11 de febrero de 2019
11.02.2019
Real Murcia. Fútbol
Ibiza32Real Murcia

Apaga y vámonos

El Real Murcia vuelve a ofrecer su peor cara para poner en bandeja la victoria al Ibiza en un partido en el que los fallos defensivos y la falta de actitud e intensidad destroza a los murcianistas

10.02.2019 | 20:26

Podría contarles noches de farra o cantarles canciones de amor, y pasaría a encabezar su lista de amigos; podría hablarles de labios que besan despacio, y me invitarían a tomar café a sus casas; o narrarles sueños dorados, envueltos en vientos a favor, y me lloverían los 'te quiero'; podría, y posiblemente lo merecerían, el problema es que, aunque se empeñen en tomar diariamente un buen trago de su placebo favorito, escribir de amor en una crónica del Real Murcia de Manolo Herrero es como hablar de lealtad en un capítulo de Juego de Tronos. Difícil, no, imposible.

Me apetecería, no saben cuanto, utilizar cada una de las líneas de estas páginas para repetir esas frases apasionadas que aparecen en la mayoría de canciones que nos regala Funambulista en su último disco, pero por más que lo escucho, el único título que me vuelve una y otra vez a la cabeza, el único que se ha quedado grabado en mi mente como un tatuaje, el único con el que no les mentiría, porque mentir está feo y porque soy demasiado lista para hacerlo, o eso dicen, es ese que nos habla de amores rotos y de noches frías bajo el edredón.

El frío al que se refiere Diego Cantero en su canción 'Éramos reyes' es el mismo frío que ha convertido al Real Murcia, jornada tras jornada, en un equipo que, como diría la mismísima RAE, no muestra afecto, pasión o sensibilidad, un equipo que hace tiempo que no se encuentra a sí mismo, un equipo sin un líder ni dentro ni fuera del campo, un equipo que ha ido bajando su nivel hasta el punto de que a estas alturas solo Mackay se libra de la epidemia que ha ido atacando a cada una de las líneas murcianistas. Y deberá vacunarse rápido el meta gallego, porque el virus ya está demasiado cerca, tan cerca que ayer dejó KO a Charlie Dean y a Hugo Álvarez.

Los dos centrales granas, los dos futbolistas sobre los que el Real Murcia conseguía sumar sin enamorar, los dos gigantes que protegían a Mackay, se deshicieron en Can Misses como un azucarillo cuando entra en contacto con el café. Y sin ellos, que se habían convertido en el plato principal, la comida ofrecida sobre la mesa sería rápidamente prohibida por la OMS.

Tiene Manolo Herrero poco donde elegir. Ya se ha encargado el consejo de administración de dejarle apenas las migajas. Ya se ha encargado Pedro Cordero de hacer a la perfección el trabajo para el que le contrataron, y que no era otro que limpiar el vestuario, porque de fichar, como va lamentando el cartagenero por los rincones, nada de nada. Y ahora, recién acabado el mercado invernal, los granas pagan los pecados de esos jefes que confundieron la planificación deportiva con un mueble de Ikea. Sin abrir las instrucciones pese a no tener ningún conocimiento en este mundo, la PARMU no dudó en sacar las piezas de la caja y lanzarse al montaje. Y, claro, así pasa lo que pasa. A quién no le ha ocurrido que, cuando te metes a montador sin haber tocado un destornillador en tu vida, acabas el trabajo con un montón de piezas a tu alrededor con las que no sabes qué hacer. Por unos momentos piensas que es que iban en la caja por equivocación, hasta que te tumbas sobre la cama o abres el armario y, de golpe, como si te estuvieran gastando una broma, te das cuenta que todo se viene abajo.

Pues en una situación parecida está ahora mismo el Real Murcia. No sobraban piezas ni tornillos, como creían en los despachos, y no era suficiente con una plantilla corta adornada por canteranos. Tampoco ayuda que dos de tus fichajes hablen de play off y que vaya el presidente y les corrija diciendo que lo importante es participar. Pues de todos esos polvos, estos lodos, porque lo que ofrecieron ayer los granas sobre el césped artificial del Can Misses fue peor que lodo.

No acertó Manolo Herrero al dejar en el banquillo a Josema, el jugador que parece empeñado en tirar de la cuerda para sacar del pozo a sus compañeros. Mientras el muleño descansaba, Santi Bernal disfrutaba de su oportunidad, pero los proyectos de cantera no se hacen en un día, y el nerviosismo y la falta de alegría de sus compañeros acabaron pasando factura al mazarronero. Sobre el campo también estaban los fichajes invernales, y, habrá que tener calma, porque de momento, poco se puede valorar, por no decir nada.

