió en el gran aliado del Real Murcia.

Supieron sufrir los murcianistas, y la recompensa fueron tres puntos que son como un charco de agua en medio del desierto, un hilillo de vida al que habrá que agarrarse para confiar en nuevas victorias en las ocho jornadas que faltan y para desmontar esa trampa emocional utilizada por los conformistas para apartarnos de la luchar por alcanzar la perfección, por ser ganadores de principio a fin.

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