25 de febrero de 2019
25.02.2019
Fútbol. Segunda B
San Fernando21Real Murcia

Un incendio provocado instala al Real Murcia en el mismo infierno

Los granas siguen pagando la desastrosa gestión del club en el mercado invernal tras sumar seis jornadas sin ganar y autodescartarse

24.02.2019 | 22:05
Un incendio provocado instala al Real Murcia en el mismo infierno
Un incendio provocado instala al Real Murcia en el mismo infierno

En los últimos meses no para de entrar y salir gente de las oficinas del Real Murcia en Nueva Condomina. Viendo el trasiego pocos hablarían de un club de Segunda B. La mayoría, como se suele repetir cada vez que se presenta a un jugador murcianista, dirían que esta entidad pertenece a una categoría mucho mayor. Un médico ocupa el despacho principal; un notario es el máximo accionista, que no accionista mayoritario; abogados, economistas, informáticos, periodistas, trabajadores de bancos... entran y salen.

Las reuniones cada vez se parecen más a aquellas acampadas de los indignados en la Puerta del Sol que llenaron telediarios. Unas veces hablan de que el objetivo es salvar la categoría; otras, pese a que solo han pasado tres semanas, que hay que estar en el play off sí o sí. Cuando se levantan con el pie derecho optan por anteponer lo económico a lo deportivo; cuando se levantan con el izquierdo, los goles están por encima de los euros. La mayoría de ellos apostaron en enero por desnudar la plantilla pese a que el invierno es muy largo; una minoría, contraria, decidió callarse para no perder la posición de privilegio.

¿Hay algo más bonito que sentirte alguien en el club del que es aficionado? Imaginen que ustedes estuvieran en las oficinas del Real Murcia, que conociesen antes que nadie los nombres de los fichajes o el candidato a próximo entrenador. Sigan imaginando lo que podrían fardar ante sus amigos, también murcianistas, o ante esos periodistas que ahora les tendrían en su lista VIP de contactos en Whatsapp. Paren, no sigan imaginando, creánselo, porque eso es el Real Murcia actual. Un club en el que veinte mil aficionados han tomado el control accionarial, pero en el que un grupo de seguidores murcianistas con etiquetas de abuelos, padres o hijos de murcianistas, casados con murcianistas, rodeados de murcianistas, con más sangre murcianista que el resto y con un corazón que late más murcianista, son los que deciden qué hacer sin tener ningún conocimiento ni idea de fútbol.

Porque, aunque de esto podemos hablar o escribir cualquiera, me pongo yo la primera si así se quedan más tranquilos, al final hay profesionales que se forman y que estudian para sentarse en un banquillo u ocupar el puesto de director deportivo. Pero profesionales -antes de que me pregunten por Pedro Cordero- con capacidad de decisión, y no profesionales florero.

Pues mientras que abogados, notarios, médicos, periodistas, economistas... toman decisiones sobre un club de fútbol, el Real Murcia, por primera vez en cinco años, no estará, salvo sorpresa mayúscula, en el play off de ascenso a Segunda División. No solo eso, por primera vez en dos décadas, el Real Murcia, otra vez gestionado por murcianistas, es tan pequeño que si mira arriba tiene por delante al Linense, al Badajoz o al San Fernando, con mis respetos para el Linense, el Badajoz y el San Fernando.

Sí, señores, el San Fernando. El mismo equipo que todavía estará hoy frotándose los ojos al no creerse que ganar al Real Murcia se venda tan barato. Aunque también podríamos decir que ahora mismo los granas son un equipo de saldo, por lo que le puede ganar el San Fernando y cualquier equipo de Tercera División.

Tiene la culpa Herrero. Tiene la culpa una plantilla desquiciada. Pero ni unos ni otros son los responsables totales de un incendio que comenzó en el mes de enero, aunque el murcianismo, tan feliz con su dosis diaria de placebo, no quisiera verlo.

Solo había que levantar un teléfono y hablar con alguien de fútbol, con gente que trabaja en esto, que ficha, que planifica, que triunfa o fracasa, para adelantarte lo que iba a pasar, porque todos ellos coincidían en que la decisión del consejo de administración del Real Murcia de echar a ocho futbolistas y fichar a tres es una decisión que solo puede ser tomada por auténticos pirómanos. Y con aficionados de consejeros, y consejeros con cerillas en la mano, pasa lo que pasa.

Lo grave, puede pasar hasta en las mejores familias, no es acumular seis jornadas sin ganar. El contratiempo no es ir a San Fernando y volver con cero puntos. Lo malo no es que tus delanteros no marquen un gol. El problema no está en que tu entrenador haya perdido la moral. El desastre es que hay tantas grietas abiertas que ni un fontanero sería capaz de decidir por dónde empezar. Se vivió en Ibiza hace quince días; se repitió, pese al empate final, hace una semana en Nueva Condomina y se tocó fondo -si es que este Murcia tiene fondo- ayer en San Fernando.

Hace tiempo que Herrero se ha quedado sin soluciones. Mostrarse satisfecho de que tu equipo pierda 2-1 porque visto lo visto podría haber perdido por cinco o seis no es demasiado correcto, sobre todo si tenemos en cuenta que el Real Murcia juega en Segunda B. Hace tiempo que ni un solo futbolista se salva de la quema. Ayer el virus que viene asolando a las distintas líneas llegó hasta Mackay, el único a salvo. Un mal despeje desencadenó un auténtico despropósito, una cadena de errores que acabó con la expulsión de Charlie Dean y el gol de Bruno Herrero desde el punto de penalti. Era el 2-0 del San Fernando, era la sentencia cuando todavía quedaba una segunda parte por delante, era el castigo de un equipo que ni siente ni padece, un conjunto al que Víctor Gálvez castigó a base de impagos y que Francisco Tornel y su equipo multidisciplinar ha cortado en trocitos hasta hacerles sentir tan inferiores que ni el mejor de los psicólogos lograría hacerles confiar de nuevo. Un equipo al que ni la suerte le acompaña viendo como sus dos mejores ocasiones acababan en la madera, viendo como su rival se adelantaba con un disparo sin sentido pero que al tocar en José Ruiz se convirtió en un misil directo a la red.

Hoy posiblemente Manolo Herrero reciba la carta de despido. No sé lo que sentirá el técnico, pero sí sé que yo sentiría alivio, que lo vería como el final de una pesadilla. Hoy posiblemente los jugadores ni abran sus redes sociales para no ver las numerosas críticas de los aficionados, que ya andan recitando matrículas de los mismos que hace una semana eran sus ídolos. Hoy posiblemente nadie del consejo de administración dimita, porque los que mandan son los únicos que no han mentido, son los únicos que nos dijeron cuál era su plan y no les creímos.

Ellos nos contaron que el play off no era el objetivo, y el play off, a doce puntos, ya es un imposible; ellos nos susurraron que daba igual ser duodécimos, y allí vamos, si no más abajo, porque cuidado con los despistes, que el descenso está a nueve puntos; ellos no dudaron en decirnos que lo deportivo les importaba poco o nada, y cinco años después los granas no estarán en mayo luchando por el ascenso; y ellos nos insinuaron que sus puestos están por encima de la supervivencia del club, porque el ahorro, visto lo visto, no era pensando en el Real Murcia, el ahorro era pensando en ellos mismos, porque, sin dinero en sus bolsillos para poner, solo queda tirar de lo poco que se pueda sacar.

Pero, claro, también es entendible, porque es más divertido jugar a salvar al club de tu vida que estar un viernes por la noche en tu despacho rellenando pliegos de descargo.

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