Avisaba esta semana Charlie Dean de que Jeisson se pierde en el extremo, que donde tiene calidad el peruano es en la delantera. No debió escuchar Manolo Herrero la rueda de prensa del central, porque repitió el experimento, y, por segunda semana consecutiva, el atacante llegado del Majadahonda apenas dejó detalles.

También es verdad que nadie se salvó de la quema. Se hablaba en la previa de partido importante, de la necesidad de ganar para dar una colleja a un rival directo y para no alejarse del play off, del esfuerzo económico realizado en el mercado invernal por el Ibiza... Pero da igual de qué se hable, en el vestuario del Real Murcia parecen no escuchar.

¿Qué puede ser importante cuando se visita Ibiza? ¿Quién pensaría en trabajo en una isla que vive de la diversión? Pues eso debieron pensar los granas, sobre todo si se analiza detalladamente la primera parte. Fueron cuarenta y cinco minutos de pasotismo y de desinterés. Como cuando te levantas y no eres consciente ni de dónde estas, los murcianistas se arrastraron sobre el terreno de juego. Sentían a jugadores vestidos de azul a su alrededor, escuchaban los gritos de apoyo de la grada, veían el balón ir de un lado para otro, pero no sentían nada. Los avisos de Giner, uno de los futbolistas más destacados de los de Palop en la primera parte, no eran suficientes para sentir el peligro. Tampoco el movimiento continuo de Rodador en las inmediaciones del área. Ni la superioridad en el centro del campo de los ibicencos.

Maestre y Armando no eran capaces de poner orden en el medio, Santi Bernal se veía sobrepasado, sintiendo que la juventud no siempre es suficiente para comerse el mundo, y Miguel Díaz no sabía si tirar el cable hacia atrás o hacia adelante. Víctor Curto vivía en una isla, nunca mejor dicho.

El Real Murcia era un sinsentido, y no tardó en pagarlo. Al cuarto de hora quedó demostrado que nada podía salir bien, sobre todo porque lo único que nunca falla, falló. Hugo Álvarez y Charlie Dean eran humanos, y Mackay, por mucha capa que luzca sobre sus hombros, se veía demasiado pequeñito ante tal desastre defensivo.

Un error de Bernal relanzaba a los locales. Cirio se comía a Nahuel, Grima se colaba en arenas poco movedizas y Rodador batía a Mackay poniendo un 1-0 más que merecido. No escarmentó el Murcia. Nadie fue capaz de despertar a los granas. Estaban en un sueño demasiado profundo o demasiado bonito como para remangarse y ponerse a trabajar. La falta de intensidad era tan evidente que solo quedaba pegarse con la pared, porque nadie sobre el césped estaba dispuesto a cambiar nada.

Pudo poner Jeisson el empate en la única ocasión grana en la primera parte. No dio ni tiempo a hablar de recuperación, porque, cuando los jugadores granas ya se habían ido al vestuario -si es que salieron en algún momento- Grima aprovechó el butrón ya abierto para meter un centro a Giner. El valenciano estaba acorralado por Parras, pero el extremo, como el lobo cuando derriba la casa de paja de uno de los cerditos, lo tuvo demasiado fácil. A la vez que el lateral grana se iba a suelo con un simple soplido, Giner ya estaba libre para poner el 2-0 y mandar al murcianismo a lamerse las heridas.

Dice mi coach que hay que aprovechar cada oportunidad que se presenta, porque nunca sabes cuando el tren volverá a pasar por tu puerta. El Real Murcia, ya con Josema en el once, se había empeñado en tirar a la basura el partido, sin embargo, tuvo una segunda oportunidad, y Armando no la desaprovechó. El 2-1 abría un nuevo partido, pero el placebo dejó de hacer efecto cuando Hugo Álvarez cometía un error infantil que permitía a Jordi Sánchez sacarse de la chistera una vaselina ante la que Mackay solo pudo quitarse el sombrero.

Pocos recursos tenía ya Herrero, que había realizado todos los cambios. Tampoco es que eso hubiese ayudado, porque ni con mil cambios es capaz el técnico grana de agitar a los suyos, de convencerles de que para ganar hay que luchar. Como el animal moribundo que se resiste a abandonarse, el Murcia dio un último coletazo. Asistió Josema y marcó Miguel Díaz, pero hacía tiempo que se había apagado la luz para el Murcia, hacía tiempo que la frialdad había ganado la batalla, hacía tiempo que en la radio sonaba Diego Cantero hablando de reyes y de desamor.

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